Sinónimo de estilo y sofisticación, hizo de Puerto Madero un polo que llevó el nombre de Buenos Aires a todo el mundo. Hoy es el zar del arte y el real estate de Miami, al tiempo que encara nuevos emprendimientos de dimensiones que parecen inalcanzables. El hombre del sombrero. El hombre de blanco.


Son muchas las definiciones que podrían recaer sobre Alan Faena, una suerte de faraón sin corona que vive entre Nueva York, Miami y Buenos Aires y creó un imperio a partir de tierras olvidadas. Con 54 años, es el creador del Faena District en Miami, casi una ciudad en la otrora alejada y alicaída South Beach, y que al tiempo de su inauguración, hace dos años, fue considerado por la prensa estadounidense como el mayor emprendimiento inmobiliario de los últimos 100 años en Florida (costó 1.000 millones de dólares). Vanity Fair comparó al emprendedor argentino con Donald Trump, “pero con un gusto exquisito”. El barrio que inauguró ocupa siete manzanas distribuidas sobre Collins Avenue entre 32 y 36, el océano Atlántico e Indian Creek e involucra, además de las residencias y el hotel, un teatro de 4.000 metros cuadrados. Faena también maneja las playas de la zona, las playas Faena, y se cuelga la medalla de ser el primer argentino que le puso su nombre a un barrio de Miami.

 

Sin embargo, él tiene otras apreciaciones sobre su trabajo y, ante todo, sobre su forma de ver la vida. “Para mí esto no es un negocio, tiene que ver con mi convicción, con mi corazón”, explica al ser consultado sobre sus motivaciones para emprender este tipo de proyectos. “No pasa por la plata, pasa por transformar tus ilusiones y tus sueños, pasa por ir por tu camino. Lo demás no es importante.”

 

“No necesito mostrarme más allá de lo que hago. Eso de ser público, de las fotos, lo viví desde muy chico. Ya lo pasé. Hoy el lujo es no mostrarse”

 

Si de cumplir sueños se trata, no sorprende que uno de sus referentes sea nada más ni nada menos que Walt Disney. Cuando se pone al frente de un proyecto, Alan Faena arranca de cuajo ideas como el marketing y el diseño. Elige contar historias. Para pergeñar el Faena District, descartó diseñadores y contrató a gente de cine: Baz Luhrmann, director de Mouling Rouge y El Gran Gatsby, entre otras películas, y su mujer, la diseñadora Catherine Martin, colaboraron en el montaje de este lugar. “Para mí, el marketing es la peste de todo”, lanzó en una entrevista con el diario La Nación hace un año, en un arranque contra todo lo que no viniera “del corazón”: “En lo que destruye las ideas. Vivimos en el mundo del marketing, que es el mundo de las mentiras. Soy anti-marketing”. Y aclaró: “Acá no diseñamos. Porque el diseño es sólo marketing, y al momento que lo terminaste va a venir otro que va a hacer algo mejor y va a hacer otra cosa. Nosotros tenemos que encontrar la semilla del corazón y desde allí crear”.

Su Forma de hacer es diferente a la del resto. Siempre lo fue. Empezó a emprender a los 18, cuando, en sociedad con Paula Cahen D’Anvers, su novia por entonces, creó la marca de ropa Via Vai, que podría haber sido una firma más de moda pero arrancó proponiendo lo distinto: si se usaba el monocromo, él vendió remeras de colores. En diez años y ya en tiempo del 1 a 1, su empresa generaba 35 millones de dólares anuales. Pero cuando todos hablaban de él como el empresario del éxito en el ambiente fashion, allá por 1995, lo dejó todo. Sí, todo. Vendió la empresa y se retiró a una chacra en Punta del Este para alejarse del ruido de los negocios y concentrarse en lo espiritual. Todavía se enorgullece de haber creado con sus propias manos el jardín de rosas más perfecto que pudiera emplazarse en una playa. Esos años sabáticos le sirvieron para tomar decisiones, y cuando volvió, lo hizo a lo grande. En 1999, en sociedad con el ruso Len Blavatnik, considerado actualmente el hombre más rico de Gran Bretaña, compró un antiguo solo en una zona abandonada de Puerto Madero. En 2004, tras una inversión de 37 millones de dólares, inauguró el Faena Hotel, diseñado por el prestigioso Philippe Starck. Así nació una marca que hoy puede verse plasmada en todo sus edificios: el Faena Art Center y las residencias de Faena Molinos Building, ambos a pocas cuadras del hotel en Buenos Aires, o a las residencias del Faena District, como Faena Vesailles Classic, Faena House y Faena Mar.

