El Planeta Urbano trae por primera vez a la Argentina disparando a los Stones: 1966-1965, la exhibición de Terry O’Neill y Gered Mankowitz que retrata los primeros años de la banda que cambió para siempre el destino del Rock and Roll.

Un periodista estadounidense visitó al artista español Pablo Picasso en su estudio de París después del final de la Segunda Guerra Mundial. “¿Qué se siente ser Picasso, el maestro del arte?”, preguntó, y el pintor, con displicente desgano, le pidió un billete de un dólar. Lo pinchó en su caballete, tomó un pincel y lo pintó por encima con color azul. Después, sacó el dólar pintado y se lo devolvió al atónito periodista. “Aquí tiene, este dólar ahora vale quinientos dólares. Eso se siente al ser Picasso.”

Son más de 55 años en la peligrosa ruta del rock and roll; 55 años que hicieron de aquel quinteto de covers bluseros la banda más grande de la historia.

Unos jovencísimos Mick Jagger, Keith Richards y Brian Jones se miraban sin entender lo que sucedía. Hacía pocos minutos habían dado un show demoledor en uno de los salones traseros del Station Hotel Crawdaddy Club de Richmond, en la ciudad de Surrey. Entre el público, conformado por no más de ochenta personas que estaban enardecidas como si hubieran visto la verdad, estaba el productor discográfico y publicista Andrew Loog Oldham, quien se acercó a la banda no bien terminaron los últimos acordes de un blues de Bobby Womack.

Era un rubio de aspecto ordinario con sus Hush Puppies gastadas que usaba esa anécdota de Picasso cada vez que veía una banda con potencial o se topaba con un artista en ascenso. Pero esta vez estaba frente a lo que siempre había querido escuchar: una música auténtica y sexualmente motorizada por estos tres jóvenes que ocupaban el frente del escenario y la línea de fondo detrás de ellos. Con la atención total de Mick, Keith y Brian, Andrew Loog Oldham su muletilla: “Ahora, lo único que les pido es que pinten su primer dólar”.

Bill Wyman, dueño del bajo de los Stones, estuvo en la banda hasta 1993. El último disco en el que participó fue Steel Wheels, en 1989.

En su libro Rolling Stoned (Mondadori, 2011), Oldham recuerda: “Ese domingo cambió todo: sentí la fuerza de ellos y quise estar dentro, sentí una invitación de Dios hacia Jagger, había dejado que la banda me arrastrara y entendí la razón de toda mi experiencia y mis ganancias. Yo ya era de ellos y de ellos era el mundo”. Así, la historia del rock comenzaba a escribir su capítulo más intenso.

Lewis Brian Hopkin Jones tenía una de las cualidades más preciadas por una estrella de rock: estaba adelantado a su tiempo. Veía en el blues estadounidense y en el boom del rhythm & blues británico el futuro de la música.

Fue el padre del blues británico, Alexis Korner, el primero que se fijó en él y lo invitó a formar parte de su banda para los shows en el Ealing Club de Londres. Allí conoció a Charlie Watts, baterista y amante del jazz (con el que compartiría interminables charlas antes de empezar cada show). Dos amigos que compartían el gusto musical por el blues y el rock and roll, vecinos del poblado de Dartford, también estaban ahí. Mick Jagger y Keith Richards quedaron fascinados con el slide-guitar de Brian Jones. La química entre ellos fue instantánea, la banda empezaba a tomar forma.

Después de un aviso de diez libras en el semanario Jazz News y una audición de quince minutos, se sumó el pianista Ian Stewart. Recomendado por Tony Chapman, un amigo en común, el bajista Bill Wyman sumó el swing y la seriedad necesarios para marcar el ritmo de los golpes jazzeros de Charlie Watts. La primera formación estaba conformada, sólo faltaba un nombre para salir a rodar.

Fueron considerados los chicos malos de Gran Bretaña, a tal punto que un diario londinense preguntaba: “¿Permitiría que su hija se casara con un rolling stone?”

Suele decirse que los grandes momentos de la historia se iniciaron con pequeñas casualidades, y Sus Majestades Satánicas no fueron la excepción. Brian Jones, que había conseguido un club para tocar, trajo la duda original. Jagger se acuerda muy bien de ese día: “Estábamos tirados en la alfombra con Keith y Brian, tocando la guitarra y tomando Jack Daniels. Entonces Brian, que parecía haberse olvidado, nos dijo al pasar que el sábado a la noche íbamos a tocar en un club y que el dueño quería saber cómo nos hacíamos llamar. Keith se rio y siguió tocando; Brian lo miraba, no entendía, y yo, que ya había tomado demasiado whisky, eché un vistazo a lo único que teníamos a mano en el departamento de Edith Grove: un disco de Muddy Waters. Y ahí, sin buscarla, en la primera canción estaba la respuesta: ‘Rollin’ Stone’ (así, sin la ‘s’ del posesivo)”. Casualidades aparte, la canción representaba la crudeza del blues y anticipaba algunos compases del rock and roll más febril.

