LA ACTUALIDAD ESTÁ ATRAVESADA POR LAS CONSTANTES DENUNCIAS DE ACOSO MORAL Y SEXUAL. DESDE FRANCIA HASTA GRAN BRETAÑA, DESDE HOLLYWOOD HASTA LOMAS DE ZAMORA. UN RECLAMO QUE SE HACE ESCUCHAR.


Hace unos días hemos podido escuchar por internet los sonidos del espacio que una sonda de la Nasa nos acercó. El título mediático decía: “Escalofriantes sonidos del espacio”. La curiosidad me sumergió en un silencio con sonidos espaciados, quizás estremecedores por el impacto que produce saber que vienen de un universo desconocido. Pero no provocan miedo ni escalofríos. La ficción de diversas creaciones fílmicas, como 2001: Odisea del espacio, del ya desaparecido y genial Stanley Kubrick, nos metió de lleno en otros mundos. Allí, en esa nave con tripulantes sometidos al poder de una computadora llamada HAL 9000, tuvimos acceso a varios viajes imaginarios. El del origen del universo, pasando por sus diferentes etapas evolutivas (increíble resulta el instante en el que un primate lanza un hueso y descubre la invención de la primera herramienta para salir de su estado animal). Y desde allí el proceso de evolución y “progreso” ya no se detendrá jamás.

Claro que en un segundo plano interpretativo de Odisea estará la búsqueda perpetua del hombre respecto de saber que existe, de sus estados de conciencia, del valor de Dios y del sentido del absoluto, de los misterios del amor, el nacimiento, la vida, la vejez. Y del camino hacia el final –la muerte–, que sigue siendo un interrogante. Pero Kubrick nos vuelve de pronto a la gran invención del siglo XX, la relación entre el hombre y la inteligencia artificial. Hay un punto en el que los dos tripulantes se dan cuenta de que la computadora HAL quiere disputarles el poder, porque descubren que ha adquirido, como los humanos, un tipo de neurosis competitiva. Quiere ser la dueña absoluta de la nave y de sus astronautas. Buscan maneras ingeniosas de combatirla. Se encierran en un lugar secreto a hablar, para que HAL no los escuche. Creen estar salvados. Error. La computadora lee las pablaras de sus labios. Pero ellos no lo saben. Así logra mandar al espacio a uno de los tripulantes. Lo desconecta de la nave y lo deja morir en el vacío.

Transcribimos un fragmento de una crítica de Odisea del espacio. “Repentinamente, Bowman, el astronauta que permanece vivo, entiende lo que está pasando y es consciente de la delicada situación: la computadora que dirige la nave se ha rebelado. Bowman es un hombre de recursos y consigue entrar en la Discovery usando una apertura de emergencia. Una vez dentro de la nave se dirige hacia la estancia donde están los circuitos centrales de la computadora. En  esa sala es donde HAL tiene su cerebro, sus recuerdos, sus emociones, su yo, su vida entera. HAL sabe que Bowman está yendo a desconectarla; la computadora entra en estado de pánico. HAL intenta excusarse, justificarse, negociar… pero nada impide que Bowman siga adelante. El astronauta empieza a desconectar los circuitos básicos de HAL, mientras la computadora suplica que le perdone la vida y, presa del más absoluto terror, dice cosas como ‘puedo sentirlo, mi mente se está yendo’. HAL está siendo asesinada. La oímos agonizar entre exclamaciones de angustia. El mensaje está claro: la humanidad no reside en un espíritu inmaterial, sino en la inteligencia. Una computadora podría ser tan humana como nosotros. Quienes planearon la misión confiaron más en una inteligencia artificial que en la inteligencia humana y para ello decidieron mentir a los astronautas humanos, pero hemos descubierto demasiado tarde que la inteligencia artificial, ante una mentira, se enfrenta exactamente al mismo tipo de dilemas morales o existenciales sin aparente solución. Es decir: la inteligencia artificial también puede terminar siendo neurótica y, por lo tanto, imperfecta. El ser humano no puede crear nada mejor que él mismo”.

Es cierto. La miseria humana y sus avatares nos ubican en nuevas odiseas, nuevos gritos en medio del silencio. Por estos tiempos, el grito global es la denuncia sobre el acoso y el abuso sexual. La película de Stanley Kubrick, basada en la novela del mismo nombre de Arthur C. Clarke, nos sirve como metáfora precisa acerca del uso del poder, inherente a la condición humana. Nos lleva a la noción del abuso. De las mentiras, de las emociones incontroladas, de la neurosis, perversiones y humillaciones propias del sujeto humano que traspasan el límite de la inteligencia racional, para someter al más débil a situaciones horrorosas de las que resulta imposible volver. ¿O sí?

La psicoanalista Marie-France Hirigoyen publicó en 2000 El acoso moral. “Para mí –sostiene Hirigoyen–, el acoso sexual es un paso más allá del acoso moral. En los dos casos se considera al otro como un objeto. En el caso del acoso sexual, como un mero objeto sexual; en el caso del moral, como un objeto para tomar o ejercer el poder, para ser superior. Puede existir entre colegas. A veces el punto de partida son los celos o el rechazo de una diferencia, por ejemplo: una mujer en un mundo de hombres. También puede ser vertical, de arriba hacia abajo o de abajo hacia arriba. Aparece en general cuando alguien quiere desembarazarse de una persona porque molesta, hace sombra o tiene algún tipo de plus. En algunos casos es una de las formas que tienen las empresas de desembarazarse de alguien sin tener que echarlo, porque los costos son menores. Puede ser un proceso inconsciente de un individuo sobre otro, pero pueden ser también estrategias conscientes y deliberadas de parte de la empresa”.

Las palabras de Hirigoyen parecen más vigentes que nunca en este momento, cuando desde Hollywood para arriba y para abajo se escucha el aullido feroz de las denuncias contra el acoso moral y sexual. Y el abuso. La ola crece, atraviesa el universo de los famosos de la farándula y llega al Parlamento europeo, como el de Gran Bretaña. El salvajismo del mercado manda señales de una decadencia que no escatima detalles obscenos. Las redes sociales ayudan, se extralimitan. El “me too”, donde hay miles de mujeres detallando abusos, roza lo cloacal. Así como en Francia el “balance ton porc” (“buchoneá a tu cerdo”) hace lo suyo.

Hace unos pocos días, Micaela Álvarez, de 25 años, denunció en la Comisaría 3ª de Lomas de Zamora que mientras viajaba en un colectivo de la línea 160, cerca de las 17 horas, “un sujeto abusó sexualmente de ella y le apoyó su miembro en el brazo izquierdo para luego eyacular sobre su brazo y sobre ella”, según informó Télam. Todo esto primero fue detallado en su Facebook, claro. Sin aparato alguno del establishment, su voz se escuchó.

Entretanto, los dos personajes íconos del tema abuso en Hollywood, el productor Harvey Weinstein y el genial actor Kevin Spacey (ahora tachado de un plumazo de Netflix), están internados en la clínica de “recuperación para adictos sexuales” The Meadows, en Arizona. La clínica cuesta 36 mil dólares al mes y sus internos están monitorizados 24 horas al día. Usan la expresión artística como terapia. Es sabido que el imperio crea sus propios demonios. Luego los denuncia para mandarlos al infierno. Y, finalmente, los resucita, para realimentarlos mejor. Por más de un puñado de dólares, como bien se lee.

Mis respetos, siempre.