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ELOGIO DE PATTI SMITH – El Planeta Urbano

Junto a Mapplethorpe, Patti levantó como bandera su propia figura andrógina, casi un muchachito flaco de pelo cortado como a ella se le ocurría, con sus propias manos y tijeras.

Patti Smith tenía 18 años cuando llegó a Nueva York. Jeans rotosos, remerita y hambre. Se había cansado de trabajar en una fábrica, de exiliarse de su familia para poder tener solita y sola al hijo que por error adolescente había concebido la única vez que se acostó con un chico (de 16, como ella). Lo entregó a una familia sólida, rica, de valores cristianos, parecidos a los suyos, y mutiló de su vida el episodio. Así, sabiendo que nunca más lo vería, con el dolor metido en el alma, como el aullido oculto y feroz de su adorado Arthur Rimbaud, se animó a la Gran Manzana.

En su atadito de ropa mínimo llevaba las Iluminaciones, de Rimbaud, su libro de cabecera. Se encontró con un vagabundo que le explicó que si comía un sándwich de lechuga podía sobrevivir sin morirse de hambre: el pan le hacía tapa en el estómago y la lechuga proveía agua. Luego le recomendó que viera a un chico que le daría un lugar donde dormir. La primera vez que lo vio, Robert Mapplethorpe (el fotógrafo que llegó a convertirse en ícono) dormía. Apenas tenía lugar para sí mismo, pero la ayudó a salir del rocío de la madrugada, de la dureza de los portones y los bancos callejeros.

“Es como si alguien hubiera desparramado manteca en la punta de las estrellas/ porque miró hacia arriba y empezaron a despegarse.

Esa imagen, la del muchacho rubio de enormes ojos claros y rulos –cara de muñeca perfecta, femenina–, la acompañaría en la vida y en sus sueños poéticos en la intensidad de esos años. Su amigo, su amor, su otra mitad.

Toda su vida creativa durante la movida artística y contestataria del universo beat de los late sixties está contada por Patti en su libro Éramos unos niños. Ella le había prometido que contaría su historia. Se lo prometió muchos años más tarde, cuando él ya estaba enfermo de sida, enfermedad de la que moriría en 1989. Allí, en el libro, está el registro de esos días de producción febril. Está en sus papeles de dibujo pegados en las paredes, en sus raros poemas surrealistas y oníricos, en su vida poética infinita. Allí están sus padrinos: el aullido de Rimbaud, las visiones de William Blake, sus hermanos y amados vates iluminados por la desesperación y la genialidad. También Jean Genet, “el criminal” que enfrentaba al sistema con violencia.

El sistema, el establishment, el orden clerical, eran para la poeta fuente de rebeldía e inspiración. Ella, que nació en Chicago y se crió en Nueva Jersey y fue formada con principios rígidos (su madre era discípula de Jehová), juró ante santa Juana de Arco que dedicaría su vida al arte. Y desechó la solemnidad y la hipocresía. Su rebelión estallaba en cada uno de sus poemas, en su vida misma. Junto a Mapplethorpe, Patti levantó como bandera su propia figura andrógina, casi un muchachito flaco de pelo cortado como a ella se le ocurría, con sus propias manos y tijeras. Un poema de Patti sobre Rimbaud (“Oh, Jesús, cómo lo deseo, sucio hijo de perra. Lame mi mano. Me sereno. Ve rápido, tu madre espera. Se levanta. Se está yendo. Pero no sin la mirada de esos fríos ojos azules que destroza. Ese que duda es mío. Estamos sobre la cama. Le he puesto el cuchillo en el delicado cuello. Dejo que gotee. Nos abrazamos. Devoro su cuero cabelludo. Piojos gordos como pulgares de bebé. Piojos caviar de cráneo”) ayuda a entender la puesta en palabras del deseo en el exacto significado que Gilles Deleuze le otorga: vaciar de sentido al deseo y entenderlo como mero flujo, acercándolo al delirio. El delirio, el material onírico, en sus trabajos. La producción de Smith llena las paredes del cuartito alquilado en el hotel Chelsea, un lugar de encuentro de toda la vanguardia norteamericana de su época. Fue en los 70 la madrina del rock duro y del punk, la verdadera hija de la frase que instauró el Mayo Francés: la imaginación al poder.

“Birdland” Patti Smith

Y lo más extraordinario de Patti es que está intacta. Sobrevivió a ese grupo vanguardista del rock suicida. A la inefable Janis Joplin, con quien estuvo una noche de alcohol interminable en el Chelsea. Janis lloraba; decía que una vez más pasaría la noche sola, que siempre terminaba sola sus noches. Patti le escribió un poema: “Pareces una perla/ eres una perla”. Pero Janis no pudo soportarlo y a los pocos días murió de una sobredosis. Smith también conoció a Jimi Hendrix, el mejor guitarrista de rock de todos los tiempos, a Jim Morrison y a todos los de la generación que partió a los 27.

Patti Smith armó su banda de rock en el 74, y en el 75 sacó su primer álbum, Horses. Escucharlo hoy aún pone la piel de gallina. Su estilo es único: recita, luego canta. La combinación de su arte dramático y su particular manera de decir logran una combinación absolutamente estremecedora. Ese es su sello. Su voz grave y un decir que parece conectado a un espacio sagrado. El absoluto de la poesía está en su voz.

Es probable que una de las razones por las que está viva sea la negativa a inyectarse drogas duras. En el libro recuerda sus fumadas de marihuana o hachís y algún que otro ácido, pero siempre se mantuvo lejos de la heroína y otras sustancias feroces.

Particularmente, me da la impresión de que Patti segregaba sus propios estímulos neuronales. Su originalidad está ahí, precisamente, en no haberse sometido a ninguna adicción. Esclava de nada. Salvo del hecho de defender su libertad a ultranza.

Vale la pena recordar que la primera actuación con su banda de rock fue en la Iglesia de San Marcos, St. Mark in-the-Bowery, en el East Village de Manhattan. Y fue allí donde lanzó: “Jesús murió por los pecados de alguien, pero no por los míos”.

Patti recuerda en el libro que sus días desde que llegó a Nueva York, en el 67, estuvieron marcados por episodios que no serenaban precisamente los espíritus: la guerra de Vietnam y el asesinato de Sharon Tate, embaraza- da de ocho meses del cineasta Roman Polanski, a manos del psicópata Charles Manson y de su clan. El Festival de Woodstock puesto junto a los dos episodios anteriores recuerda a un film de David Lynch.

En diciembre de 2016 cantó en la ceremonia de entrega del premio Nobel otorgado a su amigo Bob Dylan. Estaba vestida como siempre, con su eterno conjunto de camisa blanca, chaqueta y pantalones negros, pero esta vez lucía un equipo de gala, lookeada con algo de smoking. En medio de su interpretación de “A Hard Rain’s a Gonna Fall” (escrito por Dylan en 1963 frente a la posibilidad de una guerra nuclear), de pronto la voz que hacía estremecer a los presentes de la realeza, al summum del mundo intelectual, a millares de ojos que la miraban por televisión… de pronto, un pájaro violeta, un agujero amarillo, un viento de cenizas interrumpió su canto. Patti se cubrió un instante los ojos, pidió dis- culpas al público con extrema dulzura. Se detuvo. Y retomó la canción, y su voz creció en el recuerdo de la frase “¿dónde has estado, mi muchacho de ojos azules?”. Creció hasta alcanzar las siete nubes sagradas. Creció hasta el cielo del pequeño cuarto compartido con Robert Mapplethorpe en el hotel Chelsea de Manhattan.

“Birdland”, Patti Smith