Una vez más vengo a contarles del maravilloso mundo del buen vivir, que para mí comprende, entre otras cosas, comer, viajar y aprovechar lo que la natura nos da.

Todo lo antes mencionado lo engloba mi último viaje a Perú. Esta vez visité Cuzco, llamado por los incas “el ombligo del mundo andino”, y Machu Picchu, lugar mágico si los hay. En otro momento puedo aconsejarles qué visitar, pero lo que no puedo dejar de hacer ahora es decirles que coman, huelan, miren y toquen. Porque la comida peruana tiene cosas maravillosas. Es una de las más variadas de todo el mundo gracias a la herencia preincaica, incaica y a la inmigración española, africana, chino-cantonesa, japonesa e italiana, que la ha hecho conocida y valorada mundialmente.

La cocina tradicional peruana es una fusión de la cocina antigua española y de la de los nativos peruanos. Productos básicos, como papa, maíz, maní, ají, pescados y mariscos, se remontan desde la época preincaica. Cuando los conquistadores españoles llegaron en el siglo XV, trajeron con ellos los postres de estilo europeo y otros ingredientes, como el pollo, carne de res y frutas cítricas. Todas estas mixturas de culturas aportaron diversidad a la gastronomía, además de hacerla sabrosa, saludable y rica en proteínas.

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Es por eso que además de su talento, al chef limeño Gastón Acurio no le fue complicado darla a conocer en el mundo, y les digo que si están en Cuzco pueden hacer una parada técnica y deliciosa en su restaurante, Chicha.

Por otro lado, me llevé la grata sorpresa de conocer plantas curativas como la muña, ¡oh sí! Ese aroma mentolado con un toque de limón me enamoró. Pero no sólo por el revuelo que generó en mis papilas gustativas, sino también por la cantidad de beneficios medicinales que posee. Es perfecta para tratar la gastritis y los parásitos intestinales, disminuye la aparición de problemas visuales, estimula la prevención de la mayoría de los problemas
respiratorios y, claro, ayuda a no padecer soroche o mal de alturas, entre otras cosas.

Esta bendición se puede adquirir en forma de aceite u hojas, y como todo tiene que ver con todo, se me ocurrió sumarla al buen comer peruano.

En estos años de búsqueda de calidad de vida junto a Oliovita y sus excelentisimos aceites de oliva he aprendido que los blends de aceites hacen que la comida pueda ser un viaje de mil aromas y sabores, así que durante mi visita a las ruinas de Pisac, Edwin, el guía, me regaló una rama de muña y luego le compré el aceite concentrado. Mezclé las hojas con un aceite de oliva extra virgen y lo dejé reposando durante unos días.

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¿El resultado? Un sabor fresco, con un leve dejo a mentol y cítrico. Lo usé para condimentar las ensaladas y saborizar un pescado. A los atributos activos y antioxidantes del aceite de oliva les sumé los aspectos positivos de esta planta medicinal. Para innovar en sabor y salud.

Por eso les digo: si van a Perú, no dejen de comprarlo, busquen dietéticas que puedan venderlos en su barrio, tomen muña con agua y úsenlo en las comidas.

La salud, agradecida, y la garantía de un viaje infinito hacia la cultura más sabia del continente americano.