Es uno de los directores de cine consagrados de nuestro país gracias a largometrajes como El estudiante o la remake de La patota. Ovacionado en Cannes por su nuevo filme, La cordillera, asegura que dirigir a su novia, Dolores Fonzi, es un acto tan natural como dar vida a una película.

Cuesta imaginarse a un Santiago Mitre de 8 años respondiendo “director de cine” cuando le preguntaban qué quería ser de grande. Es que su elección no es una de las carreras tradicionales con las que los chicos sueñan. El cliché no está conformado por el trío “veterinario, bombero y director de cine”. También es poco probable que un chico sueñe con caminar la alfombra roja del Festival de Cannes, de la que Mitre ya es casi un habitué. Sin embargo, fue a bastante temprana edad que encontró su vocación: “Tuve un momento que fue medio revelador, cuando a una profesora se le ocurrió que en lugar de entregar trabajos escritos, hiciéramos videos sobre los temas que estábamos trabajando en la clase”, recuerda. Tenía 12 años, pidió prestada una cámara de video familiar y filmó.

 

–¿Siempre tuviste en claro que tu rol era el de director?

–No, no tenía ni idea de qué era ser un di- rector de cine. De hecho, me gustaba actuar también. Durante la secundaria actuaba. Entonces, era el cine, la actuación, como si fuera todo lo mismo. Lo aprendí en la carrera, te diría, en qué consiste exactamente el trabajo de un director. O lo estoy aprendiendo todavía (risas). De todas maneras, es un trabajo al que te enfrentás como si no supieras nada, digamos, antes de empezar a hacer algo. Como un actor. Te pueden enseñar técnicas, vos podés más o menos conocer el lenguaje, pero después, cuando vas a dirigir, no sabés muy bien lo que tenés que hacer. O por lo menos a mí me pasa eso.

 

–¿Te enfrentás a un abismo?

–Sí, porque no es que hay un manual y las cosas se resuelven de una sola manera.

 

–¿Tiene que ver más con tu personalidad, entonces?

–Puede ser. Con tu personalidad, con tu intuición, con tus convicciones. ¡Con tu gusto!

 

–¿Por qué elegiste, en La cordillera, meterte directamente con un presidente?

–Me pareció una buena idea, en principio. Hay cosas que se empiezan a trabajar en una película y que luego tenés la necesidad de que una siguiente película las responda o las amplifique. No es que una película es conclusiva sino que abre cosas también, abre cosas en uno; preguntas o ganas de hacer otras cosas. Y siempre me pregunté un poco cómo es realmente la vida de los presidentes en su rutina diaria, cómo manejan la relación con sus entornos, pero de verdad; con los otros presidentes o sus relaciones familiares. Ahí empecé a trabajar esa idea de un presidente a principios de su mandato, enfrentándose a un even- to internacional muy importante (una cumbre de presidentes), teniendo que lidiar con problemas familiares y emocionales. Como si hubiese una especie de contraposición ahí, ¿no? Cómo a este personaje lo descoloca su hija.

 

–¿Cuánto jugaste con tu imaginación de lo que sería un presidente y una cumbre internacional y cuánto hubo de investigación, de charlar con polí- ticos, con asesores?

–Mirá, en principio hubo mucho de imaginación. Todos sabemos un poco de política, porque de lo que más se ha- bla en este país es de política. Entonces, no era tan difícil imaginarse cómo era el funcionamiento de una cumbre de presidentes. Por supuesto, una vez que el guión estaba escrito había que hacer que eso fuese chequeado por personas que conocían bien del tema y ahí sí em- pezamos a investigar un poco más en profundidad. Y esa investigación nos produjo modificaciones en el libro. Tuve una reunión con un ex presidente, que no era argentino.

 

–¿Se puede saber con quién?

–Es información confidencial, me pueden mandar a matar (risas). Fue muy interesante, fue raro. Los políticos tienen muy armados sus discursos, es muy difícil sacarlos de lo que tienen que decir, entonces la charla, si bien fue muy interesante y larga, era yo intentando que me contara cuestiones de la vida diaria, de cómo se relacionaba él como ser humano con las cuestiones, y él todo el tiempo intentando decirme las cosas que le parecía que una película debía mostrar de la vida de un presidente, que no eran necesariamente las mismas que yo quería mostrar.

