Asociada a los espíritus mas seductores, con el Marques de Sade a la vanguardia, esa divina tentación de traspasar los limites de lo establecido es un desafió en una sociedad global corrompida. Desmarcándose del mas común de los lugares, ha ido adquiriendo diferentes formas a lo largo de la historia, siempre irresistible e inmortal.

Se ha escrito hasta el hartazgo sobre la transgresión. Le hemos explicado al sujeto todo lo que quiere decir transgredir. Claro, lo peor no es la escritura (aunque las Sagradas Escrituras permiten entender todo). Lo peor es el acto. Hacer lo que no se debe. La humanidad entera lo viene haciendo desde la parábola divina judeocristiana en la civilización occidental. Siempre se compromete el cuerpo. Adán y Eva no sabían que lo tenían hasta que la serpiente los llevó al conocimiento que implicó transgredir la prohibición de comer la manzana del árbol sagrado. Supieron entonces todo acerca del cuerpo –eran un hombre y una mujer, de sexos diferentes– y del alma: desde ese instante se conoció simbólicamente la noción del bien y del mal. Y la del pecado. El cuerpo y el alma en juego frente a la prohibición. Luego vendrían los diez mandamientos. La ley. En la Biblia se usa el término conoció para explicar que tal o cual personaje de la historia hizo el amor con otro. Se unieron. Y luego procrearon. Y los hermanos cometieron la peor de las transgresiones: Caín mató a Abel. Y así siguió –sigue– la historia del mundo.

Antes del monoteísmo, como no existía la noción de la culpa, todo se arreglaba de mejor manera. La mitología castigaba las “transgresiones” que podían cometerse con una imaginación bien frondosa. Seres mutantes con cuerpo de hombre y cabeza de toro, mujeres con pelos de serpientes, dragones que escupían fuego, caballos alados, héroes voladores, diosas y dioses que en el acto convertían el horror en maravilla o la maravilla en horror. Y así todos felices. Los dioses numerosos tenían poderes infnitos para dar vuelta las cosas a piacere. Ejemplos: un personaje de la mitología griega, Tiresias, comete el error de mirar la cópula de la diosa Hera y el jefe del Olimpo, Zeus. Otra versión indica que Tiresias separó con su báculo a dos serpientes que copulaban. En cualquiera de los dos casos, el hecho provoca la indignación de Hera, quien lo condena a cambiar su condición de varón por la de una mujer. Tiresias, en su nueva condición femenina, pasa el tiempo y cuenta a los dioses del Olimpo que ha podido comprobar que la mujer goza nueve veces más teniendo sexo que el hombre. ¡Para qué! Esto vuelve a indignar a Hera, famosa por su maldad, quien le pide a su esposo Zeus una condena fuerte. A Tiresias le devuelven la masculinidad, pero quedará ciego. En compensación, tendrá el don de la adivinación. Podrá leer el porvenir. Así vivió en Tebas, ejerciendo su poder adivinatorio. Con muchísimo éxito, por cierto, porque al conocer en cuerpo y alma lo que sentían tanto hombres como mujeres –fácticamente–, no le erraba una. Dicen los que saben que la fgura actual del psicoanalista –en boga en el mundo, y en especial en Buenos Aires– se parece a la de Tiresias, porque en las sesiones debe comportarse como una suerte de hombre con lolas, sin sexo específico. Conteniendo al paciente desde una posición más cercana a la androginia, analítica y metafóricamente.

Dejando la metáfora atrás, y en tren de elegir la figura del que quizás fuera el transgresor más grande de todas las épocas, encontramos al Marqués de Sade (1740-1814), cultor en la escritura y en la vida de un arte extraordinario y absoluto en el plano de violar preceptos. Quebrantar todos los preceptos, leyes o estatutos: sobre ello escribe sistemáticamente, exaltando la exhibición de reiterados delirios sexuales y criminales. Sin embargo, algunos de sus exégetas advierten en el análisis de su filosofía cierto anhelo moralizante por debajo del muestreo de sus excesos carnales.

Transgredir: tr. Quebrantar, violar un precepto, ley o estatuto. Diccionario de la Real Academia Española.

