Con Lemonade , la artista pop más grande del planeta vuelve a patear el tablero de la industria musical y entrega una obra conceptual sobre el género, la raza y las relaciones.

Uno de los lanzamientos discográficos más esperados del año resultó ser, curiosamente, el más inesperado. Incluso decir “discográfico” suena raro, considerando que las canciones y el álbum que las contiene ya no están ligados a un disco entendido como soporte físico. Es la tradición de Beyoncé: lo saca cuando está listo, ni antes ni después. A no confundirlo con espontaneidad ni, mucho menos, improvisación: esta es la nueva jugada calculadísima de una de las artistas con mayor estrategia.

Empezó a acostumbrarnos a fines de 2013, cuando lanzó su obra homónima sin previo aviso a través de iTunes. En una época en la que la norma es la sobreexposición y absolutamente todo se comparte y se proclama en las redes sociales, ella optó por trabajar en secreto.

cultura-pop2O casi, porque en febrero llegó una especie de advertencia con su tema “Formation”: salido de la nada, sugería la posibilidad de escuchar más canciones en el futuro cercano. A comienzos de abril, presentó en Instagram algo llamado “Lemonade”.

Y ahí se desató la especulación más febril: ¿es un disco, una película, un libro, un nuevo alias, como supo ser Sasha Fierce? Todos querían saber qué era “Lemonade”. Avivando el fuego de las conjeturas, la palabra mágica también comenzó a aparecer en HBO, en una serie de teasers con (de nuevo) muy poca información sobre la forma del proyecto.

La respuesta llegó, al fin, el 23 de abril, y hoy sabemos que Lemonade es el sexto disco de Beyoncé Knowles: doce nuevos temas en los que colaboran figuras como Kendrick Lamar, Jack White, James Blake y The Weeknd, disponible inicialmente sólo a través de la plataforma Tidal, el servicio de streaming del que es propietaria junto con su marido, Jay-Z. Y Jay-Z es uno de los grandes protagonistas del álbum, una ópera conceptual que tiene entre sus ejes a la infidelidad: si sus trabajos anteriores nos permitieron espiar el idilio de la pareja más poderosa de la música, esta vez somos testigos de un retrato visceral de una crisis y una venganza. Sobre el final, llega la reconciliación (“Nos vamos a curar, vamos a empezar de nuevo”), pero las nuevas composiciones sorprenden por su crudeza y su transparencia.

De todas maneras, el (des)amor no es el único tema del disco: Lemonade es la confirmación de Beyoncé como una artista politizada, con muchas cosas para decir sobre la raza y el género, sobre cómo es ser una mujer negra en los Estados Unidos. Para dar más fuerza a sus palabras, el álbum viene acompañado por una película de una hora (que se estrenó en HBO) dividida en once segmentos: Intuición, Negación, Ira, Apatía, Vacío, Responsabilidad, Reformación, Perdón, Resurrección, Esperanza y Redención.

El resultado del combo es un viaje de “autoconocimiento y curación de la mujer”, en las palabras de la cantante. Un nuevo episodio en la fascinante saga de la artista musical más importante del momento, que demuestra que el pop no es un significante vacío y que la revolución todavía puede ser musicalizada.