A pocos días de estrenarse en cine El hilo rojo, la gran historia de amor y pasión que protagoniza junto a la China Suárez, el actor chileno hace un análisis de los últimos meses y explica cómo es su camino para encontrar el lado luminoso de la vida.

“Estoy en un camino, buscando la paz”, dispara Benja, casi recostado a mi lado en un sillón enorme de cuero, en el penthouse de un lujoso hotel porteño donde transcurrió el shooting de tapa. Tiene los ojos cansados, casi tristes, con esa mirada melancólica que percibí en él las últimas veces que nos cruzamos por nuestro barrio, en algún barcito de Palermo Chico, en medio de la ola mediática que le tocó atravesar durante los útimos meses. Fuera de eso, hoy se muestra optimista, al menos desde su discurso. “Yo creo que la vida, o las vidas, son varios capítulos de algo que uno va acumulando. Efectivamente, acabo de vivir un capítulo difícil que traté de enfrentar con toda la sabiduría y madurez posible. No es fácil, es desgarrador, pero siento que uno tiene la obligación de salir adelante, por la gente que te quiere”, reflexiona.

–¿Tras la experiencia de Entre caníbales, te sentiste decepcionado por la tele de aire?

–No. Un actor sabe que de la tele no se puede esperar nada. Sí puede esperar algo del teatro, que es su lugar y puede manejar en términos de elecciones, pero la tele es algo que uno puede controlar hasta ahí, hasta el metro cuadrado que corresponde a su personaje, pero lo que va más allá de eso escapa a tu trabajo. En ese sentido, la televisión es bien ingrata, todos sabemos que es así y hay que saber disfrutar las cosas buenas que tiene.

–Hablemos de El hilo rojo, la película que estrenás el 19 de mayo junto a la China Suárez.

–El hilo rojo me gusta por su idea original: esta pareja que se encuentra y desencuentra a través de los años, una historia inspirada en la leyenda china sobre el hilo que se tensa en el tiempo pero nunca se corta. Es una película sensual, romántica, intensa, bella, que habla sobre los desencuentros y el amor contemporáneo.

–Tu personaje está casado con el que interpreta Guillermina Valdés, en un matrimonio que parece perfecto.

–Sí, porque la película habla de cuando el amor llega en un momento que no es el mejor. En este caso, mi personaje está en pareja, tiene una hija, una mujer impecable. Y a veces se cae la caricatura o el lugar común de presentar a un personaje que tiene una vida de mierda, una pareja que no funciona, que le rompe las pelotas, que no soporta, que no da más. Y en la película se maneja la tesis de que no necesariamente es así: muchas veces está todo supuestamente bien hasta que aparece un personaje que te mueve la estantería y es más difícil enfrentarte a tus miedos, a la posibilidad de una separación.

“VIVÍ MUCHA RABIA, MUCHA MUCHA RABIA, PERO DESPUÉS DE UN TIEMPO ESA RABIA VA PASANDO, SE VA ASIMILANDO Y TE DAS CUENTA DE QUE HAY ALGO MÁS GRANDE Y QUE EL RENCOR Y EL ODIO SON PEQUEÑOS.”

–¿Cuál es tu teoría personal sobre este hilo rojo que existe en nuestras vidas?

–Yo creo que más allá de las parejas, en los vínculos a veces el tiempo no pasa. Yo me puedo encontrar con un amigo del colegio o con mi hermano al que no veo hace un año y me doy un abrazo y es como si hubiera estado toda la vida con él. Entonces pasa eso con las relaciones, tienen una dimensión paralela al tiempo, no se desgastan, y en ese sentido existe un hilo rojo con las personas que uno ama y quiere de verdad. Incluso, me atrevo a decir que trascienden a la muerte, que uno a través de la fe espera poder seguir unido eternamente con la gente que ya no está.

–¿Qué aprendiste vos de la muerte?

–Es algo superpersonal, no me gusta exponerlo. Los duelos, la concepción de la muerte, son cosas superpersonales. Sólo te puedo decir que soy de las personas que creen que la muerte es parte de la vida y que hay que aprender a convivir con ella.

