No todo es Mykonos y Santorini cuando hablamos de islas griegas donde uno puede detenerse a pasar unos días geniales de vacaciones. A escasa distancia de Atenas y con una excelente comunicación marítima existe un archipiélago que conforman, entre otras, la sofisticada Hydra, la campechana Poros y la bucólica Egina.

 

No bien el ferry entra en la bahía en forma de anfiteatro donde se sitúa el puerto de Egina, lo primero que captura la vista son los restos del Templo de Apolo, que coronan la falda de una colina. La primera línea de la costa portuaria está formada por espléndidas mansiones de la alta burguesía ateniense del siglo XIX, separadas entre sí por callejones serpenteantes repletos de tiendas y puestos de frutas. La vista, que se completa con los costosos veleros anclados en la marina próxima al puerto, es una postal.

 

La primera línea de la costa portuaria está formada por espléndidas mansiones de la alta burguesía ateniense del siglo XIX, separadas
entre sí por callejones serpenteantes repletos de tiendas y puestos de frutas.

 

Pero hay mucho más: si la vista de los restos del Templo de Apolo, sobre todo al caer la tarde, es asombrosa, lo es mucho más enfrentarse al Templo de Araya, que compitió en importancia en su época con el Partenón, y que junto a este y el Templo de Júpiter, en el cabo Sunión, forman el Triángulo Sagrado de la Grecia Clásica.

Los atenienses y los viajeros que escapan a los lugares comunes frecuentan el lugar entre mayo y septiembre. Su clima mediterráneo, dicen, es el más benévolo de todo el país, y sus paisajes naturales son deslumbrantes. Por supuesto, la isla ofrece una multiplicidad de playas a la hora de escoger. Todas se caracterizan por ser más bien pequeñas e íntimas, y muchas de ellas rocosas, pero el mar es inmejorable.

 

Puestos a elegir, la playa de Agia Marina es la favorita: a solo 15 kilómetros de la villa que oficia de capital, con sus arenas blancas, la tranquilidad de sus aguas y la sucesión de bares y chiringuitos poblados de gente linda, es el plan perfecto para un día de scooter. Finalmente, ver la puesta del sol entre las islas vecinas desde un café en el pueblo, mientras los faroles de las callecitas van encendiéndose poco a poco, corona una jornada perfecta para la visita a una isla elegida antes de que el resto de Grecia se instalara en el mapa.