Fiel representante de su generación, lleva el desenfado en la sangre y la comedia como bandera. Mezcla de mujer fatal y niña prodigio, su idilio con la actuación suma ya dos décadas y goza de buena salud. Vocación y pasiones de una artista que quiere más.

Nacida en una familia en la que la música y la interpretación estaban presentes, ella se decidió desde muy chica: quería ser actriz. Tenía 10 años cuando debutó en Magazine For Fai, el desopilante programa de humor creado por su padre, Mex, con quien volvió a trabajar después en otras ocasiones. Violeta Urtizberea comenzó así su camino en la pantalla. Ahora tiene 31 años y 21 de profesión, durante los que pasó por tiras juveniles, programas en horario central y unitarios.

El presente la encuentra despidiendo a “la negra Graciela”, el personaje de Educando a Nina que la motivó a ponerse en una postura más sensual que de costumbre. “En Viudas e hijos… ya había hecho un papel que gustaba mucho, pero ahora uso siempre ropa ajustada, escotada. ¡Acá tuve que poner todo!”, dice entre risas. “Igual, siempre en función de la comedia, la finalidad es divertir a toda la familia.”

En cine y teatro, donde también sumó proyectos, suele mostrar facetas diferentes: ahora hace Despierto (de Ignacio Sánchez Mestre, junto a Iair Said y Juan Barberini) en el teatro Beckett y la próxima película que filmará será El diablo blanco, ópera prima de Ignacio Rogers, con Dolores Fonzi, Esteban Lamothe y Julieta Zylberberg, una de terror que arrancará su rodaje en febrero. Luego del trajín de hacer una tira diaria en televisión, Violeta ya planea los 15 días que pasará junto a su novio recorriendo la costa oeste de los Estados Unidos “en plan descanso total”. “Es artista, compartimos gustos y espacios pero no trabajamos de lo mismo, eso está bueno, se enriquece un poco más la vida”, dice sobre Juan Ingaramo, productor y compositor musical con quien está en pareja desde el año pasado.

–Desde tus inicios te pusiste a tono con la comedia, más allá de que hiciste otros géneros. ¿El rol de hacer reír es el que te hace sentir más cómoda?

–La verdad es que sí, me sale naturalmente. Pero también me pasa que me dan ganas de hacer otra cosa, me divierte e interesa experimentar otros géneros. La comedia es mi punto de vista hacia la vida, todo está atravesado por eso. No me gustan las actuaciones solemnes, creo que podés hacer drama y por momentos ser gracioso sin estar buscando la risa. Como espectador, te agarra desprevenido. Me interesa cuando una historia te muestra todas las aristas y no está tan de nido qué es. Me quiero meter ahí adentro y que pase lo que sea.

–Decís que te gusta correrte del confort. Cuando un proyecto te pide otra veta, ¿desde dónde lo encarás?

–Me agarro mucho de la historia, trato de estar conectada lo más posible con lo que sucede ahí. Las veces que mejor me sentí actuando fue cuando estaba en tiempo presente en la escena, cuando me conmoví de verdad. Es vivirlo lo más real posible, pero no es que entro en una psicosis de pensar que soy el personaje. De chica jugás a que sos una maestra y no tenés dudas de eso; después te llaman a comer, vas y te olvidás, pero en ese momento estás ahí. Bueno, me pasa eso. También son muy importantes mis compañeros.

–¿En qué sentido?

–En la actuación el otro es todo, no hacés escenas solo. Quizás la escritura, la pintura o hasta la música pueden ser más solitarias, pero al actuar siempre necesitás de otro, construís a la par, o tenés algo pensado y tu compañero propone algo que lo modi ca por completo, eso me fascina. Si no estoy conectada con el grupo, no me funciona.

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