 

–Vos preferías la respuesta de él “persona” y él te respondía con el “político”.

–Exactamente. Pero sí me dijo algo que me llamó mucho la atención: que nunca se está tan solo como cuando se tiene poder. Hay algo de que no importa la confianza que tengas en un ministro ni cuántos ministros tengas, hay un punto donde sos vos el que decide y sobre vos va a caer el peso de la opinión pública y el peso de la historia también. Entonces, hay una sensación de estar todo el tiempo rodeado pero también de estar muy solo. Y me pareció interesante. Eso también me hizo pensar en la película, en esta imagen de estar en la cumbre, en la cordillera, y que en el fondo es él solo el que tiene que tomar las decisiones en todos los niveles. Y que es el dueño de su futuro político y personal.

 

“La película establece esa trampa: uno lo ve a Ricardo [Darín] y quiere que sea el presidente perfecto, quiere que él sea bueno y salve al país. Pero después el trabajo que va haciendo la película es mostrarte otras facetas de este presidente.”

 

 –¡Qué frase! Llama la atención que te lo haya reconocido.

–Bueno, no sé si me lo dijo de esta manera. Por ahí yo, que soy guionista, te la estoy armando de esa manera (risas).

 

–Al momento de elegir a Darín como presidente de la Nación, ¿sabías que estabas jugando con una fantasía popular?

–¿La de Darín presidente? Ahora que lo conozco bien, después de haber trabajado con él, te diría que lo votaría. A Darín, no al personaje.

 

–¿Por qué?

–Porque me parece muy íntegro, muy serio, muy claro en sus ideas. No especula. Tiene muchas cosas que como persona me gustan. Además de que es un profesional excelente.

 

–Insisto. ¿Sabías que estabas jugando con una fantasía popular?

–Sí. Lo sabía yo y lo sabía Ricardo también. Y era parte de lo que nos divertía a los dos. La película establece esa trampa: uno lo ve a Ricardo y quiere que sea el presidente perfecto, quiere que él sea bueno y salve al país. Pero después el trabajo que va haciendo la película es mostrarte otras facetas de este presidente. Pero lo que él trae como actor lo usábamos intencionalmente, digamos.

 

–La otra protagonista es Dolores Fonzi. ¿Cómo es dirigir a tu pareja?

–Te diría que para mí ya es lo normal (risas). Dolores participa mucho de mis cosas. Y, por supuesto, hay películas que yo filmo y películas que no, y paso mucho tiempo con Dolores porque es mi novia, así que la voy consultando siempre sobre los proyectos. Entonces, de golpe ella lee las cosas que tengo en borrador, y no sé si las actúa pero las dice. Y a mí, que las diga, me resuena de alguna manera. Entonces ya hay como una especie de vínculo, de colaboración, en los dos niveles. Yo la dirijo y ella me ayuda a dirigir a mí también. Es recíproco. De hecho, cuando no filma, está conmigo sentada en el video. Y Dolores es muy profesional, muy buena actriz, entonces, en general, las cosas le salen muy bien, es una actriz fácil de dirigir.

 

–Se te ha visto sufrir un poco por redes sociales cuando juega San Lorenzo. ¿Qué otras pasiones tenés, además del cine?

–Sí, sí, miro mucho fútbol, y no sólo los partidos de San Lorenzo. Me encanta, me desconecta. No voy mucho a la cancha, pero eso es porque soy vago tam- bién (risas). Después me gustan mucho los caballos, el turf. La familia de mi vieja es de un pueblo de Córdoba, así que desde chico fui mucho ahí, a ese lugar, al que cada vez que puedo vuelvo.

 

–Y me acabo de dar cuenta de que metiste un caballo en la película…

–Metí un caballo en la película. No es el mismo igual (risas).

 

–¿Te encontrás mucho metiendo cosas personales en tus largometrajes?

–Puede ser (risas). Pero lo hago sin darme cuenta, no es como para hacerle un guiño a mi familia. Es muy difícil no meter las cosas que te gustan o te interesan.