Desde su aparición fulgurante como compositor y cantante pop en los abuelos de la nada hasta su flamante álbum solista, donde canta acompañado solamente por un pianista de sofisticado sabor jazzero, este artista de 54 años ha sabido reinventarse y cambiar de formatos musicales con una facilidad asombrosa. Mientras tanto, sus detractores insisten en que “Siempre hace lo mismo”.

Es indudable que Andrés Calamaro tiene un estilo tan personal que es posible detectar una canción suya aunque esté cantada por otro músico. Su toque mágico con las melodías, sus sucesiones de acordes y su buen gusto para arreglar son elementos que se perciben a la legua.

Esa virtud ha sido valorada por el público, sus pares y la prensa, aunque también existen algunos que lo critican con sorna y una envidia poco saludable, argumentando que “siempre hace lo mismo”, como si Andrés hubiera descubierto una fórmula mágica y hubiera pasado toda su carrera fotocopiándola. Pero realmente no hay fundamentos. Y para refutarlos no hay que ir tan lejos: basta con examinar sus dos últimos discos, Hijos del pueblo y Romaphonic Sessions. El primero fue grabado en vivo a todo rock and roll junto al español Enrique Bunbury, y el segundo es una arriesgada apuesta donde sale airoso al cantar temas propios y ajenos solamente acompañado por el piano de Germán Wiedemer.

Al remarcarle lo amplio de ese arco musical, el propio Calamaro declaró: “Es interesante el comentario, porque mucha gente me escribe para decirme que estoy haciendo lo mismo de siempre”. Quizás el problema, en caso de admitir que exista alguno, sea otro: es difícil seguirle el ritmo. Su productividad, aquí, allá, hoy o mañana, es apabullante. Tanto en su rol de activo productor artístico o grabador serial casero en los años 80 como en su etapa de rockero itinerante con Los Rodríguez o el emblemático El salmón del cambio de siglo, nunca pudo quedarse quieto. Incluso en esta última década son muchos los que le perdieron la pista, entre las ediciones de discos oficiales, DVD en vivo, vinilos y cientos de grabaciones que fueron a parar directamente a la nube de SoundCloud.

Muchos años atrás, cuando amigos y enemigos le criticaban el hecho de haber lanzado un CD quíntuple, su respuesta fue implacable: “Esa especie de tilinguería generalizada de reírse del que escribe mucho o del que habla mucho… que piensa mucho, ¿no te suena a mediocridad?”.

REPASO VELOZ

Bastan unos pocos párrafos biográficos para dar cuenta de la variedad musical de este verdadero “desmarcador serial” no reconocido, cuya carrera es la evolución natural de un pianista vuelto compositor, cantante, guitarrista y productor artístico. Su inicio discográfico en el grupo Raíces le permitió explorar cierta fusión setentosa del jazz-rock con el candombe rioplatense, de la misma manera en que su ingreso en Los Abuelos de la Nada fue un aprendizaje veloz en formatos pop y la vida de una estrella de rock.

Su temprana carrera solista también ejemplifica su curiosidad permanente, pasando rápidamente del debut de Hotel Calamaro a la experimentación y los toques dark de Vida cruel, la combinación de rock y baladas de Por mirarte y la madurez de un cantautor rockero en Nadie sale vivo de aquí.

Al presentar ese trabajo del 89, Calamaro se animaba a afirmar: “Aquí están mis mejores letras y muchas de mis mejores canciones”, mientras que el periodista y escritor Rodrigo Fresán escribía lo siguiente en los textos del sobre interno de la edición original en vinilo: “Es el primer álbum de rock argentino, ese huidizo concepto, que se graba en mucho tiempo, entendiendo por rock argentino algo que trascienda la geografía y se afirma en el estado de ánimo: aquel misterio que alguna vez unió a público e intérprete recorriendo una autopista de mano única”.

En paralelo a esos cuatro vinilos, Andrés conoció de cerca a otros artistas en sus procesos de creación, al producir discos de Don Cornelio y la Zona, Man Ray, Los Fabulosos Cadillacs y Los Enanitos Verdes, además de infinidad de grabaciones informales realizadas junto a amigos, como Pipo Cipolatti y Miguel Zavaleta en su estudio casero, el legendario Hornero Amable que estaba a pocas cuadras de Plaza Serrano.

