Dejó la actuación por casi una década para encontrarse a sí misma y volvió transformada en una nueva mujer. Junto con la vocación musical abrió al público un nuevo perfil: más provocativa, igual de talentosa, siempre magnética.


Cuando canta es Inés. Ahí no hay personaje tras el cual esconderse. Subirse a un escenario junto a los Magic3 representa la desprotección absoluta de la actriz, que esta vez se muestra tal cual es, tal cual era de pequeña, cuando su padre la llevaba a escuchar jazz. A él le dedica los shows siempre, como seguramente lo hará el 18 de noviembre en el ND Ateneo antes de desplegar todo su encanto para hipnotizar al público con el repertorio de blues, soul, bossa nova y swing que tiene preparado.

 

–Desde que volviste, luego de retirarte de la actuación durante años, hiciste muchas cosas como actriz y como cantante. ¿Venías tomando carrera?

–Seguramente de afuera se ve eso. Pero por dentro pensé que iba a ser para volcarme a las  cosas a las que me volqué: la dirección de teatro, la literatura, la docencia. Nunca pensé que iba a volver a actuar. Sí siento algo parecido a lo que me planteás con respecto a la música, porque la música y la literatura fueron mis primeros amores expresivos. Mi padre era jazzero, tocaba un par de instrumentos de oído y cantaba; mi madre es amante de la lírica; mis dos hermanos estaban a cargo de introducir el rock en mi casa, y mi hermana, la música brasileña. Grabé temas para bandas sonoras de películas en las que trabajé y alguna vez un productor musical me dijo “te lanzo como cantante”, pero a mí me parecía que no era serio si no sabía música. De alguna manera, esa negativa fue concentrando un potencial que yo nunca consideré que iba a terminar desarrollando. Hasta que en un momento me llamaron para que cante en un evento, yo estaba en pareja con Javier Malosetti, y cuando le conté me respondió que hacía rato que me lo venía diciendo, me dijo: “Deciles que sí, yo te acompaño”. Y debuté con una audiencia de mil personas hablando a los gritos. A partir de ahí, como Javier ya tenía la idea del dúo, empezó a diseñar un repertorio. Pensamos que iba a ser un berretín de dos enamorados que iban a tocar tres veces en un lugar y de pronto me encontré haciendo 50 shows en un año.

–Hace algunos años, en una playa en Brasil, te preguntaste qué necesitabas para ser feliz. La respuesta fue “Esto y nada más” y luego dejaste la actuación, profesión que retomaste con una película cuyo título es El misterio de la felicidad. ¿Fue casual o hubo algo simbólico?

–No, lo que me llevó a decir “esta película la hago” fue [Daniel] Burman. Hacía 13 años  habíamos estado apunto de trabajar y no se dio. Y en vez de hacer la película de Burman en ese momento terminé haciendo un programa de televisión durante el cual fui muy infeliz a nivel humano. Ese año decidí dejar la profesión pero no lo hice; estuve cinco años más haciendo teatro y cine y preguntándome qué hubiera pasado si hubiera hecho la película con Burman. ¿Hubiera sentido ese desamor? Cuando me llamó, yo llevaba dos años criando dos niñas adoptadas con ciertas dificultades, era un soldado que acababa de volver de Afganistán. En ese momento le dije que él era la única persona que me podía hacer dudar de volver. Nos juntamos, me preguntó qué me molestaba de la profesión y le dije que lo que me jodía era el circo de alrededor, así que me propuso firmar un contrato en el que esté eximida de eso. Le dije: “Tengo hijas chicas, sólo puedo filmar tres días por semana”, pensando que me iba a contestar que me fuera a cagar. “Bueno, dale.” Me arrinconó elegantemente (risas).

–¿Cuánto tiempo estuviste sin actuar?

