Escenarios extremos y situaciones perturbadoras llevan al hombre a realizar actos que hasta ese momento consideró ajenos a su existencia. Dos libros reveladores donde los protagonistas desafían sus propios límites y ponen en vilo la premisa fundamental: seguir viviendo.

Puede alguien sobrevivir treinta años encerrado en un departamento, con una pared en lugar de la puerta, sin tener contacto con el exterior? Este escenario plantea Teoría general del olvido, del angoleño José Eduardo Agualusa, una de las revelaciones de la nueva literatura africana. La novela cuenta la historia de Ludovica, una mujer que sufre agorafobia (temor extremo a los lugares abiertos) y vive junto con su hermana y su cuñado, sin nunca dejar su piso en el Edificio de los Envidiados, uno de los más lujosos de Luanda, la capital de Angola. Pero estalla la revolución, la pareja sale una noche y no regresa, y ella queda dentro del departamento, paralizada, viendo cómo en la ciudad se suceden las revueltas. Cuando advierte que no van a volver y que corre peligro si alguien la encuentra, toma una decisión: saca la puerta de entrada, levanta una pared y se encierra sola con su perro… durante tres décadas. En ese tiempo, el país sufre todo tipo de cambios políticos y sociales, con una de las guerras civiles más largas, que empezó en 1975 y se prolongó hasta 2002. Sin embargo, sólo algunos fragmentos de ese mundo entran en su universo de clausura. No sólo por su pánico a los  espacios públicos sino debido a otros miedos, en los que se juegan la xenofobia, el racismo, el rechazo a lo diferente. Cuando se le terminan las provisiones, se las arregla para comer palomas, cultivar en macetas en la terraza, sobrevivir con lo mínimo y administrar la escasez (y el hambre) con su propio perro. Pero sobre todo pasa sus días leyendo los volúmenes de una extensa biblioteca que, para pasar el frío, se ve forzada a ir quemando en cada invierno. Y a medida que cada libro arde, ve cómo avanza su soledad y su aislamiento, incapaz ya de conversar con las palabras mudas de otros. Lo que la mantiene viva es el diario íntimo que empieza a llevar rigurosamente (hasta que se le termina el papel y sigue garabateando en las paredes, con pedazos de carbón): “Ahorro en la comida, en el agua, en el fuego y en los adjetivos”, escribe. Aunque se trate de una ficción, Teoría general del olvido tiene datos documentales que acercan algo de la realidad histórico-política de Angola, con una protagonista sumamente querible y una prosa cercana a la poesía que le imprime un tono esperanzador a los momentos más terribles. Una novela distinta, de una tristeza feliz.

AL RESCATE

Con más de 40 años de carrera literaria y treinta libros publicados, hasta hace poco el escritor estadounidense Stephen Dixon era desconocido en la Argentina. Su libro Calles y otros relatos, que compila varios de sus cuentos, viene a saldar esa deuda: la de un autor que en cada historia logra instalar sensaciones perturbadoras con la idea de que, en cualquier momento, la tragedia es inminente. En “El rescatador” la atención está puesta en un niño que se balancea parado sobre una silla junto a las rejas de un balcón a diez pisos de altura, mientras desde la vereda la gente le grita que se baje, que no siga trepando. Ante lo que ya parece inevitable, un hombre se repite a sí mismo que tiene que salvarlo, que puede que se maten ambos, pero que debe amortiguar su caída. ¿Cómo evitar que el niño se estrelle contra el asfalto a un metro suyo? Lo que sigue a esa respuesta es una síntesis perfecta de cómo un hecho azaroso puede afectar una vida e incluso terminar con ella. En otro de los cuentos, “El intruso”, un hombre entra en su casa y ve cómo están violando a su novia (Porque los relatos de Dixon arrancan así, sin anestesia.) Sólo que nada de lo que pasa es previsible: ni la reacción de ella, ni la de su pareja, ni la del violador (que le dice que se quede a ver e incluso intenta excitarlo para que participe con él). Si algo caracteriza a los cuentos de Dixon es que si algo puede terminar mal, va a terminar mal. O, peor aún, no va a terminar nunca. Como en el relato “Un tipo enamorado”, que pone en escena la tristeza de un hombre que acaba de ser abandonado y se obsesiona por recuperar a la mujer, que da cuenta de lo arbitrario del amor, del desamor, de cómo pueden dejar de querernos y cómo podemos dejar de querer. Dixon tiene algo de tragicómico en el modo de contar sus historias, una economía de recursos que hace que las escenas queden grabadas a fuego y personajes capaces de los actos más insensibles como de los gestos más conmovedores. La selección de cuentos está a cargo de Eduardo Berti y tiene un prólogo de Rodrigo Fresán en el que, entre otras cosas, compara a Dixon con Kafka, pero también con Seinfeld y Louie CK.