Una de las industrias más importantes del mundo de los grandes negocios recién surgió a full en el siglo XIX, cuando se comenzó a fabricar ropa para ricos y pobres. La aparición de la máquina de coser cambió las reglas del mercado y crecieron infinitamente las fábricas que producían algodón y lana, por lo cual se abarató el precio.

Los Estados Unidos y parte de Europa, la de Occidente, tenían dinero para gastar, y allí llegaron las revistas femeninas. La ropa estándar, algo casi categoría “delirio” un siglo antes, comenzó a ser colgada en almacenes exclusivos para la venta: pantalones, vestidos y camisas aptos para todo el universo.

La uniformidad de la producción hizo que un visionario, Charles F. Worth, decidiera organizar unos desfiles para que el público apreciara las prendas y se convirtiera en cliente. Aparecieron el nailon y el poliéster, la computadora irrumpió transformando el mundo del diseño y la globalización hizo sus toques mágicos para que idénticos colores y diseños lucieran a la par y simultáneamente en Tokio, Nueva York, París, San Pablo y Buenos Aires.

La moda funciona como el portaviones que logra meter en la misma bolsa todo aquello que se relaciona con lucir espléndido. No son los estereotipos los que marcan las tendencias: las Marilyn y los marineros no son mujeres ni hombres, son la esencia de lo femenino y de lo masculino. Nos vestimos porque estamos frente a otros, y es esa mirada la que configura nuestro ser exterior como expresión de lo que somos. Y de ahí la importancia: lo de afuera sólo refleja nuestro más recóndito interior. ¿Esto es ser banal? Sólo piensan así los estúpidos. Los puede reconocer antes de verlos: son esos seres oscuros que tienen cero estilo. Mire el afuera, el adentro es peor.

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