Las it girls más codiciadas por las marcas globales salen del clóset y se muestran con otras mujeres, haciendo de su elección sexual una tendencia que se impone. ¿Marketing o un paso más hacia la igualdad de género? El tiempo y ellas.

Las chicas se mueven como animales en celo. Sus risas desorbitadas rompen la monotonía familiar de un domingo frustrante y suburbano. Usan pulseras baratas, visten casi con harapos y exhiben sus cuerpos con un peligro que alerta a novias y madres. Evie descubre a Suzanne entre las chicas.

Es morocha, flaquísima y dueña de esa belleza intrigante, al límite de la fealdad, que ostentan mujeres como Anjelica Huston. Rasgos duros, sexuales, una urgencia feroz que palpita bajo el deseo. Ya nada será igual en ese verano iniciático y violento. Evie entrará en un mundo de ensueño y espanto con esas chicas “gráciles y despreocupadas como tiburones cortando el agua”.

Cuando la escritora Emma Cline publicó su primera novela, Las chicas, el suceso fue instantáneo. Muchas mujeres compraron el libro atraídas por su retrato crepuscular al filo de los setentas, el Clan Manson y una particular visión feminista. Pero también varias abandonaron su lectura espantadas por la potente historia lésbica escondida entre sus páginas. No fueron las únicas: en septiembre de 2016, Cline dio una conferencia de prensa para periodistas de habla hispana y nadie se atrevió a formular una sola pregunta sobre el auténtico motor de la obra, la relación con otra mujer que funda la vida adulta de su protagonista. Colegas incómodos, risas nerviosas y un dejar pasar. No hay nada más delator que el silencio.

Mientras tanto, en los kioscos las revistas de moda silban bajito y estalla el lesbian chic. Mujeres que juegan a tocarse mirando al fotógrafo, Miranda Kerr diciendo cómo amaría experimentar con el cuerpo femenino, Lily-Rose Depp (hija de Johnny y rostro de Chanel Nº5) hablando de “fluidez sexual”. Nada de eso es amenazante, todo está debidamente controlado, flasheado, photoshopeado, instagrameado. Mirado por un lente de fantasía masculina. Chicas más cerca de una porno soft made in The Film Zone que de la militancia LGTB.

Miley Cyrus salió con la modelo de Victoria’s Secret Stella Maxwell, se exhibió con ella en las redes, cortó su relación y proclamó su pansexualidad. Ese día, la palabra “pansexual” fue la más googleada en todo el mundo

En la otra vereda se plantan las que se atreven. Miley Cyrus salió con la modelo de Victoria’s Secret Stella Maxwell, se exhibió con ella en las redes, cortó su relación y proclamó su pansexualidad. Ese día, la palabra “pansexual” fue la más googleada en todo el mundo. Así, millones se enteraron de que un pansexual no cree en géneros, está más allá de las etiquetas binarias. No es bisexual porque se siente atraído por personas, sin importan su orientación sexual. Hétero, gay, trans. No género, todos los géneros. Un concepto que prende rápidamente entre los menores de 25 e irrita a señoras y señores acostumbrados a guardar cada cosa en su lugar.

Stella Maxwell también es la actual pareja de Kristen Stewart, una actriz tan talentosa como frontal. Después de ser role model para millones de adolescentes y vivir un romance, al que calificó como “producto”, con Robert Pattinson (protagonizaron juntos la saga Crepúsculo), Stewart blanqueó su relación con la productora Alice Carlige, rompió con ella, vivió una pasión fugaz con la cantante St. Vincent (ex de la modelo Cara Delevingne) y salió del clóset pegando un portazo que sacudió a todos. Filmó bajo la dirección de Woody Allen y del cineasta francés Olivier Assayas, fue imagen de Chanel y capitanea todas las tapas de revistas con su belleza desafiante.

Hay algo radical en esa visibilidad: lo suyo no es lesbianismo para la foto. Tampoco cumple el estereo
tipo de la militante con zapatos abotinados. Es una mujer que ama a otras mujeres pudiendo ser objeto de deseo de cualquier hombre. Y eso es perturbador. Porque ser torta está de moda, pero algunos ingredientes del pastel siguen indigestando a varios.

