Fue parte de Los Simuladores y hoy protagoniza la exitosa Sugar, con Griselda Siciliani y Nicolás Cabré en la calle Corrientes. Reconocido y exitoso, no le teme a la inestabilidad de la profesión y asegura que los golpes más duros le enseñaron a no depender de la mirada ajena.

 

Es el protagonista, junto a Griselda Siciliani y Nicolás Cabré, del éxito de la calle Corrientes. Asegura que hasta dos días antes del estreno no entendía qué estaba haciendo y temió que fuera un desastre. La presión era muy alta: “Se había hecho hace 30 años y había funcionado muy bien. Tenía que reventar”. El resultado fue mejor todavía. Las críticas lo alabaron y las localidades se agotan todos los fines de semana.

 

Si bien asegura que no le fastidia hablar de Los Simuladores, tampoco lo busca: “El otro día me llamaron porque se cumplieron 15 años y la verdad es que no entiendo que lo vivan como un cumpleaños”, cuenta sobre el programa, y descarta la posibilidad del regreso o la película: “Hicimos algo que quedó en la historia de la televisión argentina, pero para nosotros fue muy poco tiempo, debe haber sido el programa más corto que hice en mi vida”.

 

–¿Es la primera vez que te toca vestirte de mujer?

–En teatro, sí; en la tele alguna vez me tocó, pero como actor sería mucho más interesante interpretar a una mujer y no a un hombre disfrazado.

 

–¿Cuáles son tus características más masculinas y dónde te encontrás con algún costado femenino?

–Soy muy deportivo, fanático del fútbol, aunque me está cansando un poco el entorno del fútbol y toda la mierda que pasa alrededor. Soy de Estudiantes de La Plata.

 

–Sé de tu fanatismo casi enfermizo, ¿preferirías ganar un Oscar o que Estudiantes gane la Libertadores?

–Libertadores para Estudiantes, lo veo más cercano que ganar un Oscar (risas).

 

CUANDO TRABAJO INTENTO DIVERTIRME MUCHO. ME PARECE QUE AL LABURO HAY QUE IR A GENERAR BUEN CLIMA, Y DESPUE S, CADA UNO CON SU ROLLO A SU CASA.

 

–Me debés tu parte femenina.

–Hay algo de la sensibilidad que me apareció a partir del nacimiento de los chicos (N. de la R.: Es papá de Teo, Juan y Miranda). Creo que la mujer es más sensible en general, y a mí desde que nacieron mis hijos me empezó a agarrar una cosa muy diferente a la sensibilidad con la que venía.

–¿Miedos aparecieron también?

–Sí, aparecen. El tema de los hijos está muy bueno y está muy malo también. Tiene un montón de cosas que están buenísimas; dejás de ser el centro, pasás a mirar un poco más al otro, pero claro que aparecen los miedos. El más grande tiene 16 y ya sale de vez en cuando.

 

–¿Dormís?

–Yo duermo, Debi no duerme; espera que suene el teléfono, que le avise cuando llega. Seguramente duermo porque me relajo porque está ella. Pero de cualquier manera los cagazos y los miedos los tengo. Pienso en las cosas que hacía yo y me digo: “¿De qué tenés miedo?”, hice todo lo que se te ocurra de pendejo y tenía menos control que el que tienen mis hijos.

 

–¿Descontrolaste mucho?

–Era un disparate. Mis viejos se separaron y yo vivía con mi vieja, que tenía que lidiar con tres indios. Hacíamos lo que podíamos.

 

–¿En qué momento entendiste que eras buen actor?

–Todavía no lo entendí, no soy de los actores seguros que se creen buenos todo el tiempo. A lo mejor el transcurrir en la carrera, hacer muchas cosas, tal vez algún éxito a uno le da cierta seguridad. Lo que sí me pasó es que nosotros éramos tres hermanos, dos fallecieron y quedé yo, Marcelo tenía dos años más, Hernán tenía dos años menos. A partir de eso, no sé bien por qué, si por cansancio, por enojo, por odio, por no sé qué de toda esa mierda que me tocó vivir, me empecé a cagar un poco en la mirada del afuera. Y eso tal vez me dio a mí un poco más de seguridad, el no estar tan pendiente del qué van a decir de vos.