En 1805, gracias a una traducción al alemán hecha por Goethe, y en un tono que poco tiene que ver con las hipérboles del Divino Marqués, se publica un texto muy raro escrito en 1762 por Denis Diderot, el enciclopedista francés. A la sociedad parisina no le cayó nada bien ese escrito: en Francia no fue publicado hasta mucho después del texto de Goethe. Se trata de El sobrino de Rameau y es una sátira en la que se aprovecha un diálogo como recurso literario entre Moi y Lui. Allí se alude a la batalla entre las óperas francesas e italianas. Diderot, el gran iluminista, aprovecha para satirizar a numerosas celebridades de la época (una anticipación de las celebrities del XXI, tema excluyente en el mercado). Diderot describe a Lui (Él) como un verdadero transgresor. Un excéntrico y extravagante lleno de contradicciones: mezcla de altura y bajeza, de sensatez e insensatez. Este personaje resalta las virtudes del crimen y el robo y pone el amor al dinero a la par del amor a la religión. Resulta interesante cómo este personaje que rompe las reglas, las convenciones sociales, los modales establecidos, sacude, agita, aprueba o reprueba, desenmascara a los pícaros. El sobrino de Rameau es presentado como incompetente, irónico y contradictorio. Es, en todo caso, un parásito de una familia de gran poder y opulencia. Expulsado de esa “sociedad”, el personaje no está dispuesto a pedir disculpas: “Es difícil ser un mendigo mientras hay tantos idiotas opulentos a cuyas expensas se puede vivir”. Una filosofía que suena bastante común por estos días de parásitos a lo Paris Hilton.

La transgresión está ligada ineluctablemente al tema de la ética. La lección (2015) es una película pequeña, si se quiere, pero un gran filme en cuanto a su significado a mayor escala. A partir de un incidente naíf –un chico roba monedas en el aula y la profesora quiere darles una lección de moral a él y a sus compañeros–, la trama nos llevará a un problema de transgresión brutal. La misma profesora deberá enfrentar problemas en su vida personal. El mensaje a los espectadores es que todo el sistema está contaminado y estructurado por transgresiones inamovibles frente a lo lícito. Bancos, policías, mafias, integran circuitos denigrantes que conforman un círculo letal de poder. El dilema es cómo no transgredir y sobrevivir cuando todos los estadios del sistema están corrompidos. La película es ficcional, pero sospechosamente igual al mundo globalizado al que pertenecemos.

Siglo XXI: a ver si hallamos en internet un transgresor verdadero. Encuentro al joven inglés Neil Harbisson, que lleva puesta una antena en el cráneo. La antena de Harbisson, implantada permanentemente en su cabeza desde 2004, está osteointegrada dentro del cráneo y sale del hueso occipital. Le permite oír las frecuencias del espectro de luz, incluyendo colores invisibles como infrarrojos y ultravioletas. La antena incluye conexión a internet y así puede recibir colores de satélites y de cámaras externas, así como también llamadas telefónicas directamente a su cráneo. La antena consta de cuatro implantes diferentes: dos implantes de antena, un implante de vibración/sonido y un implante para conectarse a internet vía Bluetooth. Actualmente, hay cinco personas en el mundo, uno en cada continente, con permiso para enviarle imágenes, sonidos o vídeos directamente a la cabeza. Lo fundamental es que Harbisson utiliza esta condición humano-cibernética para hacer arte: música con colores y otros experimentos.Ahora el interrogante es por qué Mr. Harbisson sería considerado un transgresor. Más integrado que él al sistema, imposible. Es la expresión viviente de la sofisticación del mercado. Del consumo. Del poder del dinero. Del progreso massmediático. Tecnológico y cibernético. ¿Es que se puede pedir algo más?

Quizás sí: aspirar a la más absoluta sencillez. El cocinero italiano Niko Romito, que da de comer al viandante en un restaurante llamado Reale, en Castel di Sangro, ubicado en un antiguo monasterio del siglo XVI de Los Abruzos, 200 kilómetros al sur de Roma, dice: “Uno de los platos del menú es pan. Lo elaboramos en casa, lo servimos solo, como si se tratara de un plato en sí mismo. Sin acompañamiento alguno. El pan es la esencia”. Creo que en materia de cocina (en la otra punta está el sofisticadísimo Ferrán Adriá), Romito sí parece ser un transgresor absoluto.

Los dejo, con mis respetos. Siempre.