De Robert Graves y el surgimiento de la diosa Eurínome a Noé y su arca bíblica, el reconocimiento está reservado a quienes son capaces de arriesgarlo todo en pos de una empresa creativa. En este caso, la materia del éxito es triple: coraje, invención y mutación.

El término emprendedor proviene del verbo emprender. Del latín in (en) prendere (tomar), el significado es bien interesante, porque se refiere al acto de acometer o empezar una obra, negocio o armado de algo, especialmente si esta acción encierra alguna dificultad o peligro. Un emprendedor, entonces, será todo aquel que muestre resolución para encarar una empresa de características innovadoras-creativas pero que esté dispuesto a arriesgar mucho. A veces, hasta el pellejo. Fracasar –aceptar el fracaso como resultado de estos empeños– está sustancialmente ligado al riesgo que encierra el acto de emprender algo.

Entre tanto emprendedor serial, cuya manía es inventar empresas por doquier con la consigna “hacer, ubicar y vender”, hay algunos muchachos argentinos cuya actividad está muy bien. Por ejemplo, quienes inventaron las valijas inteligentes: con un sistema ligado a los smartphones, gracias a Bluesmart ya no llegaremos a Moscú muertos de frío por haber perdido el equipaje despachado.

Tenemos también a Emiliano Kargieman, quien a los 15 añitos ya andaba pergeñando inventos. “La manera de predecir el futuro es inventarlo. Es una máxima que traté de construir siempre”, dice el chico que hoy es fundador de Satellogic, una empresa local de tecnología iniciada en 2010 que construye nanosatélites de valor mil veces menor al de los tradicionales. Una mente brillante, sin duda. Muy parecida a la del primer entrepreneur bíblico, Noé, que construyó su arca salvadora de la especie sin ver un mango, todo a pulmón.

La innovación y la introducción de un nuevo método de producción son elementos sustanciales para quien pretenda ser emprendedor de pura cepa.

Inventar, jugar con las ideas: una mirada zumbona para afrontar estos días veraniegos con cierto vago humor y espíritu desafiante. No hay que olvidar que la innovación y la introducción de un nuevo método de producción son elementos sustanciales para quien pretenda ser emprendedor de pura cepa.

El primer ser que surgió del caos inicial y emprendió la tarea de la creación del universo, según Robert Graves, fue una mujer. En el principio –dice el británico–, la diosa Eurínome surgió desnuda del caos, pero no encontró nada en qué apoyarse. Entonces separó el mar del cielo y bailó sobre las olas. Su baile originó los vientos, los atrapó, los frotó con las manos y creó así a la serpiente Ofión (invención y mutación: dos elementos para tener en cuenta). Eurínome continuó bailando y Ofión se enroscó en torno a ella. La diosa se transformó en una paloma, voló sobre las olas y puso el huevo cósmico, Ofión lo empolló y surgieron el cielo, las estrellas y los planetas (de la parte superior) y la tierra, las montañas, los ríos y los seres vivos (de la inferior).

Eurínome no cobró una sola moneda por su empresa; el capitalismo no existía aún. Pero la metáfora de hacer equilibrio danzando sobre una ola dio lugar a múltiples lecturas y explicaciones sobre el destino de un sujeto. Joseph Conrad se habrá acordado muy bien de ella cuando escribió “nacer es como caer en el mar”, en El corazón de las tinieblas.

Otra diosa, de la mitología maya, tampoco pudo ser exitosa y adinerada. Fue la inventora de una de las cosas más gratas y excitantes para el paladar humano: el cacao. Xochiquétzal, diosa de la alegría y el amor, descubrió el secreto del pequeño arbusto de flores rojas cuyos frutos oscuros escondían una suerte de savia mágica, proveedora de una energía extraordinaria. Ella había probado el delicioso brebaje extraído de los frutos del árbol del cacao (en maya kakaw) luego de tostarlos, molerlos y batirlos con agua en vasijas pequeñas. Xochiquétzal creó un hombre a partir de una de sus costillas por puro deseo de compartir, y juntos bebieron y conocieron el reino del placer total. Pero llegó Hernán Cortés (que de cortés tenía poco) y se llevó de una el cacao a España. Allí, con la materia prima y la idea de Xochiquétzal, el tipo se inventó una patente que arrasó: se llamó chocolate y pasó a ser un producto codiciadísimo en España y en toda Europa.

En fin, diosas con talento creativo hubo miles. Muchas murieron en el intento: Juana de Arco, solita y sola, les ganó a los ingleses… ¡vestida de hombre! Y primero la consideraron una santa y después la quemaron en la hoguera por bruja. Sor Juana Inés de la Cruz no conoció la fama como poeta y filósofa excelsa. Murió pobre, lavando pasillos en el convento. A Virginia Woolf la fama le llegó cuando ya se había internado en el río con piedras en los bolsillos. Y así… Pero a Coco Chanel le fue bárbaro y empezó haciendo sombreritos artesanales. Madonna comenzó con su voz y una guitarra y logró ser la mejor entrepreneur de los 90. Ella misma fue su propia empresa. Y siguen las firmas, aunque quizás Lady Gaga no tuvo la misma garra.

El economista austríaco Joseph Schumpeter, en su libro Capitalismo, socialismo y democracia, aporta algunas ideas para entender un poco más el tema. Para el ensayista, las innovaciones de los emprendedores son la fuerza que hay detrás de un crecimiento económico sostenido a largo plazo, pese a que puedan destruir en el camino el valor de compañías bien establecidas. El proceso de “destrucción creadora” –escribe– es el hecho esencial del capitalismo, siendo su protagonista central el emprendedor innovador.

Inés Bertón, por caso, se convirtió en la reina del té en un país lejano al consumo de Gran Bretaña u Oriente. Creó Tealosophy luego de estudiar largo tiempo en el exterior y especializarse en variedades, mezclas, aromas y sabores. Y dice que comenzó sólo con ganas de crear y 132 dólares. Sus blends en nuestro país y en el mundo alcanzan el más alto nivel, mezclando hebras sutiles que provienen del Himalaya y de puntos lejanos de la Patagonia. ¡Y pensar que nosotros somos el país del mate! Pero de eso se trata, de saber usar “el mate” comme il faut. Les dejo esta inquietud, y un parrafillo del genial D. H. Lawrence: “El hombre es un animal cambiante y las palabras lo acompañan cambiando de significado, y las cosas no son lo que parecen, y lo que es se convierte en lo que no es, y si creemos saber donde estamos es sólo a causa de la extraordinaria rapidez con que nos cambian de lugar”. Mis respetos. Siempre.