La nieta de Susana Giménez viajó a la capital inglesa para disfrutar del Volkswagen Garage Sound.

Europa es para perderse y caminar, caminar y caminar. Hoy caminé tanto que me duele todo el cuerpo, pero acá es así.” Son las siete de la tarde en Camden Town, el barrio alternativo de Londres que alberga uno de los mercados vintage más interesantes de la ciudad, y Lucía Celasco conversa animadamente con nosotros mientras fuma un cigarrillo y toma su pinta en la puerta de un típico bar londinense. A su lado está Joaquín Rozas, su novio, que la acompañó en este viaje relámpago a la capital inglesa para ver el recital de Jess Glynne en el marco del Volkswagen Garage Sound. Lucía y Joaquín nos cuentan que hace dos semanas estuvieron en París y en Barcelona, en un viaje turístico romántico, y que lo último que tenían pensado era volver a Europa tan pronto. Pero la vida de los jetsetters es así: una semana en cada ciudad, un avión cada seis días y una agenda repleta de eventos y presentaciones de marcas en los puntos más diversos del globo.

Lucía, muy a su pesar, es una it girl. Vestida con un body negro, short de jean, una cinta de raso negra en el cuello, de esas que ahora tanto se usan, y una cartera colorada con hebilla de calavera (“de Alexander McQueen”, aclara cada vez que se la elogian), nos cuenta que ese mote de chica de moda le cayó casi sin buscarlo, así como una herencia divina.

–¿Siempre te gustó comprar ropa?

–Sí, pero nada del otro mundo. Siempre me vincularon con la moda y quedé pegada a eso, pero no sé.

–Es que sos una it girl, Lucía.

–Pero yo no hago nada. Me pongo una remera y salgo, ni me fijo.

–¿En serio no te fijas?

–Cero.

–Es algo innato, entonces.

–Sí, tardo cinco minutos en cambiarme. Tampoco es que estoy re pendiente del tema. Soy relajada, me pongo cualquier cosa y queda lo que queda.

–¿Te gusta mucho comprar?

–Me encanta, ¿a quién no?

–¿Y eso de quién lo heredaste?

–De la abuela, obvio.

–Kika.

–Kika, para mí es eso, una abuela, nada más.

El diálogo es breve porque a Lucía no le gusta dar entrevistas. No por ser antipática, sino por pura timidez. Cuando se prende una cámara o tiene un grabador enfrente, Lucía se congela, se paraliza, las palabras no le salen y lo único que quiere es desaparecer. En cambio, cuando no hay artilugios periodísticos de por medio, es la persona más cálida, buena onda y conversadora que podamos imaginar. “Las fotos no me gustan, hablar no me gusta”, dirá después, mientra nos pide por WhatsApp hacer el shooting ella sola con el fotógrafo, sin curiosos de por medio. “No es de mala onda, es que me da cosa”, explica, dejando muy en claro que no disfruta el showoff y que para ella todo lo que implique exposición es un eterno padecimiento. ¿Por qué lo hace?, se preguntará el lector. La respuesta es simple: las marcas la aman. Y las ofertas de viajes, campañas, tapas de revistas o acciones en redes le llueven como si estuviera viviendo el sueño perfecto de toda aspirante a estrella/bloguera/modelo/it girl. Ella, que no aspira a nada de eso, aprendió a disfrutar los beneficios de su fama heredada y de su belleza innata. Así, disfrutó invitada por Volkswagen de este viaje junto a su novio, alojándose en el tradicional Strand Palace, ubicado en la zona de Covent Garden. Justo en frente a este hotel se encuentran el London Bridge y el Big Ben, emblemas de la ciudad que sirvieron como locación perfecta para esta sesión de fotos.

Antes de emprender el regreso, Lucía y su novio pasearon por Notting Hill y fueron de compras a Shoreditch, un barrio ubicado en East London donde actualmente se encuentran los restaurantes, tiendas y diseñadores más cool de la ciudad. Al parecer, haberse convertido en una celeb involuntaria no está tan mal.