Aunque para muchos resulta un hombre misterioso y distante, su lista de amigos es extensa, y también llamativa: se rodea de gente poderosa tanto en la Argentina como en los Estados Unidos. Nicolás Caputo, Jorge Fontevecchia y Jorge Lanata integran sus listas de invitados a cuanto evento organiza. Entre las celebridades que se relacionan con él se cuentan desde Charly García y Nicolás Repetto hasta Madonna y Leonardo Di Caprio. Tender redes es una de sus grandes virtudes, y en su entorno es sabido que para generar contactos no escatima en recursos de seducción. “Es un personaje”, dicen de él, con simpatía, sus allegados. Eduardo Costantini, con quien se asoció para sus nuevos proyectos inmobiliarios, recuerda en diálogo con Adriana Balaguer para la biografía Alan Faena. Arquitecto del poder, una escena elocuente en sí misma. Costantini, emprendedor inmobiliario, dueño de Nordelta, el Malba, entre otros negocios, había viajado a Miami para reunirse con él. Faena lo recibió en su casa y, tal como describe el empresario, notó de inmediato el toque “Faena” de la decoración del lugar: “Todo era muy barroco, kitsch”, dijo, pero “muy refinado y de buen gusto”. Entre sus terciopelos y lámparas recargadas, Costantini advirtió la presencia de un micrófono de pie y le preguntó a su anfitrión si cantaba. Faena le respondió que claro que sí y comenzó a interpretar para él boleros de Manzanero y hasta salsa. Los negocios tuvieron lugar después: se preparan para levantar dos edificios residenciales bajo el nombre Oceana Puerto Madero. Con ladrillo a la vista, las dos piezas suman aproximadamente 26 mil m2 propios vendibles y en total son 40 mil.

 

“Necesito de lo feo para convertirlo en bello. Y no es artificial: no conozco a nadie esmerado en crear algo que no sea superador y bello.”

 

En este contexto, también impulsarán un nuevo programa de arte. Porque el arte es otro ítem fundamental en la cosmovisión Faena: su desembarco en Miami revolucionó Art Basel y se sumó con propuestas a la organización de la Miami Art Week, que ya se convirtió en una cita indeclinable para los aficionados al coleccionismo y quienes gozan de visitar las mejores ferias de arte a nivel mundial. Su pasión por esta actividad tiene que ver, sin duda, con la búsqueda de la belleza en todas sus formas. Como crear un hotel de lujo a partir de un edificio en ruinas, o un barrio propio en la zona más olvidada de Florida. “Necesito de lo feo para convertirlo en bello. Y no es artificial: no conozco a nadie esmerado en crear algo que no sea superador y bello. Es la evolución humana: hacer algo mejor, ser mejor que nuestros padres y hacer de nuestros hijos algo mejor que uno.”

Aunque tuvo varias parejas –“la vida para mí fue siempre de a dos”–, muchas de ellas conocidas, como Cahen D’Anvers y Natalia Lobo, tuvo un solo hijo, Noah, de 8 años, con Ximena Caminos, su última pareja, de quien se separó a comienzos de 2017 aunque siguen manteniendo su partnership en los proyectos que nacieron de su vida en conjunto: ella es la curadora del Faena Art Center y directora creativa del grupo. Sus roles se mantienen y ambos priorizan sostener su buena relación. Si bien Faena habló abiertamente de esta separación, su mundo privado se mantiene en un hermetismo provocador. “No necesito mostrarme más allá de lo que hago. Eso de ser público, de las fotos, lo viví desde muy chico. Ya lo pasé. Hoy el lujo es no mostrarse. Ser verdadero con las cosas y no vivir para lo que la gente piense de vos.”