–¿De dónde surge la esperanza o la ilusión de estar bien después de experiencias así?

–Yo creo en la intuición, y no sé cuánto hay de voluntad o de razón, pero el cuerpo te va llevando. También está la espiritualidad, el tratar de dimensionar cuáles son los problemas reales, diferenciar lo grande de lo pequeño, lo importante, lo trascendental. Efectivamente, en momentos difíciles o trágicos, que todos vivimos, siempre se abre una puerta de algo revelador y uno siempre saca conclusiones, y básicamente uno entiende o trata de entender un pedacito del misterio de la vida, que es una cosa gigantesca. No todo se resume en la muerte, también está el misterio de la vida: el nacimiento de un hijo, el surgimiento de un amor o tantas cosas mágicas que pasan todos los días. Entonces es lindo agradecer, agradecer constantemente el aquí y el ahora y tratar de aprender algo, de capturar algo cuando se hacen estas revelaciones. La vida no deja de sorprender, es maravillosa, es trágica, es cruel, es triste, es todo, por eso hay que tratar de vivirla sin miedo.

–¿Alguna vez te sentiste decepcionado en tu fe con todo lo que te pasó?

–Tengo una formación católica que se vio contrastada con todo lo que me pasó en términos de fe y en mi visión contemporánea, moderna, más progresista y liberal sobre asuntos de la Iglesia que cuestiono profundamente, aunque siga queriéndola y formando parte de ella. Es cierto que me enojé mucho, pero es un proceso en el que estoy. Viví mucha rabia, mucha mucha rabia, pero después de un tiempo esa rabia va pasando, se va asimilando y te das cuenta de que hay algo más grande y que el rencor y el odio son pequeños. Prefiero elegir la esperanza, la reconciliación con mi propia historia, con el dolor. Eso construye, lo otro es autodestructivo.

–Siempre hablás de tu disciplina y siempre que nos encontramos estás cargado de trabajo. ¿Alguna vez disfrutás el no hacer nada?

–Justamente, es algo que tengo que aprender. Lo que pasa es que desde joven encontré en mi trabajo una fascinación por lo que hago que me llena, que no se compara con los vínculos familiares ni con el amor por los hijos, pero sí me llena muchísimo. No sólo el ego, sino que me hace sentir vivo, me reconforta, me enorgullece. Entonces le doy mucho valor al trabajo. El único problema es que me la paso arriba de un avión, pero la vida se me armó así.

–¿Cómo es tu vida en los aviones?

–Es un momento de soledad que disfruto, y siento que estoy cerca de la gente que quiero en el cielo. Entonces me gusta viajar, lo tengo incorporado, no me angustia. Luego el cuerpo te pasa la cuenta, pero por eso tengo una rutina de sacarme los viajes de encima corriendo, entrenando.

–¿Qué te hace feliz?

–Creer que se puede. Estar en paz. Lo sencillo.

–¿Qué te pone triste?

–Lo complejo, lo retorcido, la melancolía, la nostalgia, la adicción al dolor por el dolor.

–¿Cómo sos como padre?

–Bueno, trato de ser la mejor expresión del papá que pude ser, entendiendo mi responsabilidad, el amor infinito que siento por ellos, y también la responsabilidad con mis propios sueños y con mi vida. Hay que vivir en plenitud y ser feliz para que tus hijos te vean feliz. Los hijos son el motor, lo que te saca de zonas oscuras, una fuente inagotable de luz, de amor, de belleza. Para mí, mis hijos son todo.

–¿Estás con ganas de enamorarte de nuevo?

–Más que de enamorarme, estoy tratando de reconciliarme con mi historia, de sacar una conclusión de todo esto que vinimos a aprender. Y ver, entender por qué uno fracasa en la pareja, en tu vida, en tu historia. Y tratando de que la vida no me pase por al lado, sino de ser protagonista de mi historia. En eso estoy.

–¿Mejor que antes?

–Ahora estoy tranquilo, eso es todo.


Styling: Gimena Bugallo Agradecimientos: A.Y. Not Dead, Félix, Garçon García, Pepe Jeans, Terán, Hotel Clásico Buenos Aires