Ser madre (“mujer o animal hembra que ha parido a otro ser de su misma especie”, según el diccionario) poco tiene que ver con la maternidad, con el ejercicio del amor y la capacidad de dar a ese ser (que una vez echado al mundo debe ser amamantado, criado, cuidado y educado
pero, sobre todo, amado) todas la herramientas necesarias que el sentimiento materno es capaz de crear y desarrollar. “La madre cuida, consuela, orienta. La madre nutre en todos los sentidos, transmite el cariño y el amor sin los cuales el ser humano se desmorona. La madre acoge, sean esos hijos de su sangre o no, haya pasado su etapa fértil o no. La madre entrega un legado emocional, una visión, unos valores insustituibles”, dice la escritora española Espido Freire, quien pide al diccionario de la Real Academia Española cambiar el significado de madre con gran éxito en las redes sociales. Cinco millones de personas vieron el video de la petición en redes.

“La madre es para el hombre la personificación de la providencia, es la tierra viviente a que adhiere el corazón, como las raíces al suelo.”
Domingo Faustino Sarmiento

Es que el pequeño e indefenso ser que se ha parido debe ser “salvado”, de algún modo, de la hostilidad del espacio planetario donde por decisión de un otro (nunca por elección propia) fue expelido.

Por supuesto que el don de la maternidad (no el parir) no es para nada común a todas las mujeres. Hay quienes decididamente no lo tienen. Y allí van por el mundo niños que encuentran –o no, por desdicha– madres que no son de su sangre, sino del corazón.

Hay una obra de Bertolt Brecht, El círculo de tiza caucasiano, en el que se dramatiza con mucha fuerza y emoción esta idea. La historia, que está basada en una antigua leyenda, recrea una rebelión que tuvo lugar en una vieja ciudad de la Georgia soviética y acabó con la vida del gobernador Georgi Abashwili y la huida de Natella, su esposa. El niño de ambos, Michael, queda a cargo de la cocinera Grusha. Cuando la madre regresa para reclamar a su  hijo, se organiza un juicio “salomónico”, bíblico, para determinar cuál de las dos mujeres debe conservar la custodia. Se decide que el niño quedará con aquella que consiga sacarlo de un círculo diseñado con tiza, tironeándolo, cada una de un brazo. Pese a la victoria de la viuda, el juez atribuye la custodia a Grusha, la cocinera. Está clara la lección del juez, que otorga el niño a quien se negó a hacerlo sufrir en el tironeo y lo preservó del padecimiento del dolor. En ese renunciamiento, el juez vio a la madre “materna”, valga la redundancia, que no era la biológica.

La idea de la madre que acoge, abraza, consuela a su hijo en el regazo está marcada a sangre y fuego en la majestuosa imagen de la Pietà, de Miguel Ángel, obra maestra realizada en pleno Renacimiento, hoy en el Vaticano. Cristo muerto, un hombre convertido en niño desvalido es acunado por María, quien más allá de la joven fragilidad de su rostro posee el don de sostenerlo y preservarlo, como parte de su ser. Más allá de la vida, María abraza a ese hombre cuyas heridas parecen desvanecerse al amparo de su regazo. Allí, con María, Jesús parece a salvo de cualquier amenaza. Y de las sombras de un infierno terrestre que la luz infinita de la madre ha disipado. Hay un antecedente remotísimo de esa imagen piadosa en algunas esculturas del mundo pagano, pertenecientes a la mitología romana, realizadas en piedra y halladas por arqueólogos en Florencia; se trata de las imágenes de Matuta. Conocida posteriormente como Mater Matuta (que en la mitología romana representaba a la diosa del amanecer, así como de los bebés recién nacidos, el mar y los puertos), tuvo un templo situado cerca del Foro Boario, donde actualmente se encuentra la iglesia de Sant’Omobono. Allí era celebrada la festividad dedicada a esta deidad; dicha celebración se llamaba Matralia, era exclusiva para mujeres y se festejaba el 11 de junio. También se la comparó con las diosas Eos y Aurora. No es casual que esta Mater Matuta represente a la aurora, el nacimiento más imponente que nos proporciona la naturaleza. El milagro de ver amanecer, esto es, la luz que alumbra el mundo primero asomando despacio el horizonte para regalarnos luego los rayos plenos del Sol, símbolo de la vida.

