Si la diferencia entre un adulto y un niño es el precio de sus juguetes, los automóviles que ocupan estas páginas son el mejor ejemplo. Postales de una pasión que va mucho más allá del dinero. 

Ya se ha dicho: la diferencia entre un adulto y un niño es el precio de sus juguetes. Y estos autos aplican perfectamente como ejemplo, pero con un agregado: no sólo hay que disponer de una abultada billetera, también hay que contar con la dosis de suerte necesaria para conseguir alguna de estas raras joyas en el mercado. Es que algunas de estas máquinas, perfectas para provocar envidia, son tan raras y exclusivas que la posibilidad de que su dueño se desprenda de ellas es muy remota.

 

Hay una famosa historia con una Bugatti 43 de 1927. En 1949, su dueño, el corredor Adolfo Scandroglio, intentó batir un récord de velocidad en el autódromo de Rafaela. No salieron bien las cosas y se mató. Fanático y muy previsor, don Adolfo dejó instrucciones precisas de que, en ese caso, fuese enterrado con el auto que tanto amaba. Y ahí estuvieron, juntos bajo tierra, durante cincuenta años, hasta que otro fanático se enteró de tan increíble leyenda. Toneladas de tierra y de papeles mediante, el coleccionista Gianni Celli trajo esa Bugatti de vuelta al mundo de los vivos.

Sin ir a casos tan extremos, cuando por fin salen al mercado joyas de estos quilates, baten marcas no de velocidad, pero sí de valores. Casas de remate como Bonhams o Sotheby’s tienen exhibiciones anuales de esta clase de autos y siempre son un verdadero éxito de ventas. Hace unos años, una Ferrari 250 GTO, de las cuales sólo se fabricaron 39 unidades en 1963, se vendió en 52 millones de dólares. Nada mal para un auto que en su momento costaba USD 9.600.

Seguramente, era una pequeña fortuna en aquellos años, pero multiplicar esa inversión 5.400 veces es algo que ni Gordon Gekko en la película Wall Street pudo haber imaginado.

La Argentina tiene una particularidad respecto a otros lugares. En los que hoy se consideran los años de oro del automovilismo (décadas de 1920 a 1950), nuestro país era una verdadera potencia. Mientras Macoco Alzaga Unzué tiraba manteca al techo en el Maxim’s de París, se hacía traer a Buenos Aires los mejores autos de la época. Lo mismo hacían otros dandis porteños, que en pocos años atesoraron una cantidad descomunal de autos de lujo y bólidos de carrera.

Gracias a eso, hoy tenemos una cantidad y calidad de autos de colección excepcional. Estas páginas son una pequeña muestra de esta afirmación. Y aunque muchos de ellos han venido en tiempos recientes, la pasión fierrera se remonta a aquellos años. La casualidad también ayuda. Por ejemplo, la Officine Specializzate Costruzione Automobili (OSCA) fabricada por los hermanos Maserati en 1957, que ilustra estas páginas, conoció Buenos Aires de manera trágica. Su propietario de ese entonces, el italiano Alberto Mapelli, la destruyó en las pruebas previas a una importante carrera local. Volvió a Europa en forma de rompecabezas. Cuatro décadas más tarde, regresó inmaculada (rigurosa restauración mediante) de la mano de un importante coleccionista argentino que nos honra con tamaña obra de arte.

Es que eso son estos autos: obras de arte que huelen a nafta y a vértigo. Piezas unidas artesanalmente para lograr algo exquisito, sofisticado y único. Estas fotos son parte de una colección fine art que incluye más de 50 autos clásicos compilados en el libro Autos clásicos en Argentina.

Cuando por fin salen al mercado joyas de estos quilates, baten marcas no de velocidad, pero sí de valores.