El sistema siempre intenta absorber la diversidad y convertirla en cliché. La moda domestica, tranquiliza y reproduce los contenidos hasta vaciarlos de significado. El “lesbian chic” tiene nombre de accesorio, se usa acompañado por remeras con frases y zapatillas, pero el lesbianismo no.

Sin embargo, los medios intentan convertir cualquier rebelión en tendencia, desde el movimiento punk hasta la militancia.

La reproducción infinita de escenas lésbicas en los editoriales de moda destinados a revistas femeninas hace de la homosexualidad algo tibio, amable y consumible, a la vez que ubica a las lectoras en un lugar de voyeurismo casi masculino. Reproduce, repite, que nada quedará.

Susan Sontag lo adelantó en su libro Sobre la fotografía: “Después de una repetida exposición de las imágenes, el acontecimiento pierde realidad. Para el mal rige la misma ley que para la pornografía. El impacto ante las atrocidades fotografiadas se desgasta con la repetición, tal como la sorpresa y el desconcierto ante una primera película pornográfica se desgastan cuando se han visto unas cuantas más”. La moda replica este sistema a la perfección. La repetición doma y convierte cualquier contenido en cultura pop. Lo saben todas las chicas que insinúan bisexualidad, un concepto que suena más hétero friendly.

Pero no todo lo que suena es campanita.

En la entrevista que Cara Delevingne le dio a Vogue en 2015, en la cual anunciaba su salida del clóset y blanqueaba su noviazgo con St. Vincent, el periodista Rob Haskell quiso tranquilizar a las lectoras escribiendo: “Sus padres parecen pensar que las chicas son sólo una fase para Cara, y ellos pueden estar en lo cierto”. Parece que para Vogue la orientación sexual es una gripe y se pasa en siete días. Consulte a su médico.

Es indudable que la sexualidad femenina sigue aterrando incluso a las mujeres. Todas amamos a nuestro mejor amigo gay, pero si dos chicas se enamoran, ya es otra cosa.

Para muestra está Carol. Cuando en 2015 Todd Haynes estrenó su película basada en la novela El precio de la sal (que Patricia Highsmith escribió bajo un seudónimo para evitar ser encasillada como “escritora lesbiana” en 1953), se dio cuenta de que más allá de modas y pretendidas inclusiones, el mundo no había cambiado tanto. Carol es la exploración de un profundo amor entre dos mujeres dispuestas a renunciar incluso a la maternidad para afrontar su pasión. Favorita de los críticos, cosechó seis nominaciones a los premios Oscar pero no ganó ni mejor vestuario. Este año, más allá de la polémica por el “Oscar so white”, la Academia decidió premiar a la excelente Moonlight. En Hollywood ser negro, puto y narco es más aceptado que dos mujeres amándose.

Curiosamente, somos las mismas mujeres quienes alimentamos el prejuicio. Criadas bajo un molde que ha insistido en controlar el deseo femenino y fabricar madres, sólo las más jóvenes parecen soltarse. En ese sentido, 2016 puede ser considerado el año de la visibilidad bisexual, y eso no es poco.

Ya sabemos que la sexualidad femenina tiene algo de oculto y misterioso. Tocate, mirá, tené fantasías sexuales pero cállate. Aún hoy sigue siendo intensa esa escena de Ojos bien cerrados en la que una Nicole Kidman caliente le confiesa a su estupefacto marido que ha fantaseado con tener sexo duro con otro tipo. La mujer deseante, activa y dueña de sí misma es peligrosamente perturbadora. Si existe, que no se note.

Mientras tanto, Evan Rachel Wood usa el smoking de Marlene Dietrich, Amber Heard (posdivorcio abominable de Johnny Depp) vuelve a la militancia LGTB diciendo que nunca salió del clóset porque jamás estuvo adentro, Miley Cyrus homenajea el beso entre Madonna y Britney en las redes y Kristen Stewart se pasea con su novia por las calles de París desafiando aquella canción que reza “nada tiene de especial dos mujeres que se dan la mano, lo especial viene después, cuando lo hacen por debajo del mantel”.

La sexualidad femenina está dejando de ser ese pecado que no se puede nombrar.