Atrás quedaron las polémicas mediáticas. Ahora disfruta del teatro y se prepara para nuevos desafíos actorales. Confiesa que su principal vocación es ser madre y que se siente más madura.

No necesita presentación. Basta con decir que Sofía Gala Castiglione es hija de Moria Casán, una de las divas más divas de la Argentina. Lo que sucede es que ha sabido abrirse paso a fuerza de actuaciones y una personalidad aguerrida y transparente. Para ella, 2016 es un año cargado de actividades. Además de protagonizar junto a Julieta Cayetina y Tamara Pettinato la obra Confesiones de mujeres de 30 en el teatro El Picadero, actuó en dos cortos –en uno de ellos participa su pequeño hijo, Dante– y pronto empieza otra película que filmará el director de Naturaleza muerta, Gabriel Grieco. También estrena, en mayo, la obra teatral La Payanca, en el Konex. Sin embargo, ella no duda: “Mi vocación principal es la de ser madre de Helena (7) y de Dante (1). Me siento más madre que otra cosa”.

–¿Qué repercusión tienen con la obra Confesiones de mujeres de 30?

–Estamos muy contentas. Creo que lo que más funciona es la dinámica que hemos logrado: cuanto más código haya entre nosotras, más divertida se vuelve la obra. Lo que fuimos logrando con el tiempo y las funciones es la posibilidad de jugar en el espacio. Me encanta cuando llega ese punto en el que una se siente libre de improvisar en escena e ir probando cosas. Me encanta jugar y ver qué cosas funcionan en el público y qué no, qué cosas van mejor en un tono u otro. Además, la obra es un ejercicio grosso, hay mucho despliegue físico. Porque para que no se convierta en un stand up –que no lo es porque no son monólogos– lo mejor es trabajar con el cuerpo.

–¿Esa improvisación está pautada por la directora, Lía Jelín, o se fue dando en el escenario?

–Se planteó siempre la posibilidad de trabajar con la improvisación, lo que se dice, romper la cuarta pared. Hay un código con el público, pero que se tiene que crear. Cada función es única. El público vendría a ser la cuarta amiga. Y cuando pasa, cuando se produce esa conexión, es un placer.

“Lo más trascendental que me ocurrió en la vida fue ser madre de mis dos hijos. Eso es lo más fuerte que me pasó, sin lugar a dudas. Las drogas también fueron algo trascendental, cuando las tomaba y cuando las dejé de tomar.” 

 –La química que hay entre vos, Cayetina y Tamara es evidente. ¿Ya había onda antes entre ustedes?

–Nos conocimos en la obra. Pero hay una identificación, somos tres minas con el mismo código. No somos iguales, aunque representamos a un tipo de mujer: liberales, vamos al frente, somos lanzadas y compartimos mucho con los hombres. No somos el estereotipo de mina. Las tres luchamos para que la mujer tenga un lugar más importante y más serio.

–¿Son amigas?

–Nos hicimos amigas al toque. Creo que eso nos permitió darle algo a la obra que quizá no se vio en otras versiones. Hay una libertad y desestructuración acorde con la época. Representamos la primera generación de mujeres de algún modo liberadas, que trabajan, que no permiten determinadas cosas. Entonces me parece que gracias a nuestro dinamismo, la obra pasó de ser algo medio Sex and the City a algo con un poco más de guerra, más power. Somos tres guerreras de nuestra generación, somos modernas y creo que todo eso se lo imprimimos y está bueno.

–¿Qué pasa con los hombres que van a verlas?

–Es una obra que también tiene que ver con los hombres, no es estrictamente feminista. Nos reímos de nosotras mismas. Y cada vez van más hombres. Es el famoso boca a boca, que mantiene vivo al teatro. La chica lleva al novio y el novio le dice a los amigos: “Che, está buena la obra, vayan a verla, boludos”.

–También hay una apuesta para difundir la cuestión de violencia de género.

–Puede haber un montón de obras de mujeres, pero creo que también damos el mensaje de la feminidad, que es libre, inteligente, que no es sumisa. Es un buen contexto para dar un mensaje por el #NiUnaMenos. Porque más allá de todos los avances, cada 30 horas matan a una mujer. Sofía está muy consustanciada con la lucha por la igualdad de género. No es la primera vez que apoya esta causa. Cuando tuvo el libreto de Confesiones de mujeres de 30 en sus manos fue la primera vez que se encontró con ideas misóginas de grandes pensadores, como Freud o Nietzsche, que le dan cierre a la obra.

 “En Confesiones de mujeres de 30 somos tres minas con el mismo código. No somos iguales, aunque representamos a un tipo de mujer: liberales, vamos al frente, somos lanzadas y compartimos mucho con los hombres. Luchamos para que la mujer tenga un lugar más importante y más serio.”

–¿Qué te generó esa parte del texto?

