Las emociones, los pensamientos y los deseos son mucho más que meros procesos mentales. Y hasta tendrían la capacidad de cambiar la realidad. Según diversos estudios, hay una poderosa relación entre nuestro mundo interior y el entorno que nos rodea.

Es posible que muchas veces nuestras palabras no reflejen lo que verdaderamente pensamos y decimos? ¿La intención está detrás de la fuerza de la palabra? ¿Podemos decir mucho sin necesidad de expresar palabra alguna? Las nuevas ramas investigativas de las neurociencias cuánticas empiezan a demostrar que los pensamientos y los sentimientos son algo más que meros procesos cerebrales y mentales. Sin lugar a dudas, nuestra intencionalidad es una forma silenciosa de lenguaje que no siempre es coherente con lo que expresamos en palabras. Nuestras intenciones son mucho más poderosas de lo que pensábamos, pues podrían ser un eficaz y  silencioso idioma cuántico que moviliza una influyente forma de energía coherente con los procesos físicos. Es decir, que posee la capacidad de cambiar la realidad a niveles de materialidad.

Recientes pruebas científicas demostraron que, a niveles sutiles y subatómicos, cada uno de nosotros somos un paquete pulsante de energía que se moviliza en constante interacción con nuestra forma de sentir y de pensar. Ya nadie niega que cuando nos encontramos inmersos en pensamientos y sentimientos negativos enfermamos nuestro cuerpo e irradiamos un manto de energía densa que influye en todo nuestro entorno. Uno de los más aceptados experimentos de la física cuántica nos explica cómo un científico, al focalizar su intención en el experimento que está llevando a cabo, se encuentra influenciando en el resultado por el simple acto de fijar su atenciónen la prueba. El hecho de dirigir los  pensamientos y sentimientos hacia un punto determinado parece tener un efecto poderoso de inf luencia sobre máquinas e, incluso, sobre los organismos vivientes. Este poder de la mente sobre la materia parece enseñarnos la existencia de una fuerza inherente con capacidad de atravesar el tiempo y el espacio.

UN CONOCIMIENTO ANTIGUO

Según los escritos del investigador Gregg Braden, la antigua comunidad gnóstica de los esenios nos recuerda que hay una poderosa relación entre lo que pasa en nuestro mundo interior de sentimientos y las condiciones del mundo que nos rodea. Para ellos, la oración es el lenguaje de unión entre ese mundo interno y el exterior. Esta relación establece, según Braden, que la condición de nuestra salud, nuestras sociedades e incluso los patrones del clima son espejos de nuestros estados emocionales y mentales.

Todo parece indicar que es precisamente el poder de la intención el que se expresa a pesar del silencio de nuestra palabra. Cuando sentimos gratitud y respeto a la vida y a los semejantes, nuestros sentimientos producen las mismas condiciones, los campos de efecto, que cambian para mejor no sólo nuestras posibilidades materializadoras sino también las condiciones de la realidad circundante. Por el contrario, cuando experimentamos enojo, celos o furia en nuestras relaciones internas, esas mismas condiciones son las que atraemos, creando una respuesta externa sobre aquello que consciente o inconscientemente hemos pedido a niveles intencionales y cuánticos.

Es por este motivo que diversas formas y técnicas espirituales del mundo pasado nos enseñan que conforme transitamos y respondemos a los retos de la vida –a través de intenciones de compasión, entendimiento, tolerancia, amor y paz– logramos experimentar estas condiciones en nuestros cuerpos y comprobamos cómo el efecto interno se ha extendido hacia el mundo que nos rodea.

Fue justamente uno de los más geniales físicos de nuestros tiempos, Albert Einstein, quien lanzó un principio filosófico relacionado con el poder de la intención, cuando dijo que “nada puede ser cambiado con el mismo pensamiento que originó el problema”. El poder basado en la intención representa no sólo la voluntad sino también la oportunidad para lograr cambiar los aspectos no deseados de nuestro tiempo conforme a un nuevo paradigma de entendimiento consciente y sentimientos que reflejen aquello que intentamos materializar.

EL PODER COLECTIVO

El mundo está regido por los miedos. El miedo a la carestía, a las guerras, al terrorismo, a los cambios climáticos… ¿Qué sucede cuando varias personas conciben el mismo pensamiento y el mismo sentimiento al mismo tiempo? Sin duda, el efecto de masa crítica tiene un efecto mayor que los pensamientos generados individualmente. La comunidad científica mediante el experimento de la Coherencia Global de la Universidad de Princeton está empezando a apreciar cómo interactúan los campos generados por los sistemas vivos y la ionosfera. Por ejemplo, la Tierra y la ionosfera generan una sinfonía de frecuencias que va desde los 0,01 hertzios a los 300 hertzios, y algunas de las grandes resonancias que se producen en los campos de la Tierra se encuentran en la misma gama de frecuencias que las del corazón humano y el cerebro.

Los investigadores de la GCI (Iniciativa de Coherencia Global) teorizan que cuando un gran número de seres humanos responden a un evento mundial con un sentimiento emocional común, la respuesta colectiva puede afectar la actividad de los campos magnéticos de la Tierra. Es decir que durante ciertos eventos mundiales de relevancia, como un Mundial de fútbol o un atentado terrorista, las personas, que actúan con un efecto de campo unificado, tienen la capacidad de cambiar las lecturas magnéticas del campo terrestre.

Estos resultados sugieren que los pensamientos y emociones humanas detrás de las intenciones son una sustancia activa, capaz de producir efectos reales. Una intención, entonces, no es sólo una expresión sin valor real en el plano físico, sino que es un efecto que ejerce influencia sobre otras cosas animadas e inanimadas. Al fin y al cabo, la intención es un idioma de la conciencia. Esta idea central de que la conciencia afecta a la materia está en el centro de una discrepancia irreconciliable entre la visión inanimista del mundo de la física clásica.

Esta discrepancia atañe a la propia naturaleza de la materia y a las maneras en que esta puede ser modificada. Lamentablemente, transitamos la vida creyéndonos víctimas de una realidad que no podemos modificar. Creemos que la totalidad de la vida y su tumultuosa actividad continuarán a nuestro alrededor, con independencia de lo que hagamos o pensemos. Sin embargo, el Creador nos puso en este mundo como sus aliados. Fue el dogma religioso el que impuso la idea de que todo está creado y por lo tanto ya no hay nada más que se pueda hacer. La visión subatómica de la creación nos enseña que estamos frente a un universo que se recrea a cada instante.

Nos manifestamos en una creación constante e interactiva, la cual espera que nosotros, sus propias creaciones, despertemos al poder de cocrear su realidad, mediante el descubrimiento del creativo que fue depositado en el interior de cada uno de nosotros. Es en este Punto Omega, que propuso el jesuita Teilhard de Chardin, en donde la conciencia humana alcanza el punto de convergencia y de unidad final con el Creador.