Pero el público local no le pudo seguir el rastro y tuvo que emigrar a España, donde empezó de cero con su amigo Ariel Rot. Dieron forma a la vitalidad contagiosa de Los Rodríguez, que en sus canciones podían mezclar reggae, rumba, balada y rocanrol. Consiguieron el éxito masivo, y su siguiente álbum solista (Alta suciedad, 1996) consolidó su popularidad y estableció un nuevo punto de partida o etapa. Desde ahí en adelante, a lo largo de veinte años de actividad, hizo de todo, se dio todos los gustos, fue y volvió de España, se rehabilitó, probó las pequeñas delicias de la vida conyugal y siguió siempre hiperactivo.

EN SUS PROPIAS PALABRAS

Una de las características de las letras de Calamaro es la capacidad de disfrazar al lobo de cordero, tanto en canciones de amor agridulces o apuntes tristes con melodías alegres. Y él coincide: “Eso es lo que aprendimos de Federico Moura, hablar de cosas serias, graves y trágicas, y que no se note. Cuando él dice ‘dame una ayuda, no quiero soportar estos dolores’, es una canción junkie que parece una canción fashion. De Miguel Abuelo aprendimos a cantar como si estuviéramos dirigiendo un ejército. En cambio Luca era el más culto, el más sabio y el que más sabía de música, pero lo disimulaba”.

Andrés Calamaro es el único artista que ha logrado convocar en sus discos a figuras como Luis Alberto Spinetta, Charly García, Pappo, Litto Nebbia, Moris, León Gieco, Luca Prodan, Fito Páez, Vicentico, Daniel Melero, Palito Ortega, Hugo Fattoruso, Calle 13, Raimundo Amador, Juanjo Domínguez, Niño Josele y Diego el Cigala, además de Maradona y los tangueros Mariano Mores y Virgilio Expósito.

En 2004, cuando salió de su encierro pos-El salmón, lanzó un álbum con el elocuente título El cantante, donde se animó a encarar un repertorio de temas clásicos de autores como Atahualpa Yupanqui, Rubén Blades, Roberto Carlos y duplas de tango y folklore como Gardel-Lepera, Demare-Manzi y Félix Luna-Ariel Ramírez. También había tres temas propios, entre ellos el hit “Estadio Azteca”. Ese trabajo revitalizó su caudal creativo y la actividad pública, que a lo largo de los siguientes años produjo una incesante cantidad de discos en vivo (El regreso, Made in Spain, Jamón del medio), en estudio (Tinta roja, La lengua popular, On the Rock, Bohemio), en colaboración (El palacio de las flores, Dos son multitud, Hijos del pueblo) y participaciones varias.

–¿Qué es lo que te atrae de hacer duetos y colaboraciones para discos de terceros?

–¡Me encantan esas grabaciones! Estoy cómodo cantando y grabando, me entiendo bien con los productores y los ingenieros, tengo experiencia grabando y sé aportar a una grabación sin ofrecer excentricidades ni incordiar. Son un desafío vocal y artístico, donde puedo involucrarme con un gran artista flamenco o un inclasificable popular como Juan Gabriel. Además, ¡me gusta estar poco tiempo en el estudio! Unas pocas horas y terminar. Ahora grabé una posible colaboración más… ¡ojalá se confirme porque sería francamente histórico!

–La madurez de Romaphonic Sessions hace pensar en un artista que dejó de escuchar rock. ¿Cómo sería un playlist tuyo actual?

–Sí, soy un artista que dejó de escuchar rock. Lamento tener que confesarlo, pero es bastante cierto. Todos los días escucho jazz, generalmente grabado antes de 1960. Involucrado con el sonido de Rudy Van Gelder, el sello Prestige y las grabaciones anteriores a Kind of Blue, aunque no de forma excluyente: Thelonious Monk, John Coltrane, Miles Davis, Red Garland, Cecil Taylor, Sun Ra, Sonny Rollins, entre otros. Cualquier día me despierto con ganas de escuchar blues o flamenco, pero casi nunca ocurre. Todas las mañanas escucho tres o cuatro discos de jazz mientras termino mi primer termo de mate, en donde se diluyen los sueños que me persiguen durante la noche. Créeme que hago esfuerzos para no perder la fe en el rock, intentos que mayormente consisten en visitar mi disquería preferida de Barcelona, pero ahora lo intento cada vez menos, y busco grabaciones de jazz.

  

“SOY UN ARTISTA QUE DEJÓ DE ESCUCHAR ROCK. LAMENTO TENER QUE CONFESARLO, PERO ES BASTANTE CIERTO. TODOS LOS DÍAS ESCUCHO JAZZ, GENERALMENTE GRABADO ANTES DE 1960.”