Este año, el celular que vino a revolucionar la manera en que nos comunicamos, consumimos contenidos y damos a conocer nuestro perfil al mundo cumple una década. ¿Hasta dónde llegará el imperio de la manzanita?

En enero de 2007, Steve Jobs, vestido con su clásica polera negra, jeans azules y zapatillas grises, mostró el iPhone por primera vez, y el público sentado en el auditorio de la conferencia MacWorld de San Francisco estalló en gritos y aplausos. “Hoy vamos a hacer historia juntos. Hoy Apple reinventa el teléfono”, dijo el hombre que para ese entonces ya se había convertido en mito y leyenda desde que en 1997 había vuelto a la empresa para salvarla de la desaparición. Tuvo razón. Diez años después de aquella mítica presentación, el iPhone es el dispositivo electrónico más vendido de la historia. Apple ya despachó más de mil millones de dispositivos, el equivalente a ocho veces la población de Brasil (o 25 veces la nuestra).

El Apple Newton fue uno de los primeros PDA con capacidad de reconocimiento de escritura y el antecesor de esta 1ª generación de la plataforma iOS, utilizada en el iPhone, iPod Touch y iPad.

Pero la importancia del iPhone no radica tanto en las ganancias que generaron sus espectaculares cifras de ventas sino más bien en las múltiples y diferentes consecuencias que produjo en la sociedad, en el resto de la industria y en la cultura moderna. El iPhone es uno de los íconos principales de esta era hiperconectada y móvil. Más de un cuarto de la población mundial (dos mil millones de personas) se conecta a internet sólo desde el móvil.

Hoy, en 2017, el celular es una extensión del cuerpo humano, una suerte de injerto tecnológico sin el cual se nos haría difícil la idea de trabajar, consumir entretenimientos, viajar, comunicarnos con nuestros amigos y familiares, comprar, despertarnos a las siete, ver los datos del clima, sacar y compartir fotos, mandar y recibir e-mails, escuchar música, tuitear, zanjar en diez segundos una discusión en un asado o agendar un cumpleaños. Y aunque a muchos todavía les cueste admitirlo, sin un smartphone se nos haría complicado vivir en esta sociedad.

Hace diez años, el iPhone detonó una bomba en el corazón de la industria tecnológica. Puso la vara bien alta. Obligó a los demás fabricantes, que hasta ese momento lideraban bien cómodos el sector de la telefonía móvil (Nokia, Blackberry, Motorola), a ir detrás de su diseño y, sobre todo, de su concepto. Esa vara de innovación y creatividad, a grandes rasgos, aún hoy la sigue estableciendo Apple. El resto va detrás.

Haga usted, querido lector, la prueba de buscar en Google “celulares 2006” y verá como el iPhone pegó un triple salto hacia el futuro. Hizo añicos los moldes de los diseños conocidos hasta ese momento. Eliminó el teclado físico y lo reemplazó por una pantalla táctil de vidrio de 3,5 pulgadas que cubría todo el dispositivo. La pantalla funcionaba solo con los dedos (Jobs odiaba los lápices ópticos) y únicamente mediante un solo un botón. ¡Un solo botón!

Era una locura para la época. Tampoco tenía batería extraíble ni antena. Hasta hoy, cambios más, cambios menos, los demás fabricantes (desde Samsung, Lenovo y LG hasta las empresas chinas más nuevas, como Huawei y Xiaomi) diseñan sus modelos siguiendo el camino desmalezado por Apple.

 

Pero tal vez la revolución más grande del iPhone no estuvo en el hardware. (De hecho, aquella primera versión almacenaba 4 gb de información, no tenía conexión 3G y la única cámara sacaba fotos de calidad media, de unos 2 mp. Todavía no había cámara delantera para selfies ni grababa videos. Costaba caro: 500 dólares.) La gran diferencia la hizo el software. El sistema operativo fue diseñado de tal manera que, por primera vez, permitió al usuario tener prácticamente la misma experiencia de navegación web que tenía en una PC de escritorio, pero en la palma de la mano. Mientras los demás fabricantes insistían en fabricar teléfonos que pudieran conectarse a internet, Apple hizo una mini-computadora de bolsillo que, además, tenía un teléfono. La diferencia conceptual es fundamental. Apple pensó la cuestión al revés que el resto. Con el iPhone, navegar desde un celular ya no resultaba un tedio engorroso sino una experiencia grata, extremadamente simple y divertida.

Justamente, la simpleza del iPhone hizo que el celular inteligente, hasta ese momento destinado sólo a los que tenían un conocimiento técnico alto, se expandiera a nuevos grupos etarios. Chicos y grandes ingresaron así en un mercado antes destinado sólo a jóvenes profesionales.

Otras de las diferencias claves para entender el impacto del iPhone es que permitió la interacción con aplicaciones desarrolladas por terceros, que los usuarios podían bajar e instalar en sus dispositivos. Juegos, utilidades, series y películas, noticias de grandes y pequeños medios, recetas de cocina, servicios meteorológicos o financieros, aplicaciones para correr, mapas… En pocos meses hubo cientos de miles de apps gratuitas y pagas. El desarrollador, en este último caso, se quedaba con el 70 por ciento del valor, y Apple, el otro 30 por ciento. Un negocio redondo que enriqueció aún más a la empresa y generó infinidad de oportunidades alrededor. Por ejemplo, cuando Facebook lanzó su aplicación oficial para el iPhone, en apenas un día logró un millón de descargas. Nueve meses más tarde, la app ya se había descargado mil millones de veces. De esta manera, el iPhone creó un nuevo rubro en la industria de la programación y desarrollo de software y también una economía basada en las aplicaciones, que diez años después generó un poderoso ecosistema de empresas y nuevas formas de trabajo.

Aquella vez, hace diez años, Steve Jobs tuvo razón: el iPhone hizo historia. El desafío que tiene Apple, en pleno 2017 y cuando el mundo ya es absolutamente móvil, es demostrar si está a la altura para reinar también en el futuro.

Por: Leandro Zanoni