La teoría de los seis grados de separación sostiene que cada uno de nosotros (o sea, cada uno de los 7,125 miles de millones de habitantes del planeta llamado Tierra) está conectado con otro y se basa en una cadena de conocidos de seis por persona. La hipótesis desarrollada en 1930 (sí, siglo XX, o sea, ayer) por el escritor húngaro Frigyes Karinthy en un cuento llamado “Chains”  siempre intentó ser demostrada.

Hoy, más que nunca, podemos decir que esta teoría ha recobrado fuerza con la llegada de internet y de las redes sociales. Facebook, Instagram, Google+ y Twitter lograron la increíble hazaña de hacer que la gente comparta todo con todos y corriera hasta límites insospechados la delgada pared de lo conocido como intimidad.

Todo es viejo en una hora. La inmediatez de la información hace que las redes compitan por el gran público, y de pronto, cuando todo parece estar tranquilo, el mundo de los millennials altera el orden y establece, de la nada misma, que si no tenés una cuenta de Snapchat es como si no estuvieras vivo y tus fotos y eventos más importante sólo podrán ser vistos por 24 horas. Y ellos, los nativos digitales, son los que marcan tendencia. Son los que conforman la Generación Y, y el empleo de la tecnología es parte de su vida diaria desde antes de aprender a caminar, porque han crecido con, por lo menos, un dispositivo electrónico al alcance de la mano.

Sostienen importantes sociólogos que los millennials son una generación Peter Pan. Ellos retrasan casarse, tener hijos, el sexo convencional y la liturgia del amar para sufrir. Todo es para y por redes. ¿Si es bueno o malo? Quién lo puede decir. Hay que pensar que crecieron mirándonos. Y sí, algo les habremos hecho.

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