El diario íntimo de una inmigrante china que vive en el conurbano y la historia de un bibliotecario enamorado que descubre las ventajas del contrabando. Dos novelas de autores argentinos que experimentan con el lenguaje y salen airosos del desafío.

libros-junio2Se llama Su Nuam pero en el barrio todos le dicen Sonia. Es la hija adolescente del dueño de un supermercado chino en Glew, que alterna sus días entre la escuela y el negocio familiar, hasta que una tragedia la fuerza a regresar a su China natal. Tacos altos , la última novela de Federico Jeanmaire, está planteada como un diario íntimo que Su Nuam empieza a escribir en esa tierra que le resulta tan propia como extraña, cuya escritura resulta aún más secreta porque nadie en su entorno puede leer el español. Como un nuevo Nü Shu, ese antiguo modo de comunicarse que fue usado sólo entre mujeres en el sur de China, el idioma aprendido en la Argentina va a ser su propio lenguaje encriptado, seguro, para recordar a resguardo. Una particularidad es que la novela está contada por Su Nuam siempre en presente, no importa si se refiere a hechos pasados o futuros. En sus palabras: “No creo que los tiempos verbales con que uno escribe sean tan importantes como asegura la profesora de castellano. Todo ocurre. Todo queda claro igual”. Y resulta curioso constatar que, a pesar de ese “presente continuo”, la temporalidad efectivamente queda a salvo (lo cual hace aún más logrado ese desafío que se impuso Jeanmaire en materia de uso del lenguaje).

Para ella, escribir en castellano es el modo de repasar sus días en el conurbano bonaerense, ese espacio que siempre le pareció feo pero suyo, y del que al mismo tiempo jamás llegó a sentirse parte. Uno de los grandes temas que atraviesa la novela es la pregunta por la identidad. ¿Qué hace que uno se sienta de tal o cual lugar? ¿El país donde creció? ¿El idioma en el que habla? ¿En el que escribe? ¿O acaso la lengua en la que se piensa? En el caso de Sonia, ella no se siente argentina (aunque pasó casi toda su vida en este país) pero tampoco china, porque, entre otras cosas, las mujeres allí no cuestionan la autoridad de los varones, y ella sí. De vuelta en oriente, una empresa va a contratarla como traductora y tendrá que regresar con su abuelo a Buenos Aires pero “disfrazada de adulta”.

Por eso, ahora debe andar sobre esos tacos altos que dan nombre a la novela y que le funcionan un poco como los de Dorothy en El mago de Oz . El viaje será su posibilidad de volver a la tierra que le arrebató a su padre, que murió quemado dentro de su supermercado cuando una banda lo incendió en mitad de un saqueo (un episodio inspirado en un hecho real que sucedió en diciembre de 2013 y fue parte de la crónica policial).

Allí será capaz de reencontrarse con la fatalidad, de medir fuerzas con la figura del padre ausente, con el mandato paterno, con su capacidad de venganza.

libros-junio1CULTURA RIOPLATENSE

Alejandro García Schnetzer es un escritor distinto.

Nacido en Buenos Aires y radicado desde hace años en Barcelona, este argentino que además es editor y traductor escribe en una lengua de otro tiempo: la de los padres, la de los abuelos, la de las generaciones pasadas. Su última nouvelle, Quiroga (que está en la sintonía de sus anteriores, Requena y Andrade ), transcurre en el Río de la Plata y sus orillas, a fines de la década del 30. El protagonista es un joven bibliotecario, enamorado perdidamente de una mujer a la que escribe cartas de manera compulsiva, que a partir de un viaje en barco advierte las posibilidades y recompensas de dedicarse al contrabando. Todo contado en un clima histórico construido sobre las bases de un lunfardo olvidado, de un gran rescate de arcaísmos que vuelven a la vida tamizados por la experiencia acumulada de la lengua, la resonancia de los términos que no por desconocidos resultan menos próximos, la memoria de los que hablaron antes y se niegan a seguir callados.

Van algunos: “degollina”, “pífanos”, “muermo”, “villorío”, “estrunso”. Y la lista sigue. Un retrato de una época en la que para cruzar a Uruguay había barcos con camarotes, los varones se batían a duelo y las mujeres pensaban en dotes y en buenos partidos. “Apúntele mejor a la piba de arrabal, la fabriquera, todo le saldrá igual de pésimo, pero a lo menos no se va a sentir un lumpen”, le recomiendan los amigos. Un libro repleto de guiños a la cultura rioplatense, que es también un gran experimento con el lenguaje, rarísimo y bello.