A POCOS MESES DE LANZAR SU SEXTO DISCO, EL GANADOR DE TRES PREMIOS GARDEL SE CONSOLIDA COMO EL ARTISTA ARGENTINO MÁS ORIGINAL, VERSÁTIL Y VISCERAL DE LA ÚLTIMA DÉCADA. UN GOLPE DE FRESCURA PATAGÓNICA QUE LLEGÓ PARA QUEDARSE.

Tuvieron que pasar cuatro años para que el rionegrino emergiera del agua y volviera a nacer. Es que su anterior trabajo, Mundo an bio (2012), dejó una huella muy importante en la carrera del músico que recibió tres veces el premio Gardel (Mejor Álbum Rock Pop Alternativo). No sólo representó el nacimiento de Azul, su hija, sino que parecía que iba a ser muy difícil llegar a una obra similar que pudiera conmover como lo hicieron aquellas canciones. Pero, una vez más, Lisandro Aristimuño lo consiguió: Constelaciones, una maravilla de once canciones (diez más un bonus track) que dejaron de mirar para abajo y fijaron su atención en las estrellas.

 

–El año pasado dijiste en una nota que Constelaciones iba a ser el disco crossover de tu carrera. ¿Fue así?

–Yo creo que fue el disco menos pensado de todos. A diferencia del resto, no lo busqué ni lo preproduje demasiado; está despojado de todo eso. Tenía un par de canciones dando vueltas y a fines del verano me decidí a entrar en el estudio. Lo convoqué a Ariel Polenta y le pedí que me ayudara con la coproducción; una novedad también para mí, porque siempre había trabajado solo en el armado de los discos. Y, después, la otra gran modificación fue que lo grabé por primera vez con otra banda, por más que el vivo lo siga haciendo con los Azules Turquesas.

 

Las multinacionales, en muchos casos, crean muñecos, y los resultados, muchas veces, están a la vista. Es muy evidente cuando salen discos únicamente porque había un contrato de por medio. Se los ve apurados, arrebatados. Es como sacar el asado crudo.

 

–¿Cómo fue esa experiencia?

–Fabulosa. Tuve la suerte de sumar a Javier Malosetti en bajo, a Sergio Verdinelli en batería, a Nicolás Bereciartúa en guitarra y a Nicolás Ibarburu. Con la búsqueda de estos músicos, la idea del disco era que se escuchara bien la madera; un sonido mucho más jazzero. Fueron muy profesionales y muy respetuosos. Hubo una armonía perfecta.

 

–Mundo an bio hablaba del agua y del nacimiento. ¿A qué se debió este cambio de perspectiva?

–Surgió como una necesidad de mirar al cielo. En Viedma o en la Patagonia lo tenés ahí, muy bello, muy al alcance. Mundo anfibio tiene que ver mucho con lo acuático y con el nacimiento de mi hija, Azul, sobre todo. Saber que ella estaba dentro de la panza en un entorno acuático me marcó muchísimo. Una vez que nació ella, se dispararon otros horizontes. Además del fallecimiento del Flaco [Spinetta], de Gustavo [Cerati] y de David Bowie, me tocaron muertes muy cercanas que, sin duda, me llevaron a pensar en dónde estarían sus mensajes. E inevitablemente los busqué arriba, en el cielo. De algún modo, siempre vuelvo a la naturaleza.

–Casi toda la literatura argentina y la mayoría de las letras del rock hablan sobre la llanura, la ciudad. Son muy pocos los que les escriben al río, a la montaña, al mar. Tus letras, en cambio, describen esos paisajes rezagados. ¿Cómo trabajás la inspiración?

–Tengo una influencia bastante grande del folklore porque es la música que le canta a la naturaleza. En el interior del país es muy común escuchar a Mercedes Sosa, a Raúl Carnota, al Cuchi Leguizamón. Crecí con sus letras. Cuando era adolescente, en mi pueblo escuchábamos a Radiohead y dejábamos en otro plano a la música autóctona. Nos parecía aburrida. Pero cuando vine para Buenos Aires volví a escuchar folklore; era lo que me devolvía por un rato a mi lugar de nacimiento. Era una especie de cuna para mí, mi cable a tierra. Estaba muy shockeado con la ciudad y necesitaba de ese bálsamo.