A fines de la década de 1960, los Stones debieron refugiarse en la sala de grabación. Los shows eran imposibles de manejar por la cantidad de gente que concurría. Muchas veces, Brian y Keith apostaban a ver cuántos minutos iban a durar arriba del escenario. 41

La primera etapa de la banda estuvo signada por el blues, con algunos éxitos que llegaron al número uno en Gran Bretaña ña y los Estados Unidos, como “The Last Time”, “Satisfaction” y “Time Is on My Side”. En esos primeros años, los excesos también dejaron su marca. “Se le advirtió que cesara con el uso indiscriminado de drogas y alcohol, y no hizo caso. Por eso se ahogó”, decía el dictamen del juez sobre la muerte de Brian Jones. El cuerpo del líder fundacional había aparecido en el fondo de la pileta de su casa, en Cotchford Farm, la madrugada del 3 de julio de 1969.

En esa época, Keith Richards libraba su propia batalla contra la heroína y recibió la noticia con una sensación de alivio y dolor: “Era un muchacho hermoso, genial, pero por otro lado era un maldito imbécil”, reflexionó tras la muerte.

“Brian no era un buen material para el show business –analizó Jagger en su momento–. Era hipersensible con respecto a todo, y cuando comenzó a tomar drogas eso se exageró. Me parece que él era una persona tímida, y los tímidos se ponen en una situación riesgosa. He visto cantantes muy tímidos tomar drogas antes de subir al escenario. Esa gente sufre exponiéndose a sí misma, y trata de manejar ese sufrimiento con la bebida o con las drogas, o haciéndose los malos. Y sufren. Están en una situación donde continuamente tienen que alterar su propia personalidad.”

Con la muerte de Brian se terminaba la adolescencia de la banda. A Brian Jones lo sucedió Mick Taylor, y a Mick Taylor, Ronnie Wood. Una seguidilla de guitarristas que marcaron el pulso de la banda en diferentes épocas. Taylor participó en álbumes fundamentales, como Let it Bleed, Sticky Fingers y Exile on Main St. Wood debutó en Black and Blue (1976) y es quien más cargó con el peso de los cambios que la banda experimentó a lo largo de los años. En el medio, el escándalo por posesión de drogas de Keith Richards (en 1977 fue detenido en Canadá luego de que la policía hallara 22 gramos de heroína en su habitación de hotel) o la evidente baja en la calidad de sus composiciones fueron sucesos que hablaron de cierta decadencia de la banda. Un periodo que el grupo supo enfrentar con el arma que mejor conocía: la música. Así, discos como Some Girls (con “Miss You” como punta de lanza) y Emotional Rescue lograron un espaldarazo comercial y de crítica que luego siguió con Tatoo You (que incluyó exitazos como “Start Me Up” y “Waiting on a Friend”). Una nueva crisis, sufrida entre 1983 y 1988, amenazó la continuidad de la banda. Pero nada pudo contra Jagger, Richards, Wyman, Watts y Wood.

En 1979, el Gobierno de Canadá exigió a Keith Richards dar un show a beneficio de personas no videntes. Así, el guitarrista quedaba eximido de su condena a prisión por tenencia de heroína

 

Aquella formación se mantuvo hasta 1993, cuando se fue su bajista original. Bill Wyman nunca fue reemplazado oficialmente, aunque Darryl Jones es quien ocupa su lugar desde que se alejó de la banda. Hoy Wyman dedica su tiempo a la arqueología y la búsqueda de reliquias. Los otros cuatro siguen intactos.

Son más de 55 años en la peligrosa ruta del rock and roll; 55 años en los que aquel quinteto de covers bluseros se transformó en la banda más grande de la historia. “Don’t stop”, advierte Jagger en una de las canciones de Forty Licks. Y no van a parar, hay que creerles, porque así como el tiempo alguna vez les jugó una mala pasada, al final, siempre estuvo de su lado.

“Somos los Rolling Stones. Nadie nos dice qué hacer. Pararemos cuando tengamos ganas. Nuestro objetivo siempre fue convertir un estadio de fútbol en un bar. Dios se une a la banda todas las noches de una u otra manera: lluvia, viento y relámpagos. Hemos llegado a un punto donde probablemente el ochenta por ciento de nuestra audiencia no conoce un mundo sin los Stones. Y no veo que vayamos a parar. Cuando llegue ese momento, llegará, Igual, es todo ciencia ficción”, ríe, como lo hizo toda la vida, Keith Richards.

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