Del mismo modo, con antorchas en la mano, la diosa griega Deméter, deidad nutricia que encarnaba la fertilidad de la tierra y los granos de trigo, llevó por el mundo su luz hasta el infierno de Hades, donde se encontraba su hija Perséfone, raptada por el dios del inframundo. Deméter buscó a su hija por tierra y mar, pasó un calvario de terrores y desesperaciones diversas. Su hija no aparecía. Deméter jamás perdió las fuerzas y la energía. De pie, con sus antorchas de fuego en la mano, halló finalmente a su hija en el infierno. Y logró rescatarla.

En rigor de verdad, el mundo actual, pleno siglo XXI, se está volviendo, en cierto sentido, más cercano al paganismo mitológico que al monoteísmo judeocristiano. No se trata de un juicio de valor, sino meramente descriptivo.

En la antigüedad mitológica de múltiples dioses y diosas nunca estaba claro quién era el padre. Tampoco se habla del momento del parto. Sí está presente una diosa, Eurinome, gran madre del cosmos, quien cayó bailando sobre una ola en movimiento en el mar y luego parió un huevo misterioso que al abrirse dio origen al cosmos. Diosas posteriores siguieron siendo madres de dioses, diosas, héroes y heroínas. Los padres, inciertos dioses, fueron poco visibles. Esta teoría de la gran Diosa Blanca está suscripta por Robert Graves.

Hoy, nuestras “diosas” eligen el semen que más las emociona en un banco, para ser inseminadas directamente o en el laboratorio, por fecundación in vitro. La cuestión de la diversidad de géneros y sus notables avances y transformaciones no es impedimento para que todo aquel que quiera ser madre, con óvulos propios o ajenos fecundados, o con vientres alquilados, o con los infinitos avances que la ciencia pone a su alcance, pueda lograr su sueño. Eso sí: hasta ahora, al parecer, la única que puede parir (en términos naturales) es la mujer nacida biológicamente mujer. La decisión de la maternidad es otra cuestión: un acto absolutamente subjetivo.

Hay quienes deciden no tener hijos y ajenas a los mandatos absurdos de la procreación cultural denuncian a los cuatro vientos que jamás los tendrán, por elección. Chapeau para ellas. Pero hay madres histéricas, las “madres terribles” de la hipocresía, que los tienen y maltratan. Pueden procrear infinidad de niñitos que se exhiben como trofeos de poder. Pensemos en el modelo de una madre terrible en la ficción: Bernarda Alba, de Federico García Lorca, con derecho de vida y muerte sobre sus hijas. ¿Freud diría de ellas que son las madres fálicas?

Sarmiento, sin ningún tipo de complejo edípico, afirmó que la madre es “la personificación de la providencia”. Es decir, Dios. No sabemos qué hubiera dicho Baruch Spinoza. Pero sí sabemos que para él, Dios era la naturaleza. “Vos no te vas a morir”, le dijo una madre
a su hija enferma, que se sentía agotada y sin fuerzas por los padecimientos de la enfermedad. “¿Sabés por qué? Porque somos como una enredadera. Ahora, tengo la fuerza de la tierra, y te doy mi energía. Y te abrazo. Y te vas a curar”. Y al rato, nomás, amaneció. Y en medio del infierno entró la luz por la ventana de la habitación de una clínica. “Y un rayo misterioso hará nido en tu pelo/ luciérnaga curiosa que verá que eres mi consuelo”, cantaron juntas el tango de Gardel. Se rieron juntas. Poco a poco, el infierno fue quedando atrás. Quizás esto, no mucho más, ni mucho menos, sea la maternidad.