En la bella capital de Hungría, los “bares en ruinas” atraen con su particular propuesta. En viejos edificios bombardeados se conjugan bandas en vivo, DJ y tragos. Una experiencia única, que convoca a locales y visitantes con ánimo de divertirse.

Los “bares en ruinas” son locales muy particulares que proliferaron en la ciudad de Budapest y representan una atractiva opción tanto para los locales como para los visitantes. No hay bares de este tipo en otra ciudad europea, se los conoce como “ruin bars” y empezaron a desarrollarse luego del estallido y fragmentación de Europa Oriental.

El emplazamiento de la ciudad a orillas del Danubio la favorece. Su arquitectura con ricos resabios del pasado de la “otra” capital del Imperio austrohúngaro le aporta belleza. Los palacios y petit hoteles neoclásicos, imperiales, modernistas y barrocos son imponentes. La ciudad ha sabido oponer a la homogeneidad de su vieja rival (Viena) el eclecticismo de la rebeldía que la figura de la emperatriz Sissi supo imprimirle.

En el espléndido Barrio Judío, vecindad hipster por excelencia y poseedor de la sinagoga más bella de toda Europa y quizá del mundo, fue donde estos particulares bares fueron tomando forma y perfeccionándose. Entrar en uno de estos edificios es toda una experiencia: los jóvenes tomaron los atractivos de la ciudad, conservaron el estado en que se encontraban después de los bombardeos y los intervinieron. De modo tal que al llegar, por ejemplo, a lo que fuera un magnífico lobby de un edificio se pueden ver jóvenes parejas remontando las escaleras perfectamente visibles en corte transversal, ya que faltan muchas paredes. Y si se mira hacia arriba, se puede jugar a adivinar (ahora sí, ahora no) qué parte de un departamento o habitación quedará al descubierto en los pisos superiores.

En estos atractivos puntos de encuentro, luces que emiten breves destellos y sofisticados láseres conviven con farolas chinas y guirnaldas de Navidad, tanto como los gin-tonics lo hacen con el martini y la cerveza tirada con las delicadas copas del excelente vino rosado húngaro. En este delirante y divertido carnaval, la música tecno hace danzar al ritmo de las selfies a jóvenes locales y extranjeros, mientras los ejecutivos, aferrados a un scotch on the rocks, miran altivos desde la barra. En otro sector, sentadas en mesitas en la entrada del bar, parejas de más de 60 disfrutan del champagne y mantienen largas conversaciones, mientras suena música húngara que tiene algo del ritmo del sur de Italia y mucho de cumbia.

Los “ruin bars” son el sueño del viajero como espectador. Ver el escenario formando parte de él y poder registrar los cortes longitudinales de los edificios que muestran sin pudor su entramado de vigas, cemento y dinteles es un espectáculo inolvidable.

Todo sucede en simultáneo y paralelo: uno puede salir de un bar y entrar en otro con el solo esfuerzo de cruzar una calle o meterse en el callejón de al lado.

Los nombres de los viejos edificios en letra gótica están subtitulados en neón con el nuevo nombre de los bares y hay más neón rodeando el marco de las puertas de entrada. El más importante es Szimpla Kert, con una planta baja de múltiples jardines conectados por pasillos, donde el acid jazz, el new soul y el tecno húngaro se alternan en los diferentes espacios. Muy cerca está el Szimpla Bar y, más pequeño y cool, el Szimpla Café. Entre los más concurridos también están el Högarts Bar (uno de los pioneros) y el siempre de moda Ankert’s. Bandas en vivo, innovadores DJ, orquestas de bebop, glam, retro y chill, entre la destrucción y el lujo, todo cabe en estos sitios únicos.

Imperdibles para quien visita Budapest, los “ruin bars” reflejan, como en el particular espejo de cabaret, una sociedad, la húngara, que mira con alegría al futuro pero no quiere esconder las ruinas sobre las que se alza.