Sobreviviente del estallido de la ex Yugoslavia y parte de eso que asépticamente el periodismo llama “los Balcanes”, Serbia emerge orgullosa de sus raíces pero con necesidad de proyectarse. Su capital huele a futuro.

Europa del Este es una experiencia en sí misma. Tan exótica como Asia o como las Galápagos, es una rara mezcla de pasado milenario y juventud efervescente. Se parece a Europa en la magnitud de sus monumentos y palacios y en la imponencia de su pasado, pero se diferencia en la novedad de sus gustos, en la libertad de sus modas, en lo revolucionario de sus ideas. La capital serbia es toda una referencia en ese sentido, llena de gente joven e inquieta que va y viene entre edificios magnánimos escoltados por otros en ruinas, una ciudad en permanente ebullición. Quizá, la Berlín de Oriente.

En el centro, la plaza rodeada por los hermosos edificios del Museo Nacional y la Ópera es el lugar de reunión de los locales. Los cafés proliferan en las veredas, y siempre sorprende alguna exhibición de arte al aire libre. A pocas cuadras de allí, un simpático y característico restaurante de Belgrado, Manufaktura, invita a almorzar bajo su cielorraso de paraguas colorados. La cerveza es adictiva.

Repuestos del almuerzo, es bueno visitar dos museos que podrían pero no deben pasar inadvertidos: el Museo de la Ciudad, con arte otomano imperdible, desde frisos a portales íntegros instalados en el interior de un edificio de aspecto ascético, y la casa-museo de esa especie de Da Vinci serbio que fue Nikola Tesla. La casa es en sí maravillosa, y la colección y variedad de inventos, proyectos y diseños de Tesla dejan asombrado a cualquiera.

Por la tarde, al pasar por la plaza Nikola Pašic, se puede ver cómo va iluminándose el hermoso edificio del Parlamento Serbio. Está en el centro geográfico de la ciudad y a walking distance del maravilloso edificio (aún en restauración) de la Iglesia de San Sava. Su arquitectura es impresionante, y las múltiples cúpulas, un emblema de la ciudad.

DESAFIANTE Y SALVAJE

El carácter de la urbe parece inspirado en la naturaleza que la rodea. El parque Kalemegdan, emplazado en una colina sobre el río Sava, es ejemplo de ello. Ubicado en el punto exacto donde el río desemboca en el Danubio -y esa es ya una postal digna de ver–, este sitio es el lugar fundacional de la primitiva ciudad romana de Singidunum, luego convertido en una fortaleza durante el dominio turco (que aún se conserva, aunque modificada), y finalmente transformada en parque durante el siglo XIX.

Es, además de un lugar natural de esparcimiento, la locación de múltiples museos, iglesias y restos de arquitectura militar de diferentes épocas, incluyendo un foso que data de la época de la dominación romana.

La confluencia de los ríos Sava y Danubio es otro punto que reclama toda nuestra atención. Parece mentira que ese lugar de tan primitiva belleza y vegetación exuberante se encuentre a sólo diez minutos de caminata del centro de la ciudad.

ANOCHECE EN BELGRADO

De nuevo en la ciudad, hay que caminar hasta el icónico hotel Moskva, que se erige en una esquina en ochava con la elegancia de los edificios de la Europa noble y el misterio de las intrigas de espías. El plan es simple pero efectivo: sentar – se en la vereda a degustar un buen vodka tonic. El ambiente es mundano y agradable, los camareros, ceremoniosos y de gran amabilidad, y una vez que se ha hecho, se volverá costumbre irrenunciable.

Para terminar la noche, el pinto – resco restaurante Little Bay, cuyo nombre no le hace justicia: se trata de un pequeño teatro de ópera devenido restó con telones de terciopelo granate y palcos ocupados por comensales. Belgrado, por lo demás, no duerme. Siempre vas a encontrar el lugar para el café, el vino de sobremesa y la charla casual en cualquier bar de esta ciudad milenariamente adolescente.