José Ingenieros, en su libro El hombre mediocre, plantea una diferenciación entre genio y talento: llama genio al hombre que crea nuevas formas de actividad no emprendidas antes por otros o desarrolla de un modo enteramente propio y personal actividades ya conocidas; y talento al que practica formas de actividad, general o frecuentemente practicadas por otros, mejor que la mayoría de los que cultivan esas mismas aptitudes. Y este es un buen punto.

El talentoso siempre es un audaz. Es esa persona superdistinta que marca una diferencia y que con su habilidad puede desarrollar una actividad a la cual le coloque una impronta que es única.

Miles de novelistas pueden escribir bien. Sus textos pueden ser profundos, sentidos y gramaticalmente impecables. Pero son pocos los que hacen la diferencia. Los que tienen esa locura contagiosa que puede hacer emocionar hasta las lágrimas. Lo mismo un deportista, un médico o un artista de cualquier disciplina.

No existe gran talento sin gran voluntad, sostenía Honoré de Balzac. Y tal vez ande por aquí la razón de su trascendencia. “Para lograr el éxito, mantenga un aspecto bronceado, viva en un edificio elegante, aunque sea en el sótano, déjese ver en los restaurantes de moda, aunque sólo se tome una copa, y si pide prestado, pida mucho”, repetía Aristóteles Onasis, un bendecido de talento en medio de su vida casi emparentada a una clásica tragedia griega.

“Floyd Mayweather lleva veinte años subiéndose a un ring: tiene cuarenta y nueve peleas profesionales hechas de las cuales ganó cuarenta y nueve. Claro, en el último round de cada combate, cuando sabe que su formidable talento no de boxeador sino de artista del boxeo le ha dado ya sobradamente la victoria y se ha asegurado ya sobradamente los millones, Mayweather corre. Le saca el cuerpo a la pelea, desaparece del ring, total ya ganó. Talento le sobra. Lo que le falta es un corazón. Es un genio que ha decidido no ser un héroe. Esto es, también, un uso posible del talento, un uso mezquino y ganancial”, escribe en su nota de Opinión de esta edición de El Planeta Urbano el notable periodista Alejandro Seselovsky.

Y aquí está el secreto. Se puede ser el más talentoso. Pero sin corazón… sólo sos uno más. Casi gris de tanto talento.

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