 

–¿Qué pasó con tus padres a partir de eso?

–Fue dificilísimo, particularmente para mi vieja. Un tsunami, uno cree siempre que lo peor es esa ola que se lleva todo y en realidad lo peor viene después de que se fue esa ola y ves todo lo que queda y cómo queda. Mi viejo tiene un hijo chico, tuvo que reinventarse. Uno tiene que entenderlo, pero a veces te cansás. Me pasa a mí, a veces estoy mejor, a veces estoy peor. Dentro de todo, lo llevo de buena manera. En ese sentido en la profesión me empecé a cagar en la mirada del afuera y ahí empecé a entender que rindo mejor si no estoy pensando tanto en los ojos de los otros.

 

–¿En qué momento deja de angustiar la inestabilidad de la profesión?

–No me angustió nunca; ni cuando no tenía laburo ni cuando lo tenía. Eso lo tengo por mi viejo, al ser él actor lo viví y lo entendí rápido. Y los pocos mangos que puedo ahorrar, los voy ahorrando.

 

–En el imaginario popular el actor famoso está salvado.

–Es una mentira absoluta. En este país, son contados con los dedos de la mano los actores que están salvados. La gente cree que el actor es feliz y que hace todo lo que le gusta. Mentira, el actor es un laburante más y hay muy poco laburo para los actores.

 

–¿En cuál de todos los trabajos que tuviste te divertiste más?

–Tal vez Poliladron puede haber sido uno, ahí se armó un grupo muy divertido, con temporada de teatro en Mar del Plata, nos reíamos mucho, parecíamos un colegio secundario. Yo en el laburo intento divertirme mucho. En mi casa no soy tan divertido, tal vez en casa me detestan un poco más, pero me parece que al laburo hay que ir a generar buen clima, y después, cada uno con su rollo a su casa.

 

–Si le pregunto a Deborah en qué momento es insoportable convivir con vos, ¿qué me va a decir?

–Cuando juega Estudiantes y pierde. Ahora estoy mucho mejor, pero soy insoportable. Lo peor es que mi hijo ya está heredando eso pero elevado a la enésima potencia.

 

–¿De qué depende que aceptes un proyecto?

–De muchas cosas. De mi necesidad, hay veces que necesito laburar y no hay mucho análisis, cosa que por suerte no me está ocurriendo últimamente, pero me ocurrió muchas veces y no descarto que me vuelva a ocurrir. En una época elegía mucho por la gente con quien iba a laburar, fundamentalmente en teatro. Hoy borré un poco esa política porque me privaba a lo mejor de laburar con tipos grosos porque tenía un prejuicio.

 

–¿Qué cosas no te vamos a ver hacer más allá de la necesidad?

–No voy a decirlo porque yo pensé que nunca iba a estar haciendo una comedia musical. Te juro que nunca en mi vida me lo imaginé.

 

–¿Te podemos ver como panelista de televisión?

–Yo creo que no, porque no rendiría en eso. En un principio diría que no.

 

–¿Te podemos ver en ShowMatch?

–No, ni loco. Pero ni aunque esté muy mal, prefiero laburar de ferretero, ser verdulero, hacer otro tipo de laburos, que hice, que conozco y con los que me siento a gusto. Tiene un montón de cosas que están muy bien ese programa y hay otras que me parece que son muy malas.

 

–¿Cuál fue el trabajo más raro que tuviste fuera de la actuación?

–Uno de los más raros fue trabajar en una casa de pollos. Recibía los pollos, los trozaba y después limpiaba las lanzas del spiedo. Y otro que no debe existir más ahora, fue para un canódromo en Villa Gesell. Me disfrazaba de muñeco de perro, que tenía más o menos dos metros, iba caminando y hacía publicidad en las calles. Terrible, no sabés lo que era. Ya era actor, pero lo necesitaba… por eso te decía, no me desesperé nunca.

 

–Cuando hay que trabajar, se trabaja.

–Laburaba y me cagaba de risa, la verdad es que me divertí.

 

Producción: Gimena Bugallo

Agradecimientos: Prototype