–Nueve años. Y la decisión finalmente la tomé después de hacer Criminal (una miniserie para Ideas del sur). Tuve un accidente durante el rodaje y me preocupó no estar en el momento y lugar adecuados si me llegaba la hora. Yo siempre evalúo eso; si me subo a un avión, digo: “Bueno, si se cae, hasta acá hemos hecho todo bien”. Siempre hay cosas pendientes, pero quiero que la evaluación sea positiva. Y ahí estaba, en el lugar inadecuado, en el momento inadecuado. Hice una terapia para que me ayudara a tomar la decisión y luego la tomé en unas largas vacaciones que hicimos con Fabián [Vena].

“Si me subo a un avión, digo: ‘Bueno, si se cae, hasta acá hemos hecho todo bien’. Siempre hay cosas pendientes, pero quiero que la evaluación sea positiva.”

–Alguna vez, hablando sobre el tema de la adopción de tus hijas, te escuché hacer la distinción entre querer tener hijos y querer ser padre o madre. ¿Cuál es la diferencia?

–En realidad, es una distinción que no hago solamente respecto del vínculo materno-filial sino respecto de cualquier vínculo. Yo no siento que nadie me pertenezca y no siento que yo le pertenezca a nadie. Nos acompañamos en un tramo del camino. Con hijos, con parejas. El otro es un individuo aparte y eso amerita un respeto por sus decisiones, por sus elecciones. Todo lo que a mí no me afecte directamente es algo que yo no debo objetar. Si elegís un camino que a mí me parece cuestionable pero no me afecta directamente, y vos lo elegiste y lo que necesitás es asistencia para transitarlo, vas a tener mi asistencia aunque me parezca cuestionable. El amor debe ser incondicional. ¿Cómo vas a querer aalguien si es como vos querés que sea y si no, no? “No me gusta cuando llorás”, le dicen a un niño. ¡¿Qué?! Hacé algo, fijate qué le pasa. Cuando me enojo con mis hijas lo primero que les digo es “yo te quiero igual, estoy muy enojada pero te quiero igual”. El amor no está en juego. No estoy muy de acuerdo con la pedagogía en general que recurre a premios, ni con la calificación; te portaste muy bien entonces te hago un regalo, te portaste muy mal entonces tenés un cero. No estoy de acuerdo con eso. No estoy de acuerdo con la sociedad en general (risas).

–Debe de ser difícil ir así por la vida…

–Soy una infiltrada. Soy un alien. No soy normal, siento que vengo de otro planeta y que le hago creer a todo el mundo que pertenezco a este pero la paso mal porque pocas veces encuentro seres de mi misma especie. Y no me jacto de eso, lo sufro, lo padezco.

–Pensando en esa playa en Brasil, en cómo te sentías, me pregunto cómo te sentís hoy. ¿Creés que podés volver a estar en una playa diciendo “dejo todo”?

–Dos cosas te voy a decir de esto. Una es que hace poco me preguntaron cómo estaba y me encontré respondiendo que siento mucho orgullo por la mujer en la que me he convertido. Aprecio la tarea que invertí en convertirme en quien soy y lo atenta que he estado a no traicionarme. Eso por un lado. Y por otro lado, después de que mi padre murió tuve muchos sueños con él y el último fue muy vívido. Con él bailábamos jazz, pero en ese sueño bailábamos vals. Viste que el vals se baila girando. Bailábamos y él me enseñaba a girar en una dirección bailando y luego a quedarnos en un lugar, sin dejar de bailar, para cambiar de dirección. Y él me decía: “Vos podés cambiar de dirección todas las veces que quieras sin dejar de bailar. Ahora podés sola”. Y yo me quedaba bailando sola. Esa fue la última vez que vi a mi padre en sueños y esa fue la última enseñanza que me dejó: podés cambiar de dirección todas las veces que quieras sin dejar de bailar.


Styling: Gimena Bugallo y Florencia Herrera

Make up: Pao Dessaner con productos Avène Argentina
Pelo: Juan Olivera para Estudio Olivera con productos Schwarzkopf Professional
Asistente: Ignacio Mora para Estudio Olivera
Agradecimientos: Natalia Antolin, Paruolo, Bouquet, Bartolomé Joyas, Allô Martinez, Roma Renom, Hotel Meliá Buenos Aires