PSICÓLOGA, PROFESORA DE YOGA Y EX PRODUCTORA DE TV, LA CANTANTE QUE HOY REVOLUCIONA LA MÚSICA CON SU FUSIÓN DE RAP, CUMBIA Y HIP HOP NO LES TEME A LAS LETRAS ENCENDIDAS Y SIEMPRE, ASEGURA, TIENE ALGO PARA DECIR.

“A la gilada ni cabida” se lee en el buzo de Paz Ferreyra, que un día decidió ser Miss Bolivia y autoproclamarse la reina de la calle en la que vivía, en La Paternal. Paz, que a simple vista no debe medir más de 1,70 y pesar los pocos kilos que su contextura pequeña y fibrosa le debe a tanto baile y ashtanga, parece haber aprendido a convivir con todas las personalidades que la acompañaron durante sus 41 años: es la hija, la psicóloga, la productora de TV, la profesora de yoga, la dueña de la lengua filosa y de la verba provocativa. Pero Paz es, sobre todo, esa performer demasiado rapera para la cumbia y demasiado cumbiera para el hip hop, que desde hace diez años intenta romper todas las etiquetas musicales que se le cruzan. A juzgar por Pantera, su último disco, lo está logrando. Y mal no le va.

 

–Hace poco estuviste en la mesa de Mirtha Legrand, y al menos desde afuera parecería que disfrutás de rodearte de otras personas que no son las de tu palo ni de tu ambiente. ¿Es así?

–Me gusta mucho comunicar, interactuar e interpelar a todo aquel que esté fuera de mi círculo cercano. Los de siempre ya saben lo que pienso, yo ya sé cómo piensan y listo, está agotado. Hay otros lugares donde está bueno hablar y decir, me re cabe llegar ahí, porque el mensaje es más potente y tiene más vuelo. Ahí nadie sabe lo que voy a decir. Me interesan esas exposiciones para decir un montón de cosas que quiero decir y que no llegan. Me gusta asumir el rol de ser un canal de comunicación alternativa.

 

–Hubo un momento en el que en el rock local el músico dejó de asumir su rol de líder. Es muy frecuente escuchar el discurso de “somos todos iguales”, cuando en realidad uno está arriba del escenario y el resto es público.

–Cuando uno está sobre el escenario es líder. También hay otro circuito que son las redes, que es muy efectivo a la hora de comunicar, incluso más que un concierto. Cuando empecé hace diez años bajaba una línea casi mesiánica, tipo “hay que hacer esto, eso y esto otro”, y con los años me empezó a gustar pararme desde mi lugar de imperfecta, neurótica y humana. Ahí me siento mucho más cómoda, sin tratar de bajar línea. Intento matar mi ego y dejarme habitar por las voces que yo intento comunicar. No me arrogo el poder de representatividad.

 

–¿Rechazás los purismos en la música?

–Si hay algo que me caracteriza desde el principio es la irreverencia hacia el purismo. Eso tuvo un precio que tuve que pagar. Sufrí mucho repudio del circuito purista de la cumbia y el rap. Fui a estas a rapear sobre bases de cumbia y el público se me cruzó de brazos. Y eso en la cumbia es peor que una escupida en la cara. Por suerte la escena no la integraba yo sola, sino que formaba parte de una propuesta de fusión de estilos que combinaban la calle, el boliche y la narrativa social. Creo que gracias a una generación de artistas, entre los que me incluyo, la escucha colectiva se lubricó y empezamos a generar tolerancia. Ahora puede sonar Damas Gratis en un boliche ultracheto y lo bailan todos. Los estilos puros van a perecer, el oxígeno se les acaba.

 

HAY TRES PARTIDOS POLÍTICOS QUE QUIEREN COMPRAR MI
SHOW PARA EL CIERRE DE SUS CAMPAÑAS, Y UNO QUIERE COMPRAR UNA CANCIÓN. SI QUISIERA LO HARÍA Y ME RE ACOMODARÍA, PERO HAY COSAS QUE NO TRANSO. NO PUEDO Y NO QUIERO.

 

–Pasaste de ser psicóloga a productora de TV y luego a cantante, ¿cómo fue esa mutación?

–Al principio no había drama. El tema fue cuando, después de haber he- cho dos carreras y un posgrado, después de haber escrito en “Las 12” y de ser productora, todo esto dejó de tener el lugar de hobby. Yo decía: “Ma, estoy re contenta, voy a tocar en el Luna Park”, y lo único que ella respondía era: “¿Te pagan?”. Era una cuestión generacional, y también ellos sentían que era el orgullo de la familia, licenciada graduada con diploma de honor y todo eso. Tuvieron que acomodarse. Primero les llevé una novia, después les dije que iba a dejar la psicología… Fue mucha información, pero cuando vieron el primer CD sintieron que el trabajo había dado sus frutos. Abandonar mi zona de confort con sueldo, aguinaldo y vacaciones también fue un laburazo para ellos.

 

–¿Qué tan difícil es mantener el eje cuando, por ejemplo, mejora el bolsillo?

–Hay un desfase que se genera en los momentos de mayor visibilidad, que al mismo tiempo genera la fantasía de que esa visibilidad implica más guita. ¡Ay, si vinieras a casa no pensarías lo mismo! Yo también aprovecho el 20 por ciento de descuento, y como cualquiera viajo en subte, ando en bici y voy a pagar el gas. El público no se pone a pensar en que los artistas somos personas y hacemos cosas de personas. Lo que sí no voy a hacer es ir a emborracharme y pararme arriba de un parlante, porque al otro día me hacen un meme.

 

–¿Y hay momentos en los que la música te absorbe por completo?

–Sí. Tengo un proceso creativo bastante problemático y caótico. No tengo método ni previsibilidad. Hace muchos años que paso el invierno en México, en un pueblito al que me voy a escribir. Voy y a veces no pasa nada, pero vuelvo, hago un trámite, voy al cajero y cae un estribillo, entonces lo grabo y priorizo eso. Mi marido y mis amigos saben que en períodos así no cuentan conmigo para cuestiones sociales, porque no puedo. Una vez que eso está terminado, me reintegro a la vida familiar. Grabar y tocar tiene horarios y forma, pero el proceso creativo es muy hijo de puta. Soy una hija del rigor, pero es lo mejor que puedo hacer.

 

–Si esto fuera una sesión de análisis, diríamos que en esa procrastinación hay un goce.

–Totalmente. Sé que mi mejor versión sale bajo presión y bajo tensión. En mi último disco hablo mucho de mi neurosis y me río de ella.

 

–¿Esta profesión que elegiste es lo que esperabas que sea?

–La música es otra esfera donde se reproducen las dinámicas del capitalismo y las luchas de poder. Lo mismo que pasa en todos lados pasa acá también, por nuestra condición de humanos y porque tenemos muchos circuitos corporativos e institucionales que arrastramos. Toda la mierda que tiene esta profesión y este mundo no me desilusionó, porque no es muy distinta a la de otros lugares. Laburé en el Estado y laburé en la tele, y fui delegada gremial. Sé hablar y sé mantener conversaciones pesadas. Quizás haber empezado en la música más de grande y haber transita- do un montón de experiencias de vida en las que hubo que ser creativa o salir a poner las cartas sobre la mesa me entrenó. No tengo historia. Tengo la bocha re corta, pero siempre con elegancia.