Si la gentrificación turística existe, los países de la ex Unión Soviética podrían convertirse en territorio sagrado para los viajeros en busca de autenticidad. Aquí, la capital letona, una ciudad que tiene eso que buscan los que saben.

El mundo es absolutamente dinámico. Cambian las fronteras, los países se subdividen y se agrupan, las metrópolis ya no son centrales ni indiscutidas. El viajero desprevenido repetirá hasta el cansancio: “Todo lo que sucede, sucede en Berlín”, cuando en realidad todo ese furor creativo, la efusividad artística y la magia de las diferentes noches se trasladaron hace varios años a Belgrado. Cuando los cada-vez-menos-útiles libros de viajes nos cuentan que “hay que descubrir la mágica perfección de Praga”, esta ya se ha transformado en una caricatura de sí misma, una suerte de Disney World para adultos donde casi nada es auténtico. Y es entonces cuando el eje se corre y la bolilla cae en una pequeña y encantadora ciudad del Báltico, hasta hace dos décadas parte de la desparecida Unión Soviética: Riga, la favorita. Sí, Riga es ante todo una ciudad deliciosa desde lo arquitectónico. Y luego, desde lo geográfico. Una buena manera de conocerla es comenzar por el Centro Histórico, un conjunto de edificaciones, casas e iglesias que incluye los restos de la muralla de la primitiva Ciudadela (siglo XII), que aún conserva una de sus pequeñas puertas, la Puerta de los Suecos, pasando por la plaza donde se encuentran el ayuntamiento, la Casa de los Cabezas Negras (siglo XV), la magnífica Catedral de Riga con su imponente campanario y la Iglesia de San Juan, la más alta de la ciudad. La plaza Livu tiene el particular encanto de presentar un conjunto de construcciones de muy diferentes épocas y estilos, pero unificados por una extraña coherencia. Uno de ellos es el de la Radio Nacional, particularmente bello. Bajando hacia el sur de la ciudad, es sumamente relajante tomarse medio día para disfrutar de lo que muchos consideran el más importante barrio art nouveau del mundo. Las casas con sus fachadas de colores claros compiten entre sí en adornos, estatuas y detalles exóticos, algunos de los cuales se remontan a las civilizaciones griega y egipcia. El grupo, que abarca varias manzanas, es magnífico, y algunas casas permiten la entrada, principalmente la que aloja el Museo Art Nouveau. La parte nueva de Riga comienza en el arroyo que la surca transversalmente, que es todo un paseo, con sus jardines laterales y los puentes de cuentos. Muy cerca de allí, la Estatua de la Libertad y la avenida principal, muy arbolada, nos llevan a conocer los dos últimos imperdibles: la Catedral Ortodoxa de la Natividad, de regia arquitectura, coronada por sus cúpulas doradas, y la Ópera de Riga, edificio neoclásico con un deslumbrante jardín delantero. Los cafés de la ciudad vieja, sus restaurantes y las terrazas de algunos hoteles y galerías seguro conformarán a los más sibaritas.