–Soy fanática de Nietzsche, pero cuando leí que escribió que “la mujer no poseería el genio del adorno si no tuviera el instinto del papel secundario” casi me muero. También me pasó con Baudelaire, que me encantaba y que fue un gran misógino. No hay defensa posible. También está bueno porque una cosa no quita la otra, tampoco el extremismo está bien. Hay que aceptar la opinión de los demás. Los derechos tienen que ser los mismos para todos. Pero el límite es la violencia. Amo la discusión, el debate, no soy una persona que quiera imponer. Defiendo incluso lo que no es políticamente correcto.

–Hace poco tuviste un episodio de censura en Instagram, ¿qué pasó?

–Fue por una foto de mi vieja que es una obra de arte, hecha con una polaroid del 78, dirigida no sabemos a quién. No es moco de pavo estar en bolas en esa época, ¡eh! La tuve que blurear porque me la borraban. No hay criterio, igual que cuando me metí la mano en la bombacha. Para los conocedores de la Velvet Underground era un homenaje. A mí me pareció algo arty. No hice las fotos para generar revuelo, no soy petardista. Hago lo que se me canta y eso genera revuelo. Hay estúpidos peligrosos que se dedican a denunciar pavadas, que se escandalizan por lo que una hace en una red social.

–Hablemos de los 30. Suele decirse que es una edad de balance. Vos tenés 29, ¿cómo lo vivís?

–Es un momento de balance para todas las mujeres. Hay una crisis medio existencial, lo cual no tiene por qué significar algo malo. Te replanteás todo, mirás todo en perspectiva. Hay un replanteo emocional. Pero yo transcurrí algo así a los 24. Tuve una crisis bastante grande. No sabía si quería seguir haciendo lo que hacía. Me llegaban muchas ofertas de laburo, pero las deseché a todas y me fui a vender discos en una tienda de vinilos. Después se me pasó. Me dio como un cimbronazo, que me ayudó a aceptar y valorar las cosas de otra manera. Fue un paso hacia la adultez.

 

“Soy muy de ir para adelante. Lo que viví lo acepto, lo valoro, pero no pienso todo el tiempo en lo que me fue pasando en la vida. ‘Para atrás, ni para tomar impulso’, como dicen los cubanos. Aunque tampoco dejo el pasado al costado, es parte de mí.” 

–¿Y hoy cómo te sentís?

–De la cabeza me siento mucho mejor, más madura, más consciente. Soy mamá, así que no tengo ese planteo que por ahí le puede agarrar a una mujer a los 30.

–¿Sos de mirar hacia atrás o vas siempre para adelante?

–Soy muy de ir para adelante. Lo que viví lo acepto, lo valoro, pero no pienso todo el tiempo en lo que me fue pasando en la vida. “Para atrás, ni para tomar impulso”, como dicen los cubanos. Siento que no soy la misma persona que a los 20 años. Ya soy alguien nuevo. Tampoco soy una persona que deja el pasado al costado, no me hago la boluda. Es parte de mí. Cada vez que tuve un hecho trascendental, lo asumí.

–¿Qué fue lo más trascendental que te ocurrió?

–Ser madre de mis dos hijos. Eso es lo más fuerte, sin lugar a dudas. Conocer a mi pareja (N. de la R.: Julián Della Paolera). Es una relación larga, de amistad, nos casamos, nos separamos, tuvimos un hijo, nos volvimos a juntar. Es una persona que ocupa muchos roles en mi vida. Y las drogas también fueron algo trascendental, cuando las tomaba y cuando las dejé de tomar.

–¿Te arrepentís de esa etapa?

–Jamás, amo las drogas. Me encantan, las defiendo a muerte. Algunas hacen muy mal, pero son sustancias que te abren la cabeza. El problema es que cuando la cabeza no está bien, te pueden matar. No se le puede echar la culpa a una sustancia. Uno tiene que ser responsable, uno es el que consume, pero si permitís que te consuma… hacerte la víctima no es conveniente. Nadie, excepto uno, tiene la responsabilidad de lo que le pasa.

–¿Sentís que quedaste un poco estigmatizada por eso? Recuerdo aquel escrache en un diario en el que ocupabas toda la tapa con una foto fumando marihuana.

–Todavía me gritan en la calle “Sofía Gala porro” o “drogona”. Son retrógrados, pero por suerte en 20 años no van a existir más. Los retrógados se mueren y no existen más. El esfuerzo tiene que estar en educar a todos para que sean más libres en el amor, en el sexo, en las drogas. Hay que educar en el consumo, y toda la violencia va a disminuir. Cuando se puede elegir, todo es mejor. Porque te gusta coger, no sos un degenerado; porque te gusta amar a muchas personas, no sos un libertino; porque te gustan las drogas, no sos estrictamente un drogadicto.

–En lo actoral, ¿en qué medio te sentís más cómoda?

–Amo todos mis trabajos. Sin duda, haber llegado al cine con El resultado del amor (2007, de Eliseo Subiela) fue muy importante e hizo que quizá me diera más prestigio en ese género. Al trabajo le pongo todo, en el momento en que estoy actuando me compenetro. Tanto en el cine como en el teatro, que son métodos muy diferentes, me siento cómoda e incómoda a la vez. Y de eso se trata.

 

Make up: Andrea Fernández