 

–¿Fue la música la que te trajo a Buenos Aires?

–En realidad no. Fue el amor, mi mujer, la mamá de Azul, la responsable de todo. Ella se vino a estudiar acá y no me quedó otra, después de meses de mucha tristeza, que venirme también. Nunca imaginé que la música iba a ser mi oficio. Todo lo que había hecho hasta el momento era por diversión. Mi primer disco, Azules turquesas (2004), lo grabé con amigos para que lo escuchara mi familia nada más. Quería transmitir algo que sonara bien. No lo pensé como un disco para salir a vender.

 

–¿Cómo es tu relación actual con la ciudad?

–Después de varios años, estoy mejor. Creo que el nacimiento de mi hija me terminó de adaptar. Tener una porteñita en casa hizo que mis cosas se equilibraran. Así como Viedma me formó en las letras, Buenos Aires me brindó su toque electrónico: ruidos, velocidad, computadoras. Y aparte me dio el oficio: el apoyo de muchos periodistas, el de los cole- gas, medios que se coparon con lo que hacía. Tranquilamente se podrían haber cerrado, pero siempre fueron positivos. Me sentí muy protegido.

–Imagino que fue tu estilo único el que llamó la atención, que, paradójicamente, se distingue del resto por ser una conjunción de muchos.

–Seguro tuvo mucho que ver eso. No encasillarme en un solo género fue, quizá, lo que les gustó. Es como un pintor que no siempre utiliza los mismos colores para una obra. A mí me hacía muy feliz mezclar y escuchar todo tipo de música. En eso, agradezco mucho a mi familia, porque en mi casa había cientos de discos de géneros opuestos: desde el Álbum blanco de los Beatles, pasando por The Police, Spinetta y Bob Marley, hasta una chacarera de Carnota. Eran bastante modernos para la época.

 

–¿Ser independiente y no estar atado a decisiones de las discográficas te permite esta versatilidad y la libertad de grabar lo que quieras?

–¡Sin duda! La mayoría de los artistas que me cruza la música me felicita por el camino que llevo. Algunos ni escucharon mis discos, pero admiran la manera en que nos manejamos. Las multinacionales, en muchos casos, crean muñecos, y los resultados, muchas veces, están a la vista. Es muy evidente cuando salen discos únicamente porque había un contrato de por medio. Se los ve apurados, arrebatados. Es como sacar el asado crudo. Les falta tiempo, pero las urgencias del mercado hacen que salgan igual. Yo, en cambio, soy muy respetuoso de mis tiempos. Fijate que mi último trabajo había sido en 2012 y recién el año pasado saqué Constelaciones. Y salió porque era el momento en que tenía que salir. El hecho de salir desde la nada también te hace saber que si algún día tenés que regresar a ese lugar, ya sabés cómo armarte. Distinto sería salir desde una multinacional a 120 km/h: llenar un Luna Park con tu primer disco. Ahí es muy probable que la caída sea más dolorosa. Te genera inseguridad e incertidumbre que en tan poco tiempo le gustes tanto a la gente. Yo prefiero haber vivido el minuto a minuto; tocar para 20 personas, después para 60 y de repente hacerlo en el Gran Rex. Pero no le tengo miedo a volver a tocar en un barcito de mi pueblo.

 

–¿Qué tenés pensado para lo que viene?

–Por el momento, estoy de lleno con la gira del disco. Estar atento con lo que ocurre en el país y ver cuáles son los mejores caminos para realizarla. Estoy muy metido con la parte de producción y sigo disfrutando mucho del vivo. La parte creativa la dejé un poco en pausa para focalizarme más en los conciertos. La idea es seguir recorriendo el interior del país y, como broche de oro, el Luna Park el 16 de septiembre. ¿Te das cuenta? Es todo muy loco: Constelaciones en el Luna. Muy loco.

 

PRODUCCIÓN: GIMENA BUGALLO

AGRADECIMIENTOS: ATELIER Y BODEGÓN EL GATO VIEJO, DEL ARTISTA CARLOS REGAZZONI