La capital de la región de la Toscana deslumbra con su arquitectura medieval, las galerías de arte y los museos, que atesoran obras maestras de creadores eternos, como Rafael, Miguel Ángel o Botticelli. Una ciudad que no decepciona a ningún visitante.

Algunas grandes ciudades del mundo, además de maravillarnos con sus atractivos, también sirven como base para dedicar una jornada a otros destinos que se encuentran medianamente cercanos, usando el práctico recurso del tren. A esta clasificación pertenecen, por citar algunos ejemplos, Toledo, adonde se puede llegar desde Madrid, o Brujas, partiendo de Bruselas. Estamos en la bella y eterna Roma. Y no nos podemos perder la visita a Florencia, ya que implica menos de tres horas de viaje en un estupendo tren europeo. Salimos de mañana temprano, disfrutamos el café y la pastelería del vagón restaurante y mientras repasamos el itinerario que vamos a hacer para optimizar el tiempo sin apurones, ya estamos entrando en la estación de Florencia.

 

En el trayecto, recibimos como regalo extra las increíbles postales del amanecer en la Toscana.

Con el morral y la guía de Florencia en mano, saltamos del tren y empezamos el recorrido. La estación de trenes está a unas pocas cuadras de la primera parada que tenemos programada: la Piazza y la iglesia de Santa María Novella, ambas preciosas.

La iglesia impacta con su fachada de mármol y en el interior guarda pinturas y frescos (entre los que se destaca La Trinidad, de Masaccio) que valen la visita.

 

TESOROS DEL ARTE

Desde allí, apenas a unos cientos de metros, tomamos la Vía dei Cerretani y de a poco vamos viendo cómo empieza a distinguirse la magnificencia del Duomo, la catedral de la ciudad y uno de los edificios más impactantes de Europa.

Hay que detenerse y observar el edificio desde la piazza que lo precede. Es emocionante. La fachada gótica revestida de mármol verde, blanco y rosa merece ser admirada un buen rato. Por dentro, los más entusiastas pueden escalar los más de cien peldaños que llevan hasta la cúpula para observar desde la altura una imponente panorámica de la ciudad.

Desde allí, atravesando la Piazza della Repubblica admiramos el Palazzo Vecchio para llegar luego hasta el imponente Palazzo degli Uffizi, con su renombrada galería de arte.

¿Indispensables?

Las joyas del Renacimiento italiano, tales como El nacimiento de Venus y La Primavera, de Botticelli; Tondo Doni, de Miguel Ángel, y La virgen del jilguero, de Rafael, entre otras obras maestras.

PASTAS Y POSTALES

A esta altura ya hemos degustado un capuchino y estamos dispuestos a disfrutar de un almuerzo en la tónica de la exquisita gastronomía italiana.

Buena excusa para atravesar el Arno cruzando el Ponte Vecchio y curiosear en los puestos de antigüedades, joyas y artesanías. A uno y otro lado del puente, las vistas son admirables. Apenas descendiendo las escaleras del puente, al otro lado, Alfredo Sull’Arno nos espera con sus pastas legendarias y una vista descomunal del puente, el río y la orilla opuesta.

Después del café, lentamente caminamos al encuentro del archifamoso David, en la Galleria dell’Accademia. Es emocionante ese encuentro con la obra de Miguel Ángel y también impacta la contemplación de Los suplicantes, ese grupo de esculturas atrapadas aún en el mármol y que el artista no llegó a concluir.

Llenos de belleza, el tren de regreso a la capital italiana nos espera para brindarnos la posibilidad de procesar tanta maravilla que hemos admirado en Florencia, mientras en el trayecto la Toscana se tiñe con los colores de la noche.