Lugar ideal para el descanso, el contacto con la naturaleza y la vida nocturna, la ciudad brasileña ofrece simpáticas posadas, playas espectaculares y cafés donde siempre esperan las mejores caipirinhas y bossa nova en vivo.

Desde San Pablo o desde Río son apenas dos horas y media o tres de ruta. De escenográfica ruta, para ser más precisos. El auto zigzaguea por los caminos que bordean el Atlántico y entre la vegetación uno va entreviendo islas, pequeños archipiélagos, el mar una vez y otra. El verde se hace más intenso y el océano más azul mientras avanzamos. El aire se pone más fresco y aquí y allá corretean animales salvajes. Estamos entrando en el reino del azúcar, atrasando nuestros relojes unos cuantos siglos, relajándonos y predisponiéndonos a disfrutar.

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UNA VILLA DE ORO

Ubicada en la mata atlántica y parte de la región de Isla Grande, esa formación subtropical que se extiende bordeando el Océano hasta muy al norte del país, Paraty constituye el final de una ruta construida por los esclavos entre los siglos XVII y XIX, que parte desde Minas Gerais, sitio de donde se extraían oro y piedras preciosas y eran llevados hasta su puerto. La Trilha, o Camino del Oro, es un camino cuyos vestigios pueden visitarse aún, y está construido por pesados y magníficos adoquines. La ciudad entera es sumamente colonial, y por ello, maravillosa. El empedrado, las casonas encaladas de techos de tejas lusitanas, los azulejos típicos de Portugal y las farolas que aún dan su tenue luz amarillenta cuando el sol cae hacen de esta villa un lugar con la fascinante fisonomía de otro tiempo.

Un lugar que no debe dejarse pasar es el elegante Margarida Café, que tiene entrada por una calle y salida por otra, y que tiene uno de los más cálidos shows en vivo, que nos permite degustar manjares mientras escuchamos, entre el murmullo apagado de las conversaciones, versos de Chico o de Vinicius.

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Paraty constituye el final de una ruta construida por los esclavos entre los siglos XVII y XIX, que parte desde Minas Gerais, sitio de donde se extraían oro y piedras preciosas y eran llevados hasta su puerto.

LAS PLAYAS

La ciudad en sí misma no tiene playas particularmente bonitas. Sin embargo, con sólo tomar un buggy, ese transporte que parece hecho para la topografía de Brasil, o una de las típicas escunas, y navegar 20 o 30 minutos, llegaremos a playas absolutamente diferentes entre sí, todas muy atractivas y algunas solitarias. El agua va de turquesa a verde esmeralda, y la arena difiere poco en las variedades de dorado.

El timonel puede procurarnos un buen almuerzo, que siempre es pescado, recién sacado del agua, grillado, delicioso.

Están las playas de Trinidad, como la famosa piscina natural de Cachadaco, excavada en la roca y verdadera pileta de agua transparente y templada, que deberá intentarse cualquier día menos el domingo, día familiar por excelencia.

Las más pintorescas, selváticas y relajadas son las playas a las que se accede por escuna. Todas difieren mucho entre sí y uno se siente Colón al llegar a algunas: sólo el murmullo de los pájaros o el siseo de los peces en el mar estarán esperando.

Entre estás, la playa Vermelha, la playa Velha, la playa de Bom Jardim y la playa de Santa Rita son de las mejores.

VUELTA A LA VILLA

Al atardecer, luego de disfrutar un baño en la alberca de la posada (que seguramente será una casona de hace tres o cuatro siglos), lo mejor es dar una vuelta por la playa, frecuentar la colorida feria y tomar una caipirinha en la vereda de un café, con la única preocupación de decidir cuál de los restaurantes elegiremos esa noche.