Compositor, pianista y cantante, exploró diversos campos musicales y otras artes. En su legado dejó una canción de amor que fue prohibida en casi todo el mundo a pedido del Vaticano. Ecléctico, provocador y mujeriego compulsivo, tuvo un romance con Brigitte Bardot, estuvo casado con Jane Birkin, y Bob Marley lo perseguía para matarlo porque sospechaba que había estado con su mujer. 

 

Si por algo me hubiese gustado nacer en los 40 es para haber sido contemporáneo de todos esos que disfrutaron in situ de la chanson française, el nacimiento del rock, The Beatles, Hitchcock, la era dorada del jazz con Billie Holiday, Duke Ellington y el cool cat Chet Baker, Borges y Cortázar sacando libros nuevos, el Di Tella y, sobre todo, Serge Gainsbourg. El hombre. Nunca dudé que habría vendido a algún familiar solo para comprar un pasaje a París circa 67-68 y presentarme ante él. 

 

Compositor, cantante, cineasta, escritor, actor, poeta, pianista, autor y amante de las más bellas francesas del siglo pasado (algunas inglesas y rusas también). Incansable en todo eso. Feo y seductor. Descuidado y pura onda a pesar de sus gigantescas orejas. Nada más difícil de encontrar que un orejón con onda, pero cuando un orejas de elefante curte onda es imbatible. Dejo los ejemplos para más adelante.

 

Y si era bastante exigente con las mujeres y con los artistas que lo rodearon en general, en lo musical era lo opuesto: no le hizo asco a nada. Descendiente directo del genial Boris Vian, otro jailaife, bon vivant, dandi real. Su carrera como músico la inició a sus casi 30 años, acompañando en el piano a Michèle Arnaud, quien cantó algunas de las primeras composiciones de ese tímido pianista y lo convenció para que agarrara el centro del escenario y se convirtiera en estrella. Corrían los años finales de la década del 50, y Serge Gainsbourg se largó solo y le empezó a ir medianamente bien. Sus canciones comenzaban a dar vueltas por la noche burdelesca del París de los 60: Jacques Brel, Juliette Gréco y Philippe Clay las cantaban. Y por el 64, Serge se divorcia de su primera mujer y se casa con Françoise “Beatrice” Pancrazzi, un bombón de la época, quien le da sus dos primeros hijos, aunque el matrimonio no duró más que un par de años.

 

En 1967, Serge se cruza casi casualmente en un set con Brigitte Bardot, dueña de toda la belleza, la sensualidad y el estilo de esos años, y tarda media hora en ponerla. Nace entre ellos un amor desmesuradamente exagerado, cómo no, y fue Brigitte su mejor inspiración: le compone “Initials BB” y “Je t’aime… moi non plus”, que la graba con ella y todo. Y fue demasiado, porque ahí se entera Gunter Sachs, el marido de Brigitte, y no le cayó demasiado bien el asunto, que ya era la comidilla de los programas de chimentos y las revistas francesas de la época. Y a la mierda todo, el matrimonio de Gunter y BB, las escapadas a Niza de BB y Serge, la grabación de “Je t’aime… moi non plus” y los planes de disco, show y demás. Todo eso bastó para que el mundo entero se fijara en ese orejón desaliñado que se había llevado a la cama a BB sin gastar un franco y provocando el divorcio más comentado del año.

 

Se hablaba en los mentideros y en los medios más serios de la leyenda de una canción erótica que había sido grabada por la pareja adultera y esas cosas, y en medio de la leyenda que ya comenzaba a rodear al hermoso Serge, unos pocos meses después, en medio de la filmación de una película, Gainsbourg conoce a una actriz inglesa, joven y talentosa llamada Jane Birkin, y tras otra media hora de charla logra hacerse de Jane desnuda y en lo oscuro solo para él, en lo que fue un feliz matrimonio de una década y una hija maravillosa, hoy estrella por sí misma: Charlotte Gainsbourg. 

 

EN LA MIRA

Hasta aquí, casi una inofensiva historia familiar, la de Serge. Pero tengamos en cuenta que Gainsbourg se enfrentó al Vaticano entero y hasta tuvo que escaparse de unos jamaiquinos locos que lo quisieron asesinar durante un tiempo porque Bob Marley lo quería ver muerto.

 

Para empezar los desaguisados de Gainsbourg, comencemos con el Papa y su carta para prohibir “Je t’aime… moi non plus” (para nosotros, “Yo te amo… yo tampoco”, la hermosa canción).

 

Cuentan los que saben que, en medio de la vorágine sexual con Brigitte, una noche mientras tomaban un beaujolais, Brigitte le pidió que escribiera la canción de amor más hermosa del mundo y se fue a acostar dejando solo su perfume en la sala. Así es que con semejante inspiración, esa noche Gainsbourg compone dos de sus más célebres canciones: “Je t’aime…” y “Bonnie & Clyde”. Al otro día se mete en el estudio con BB y graban “Je t’aime…”. Dicen que, directamente, haciendo el amor, con lo que la canción se llenó de quejidos y susurros, lo que iba a hacer casi imposible su difusión.

 

Ahí se arma con el marido de BB, y algunos afirman que un amigo de Serge hizo desaparecer la cinta mientras otros dicen que fue el mismo Gunter quien destruyó el master en medio de un ataque de calentura. Vaya uno a saber qué pasó con la canción, pero jamás vio la luz. 

 

Ya enamorado de Birkin, ella misma le preguntó por la historia de la canción y Serge logró convencerla de grabarla otra vez con ella. Lo mismo: dicen que la grabaron garchando, con lo que la canción quedó llena de susurros y gemidos. Pero esta vez sale a las disquerías y funciona bien hasta que el mismísimo Vaticano, por única vez en su historia, llama al mundo cristiano a impedir que “Je t’aime…” se haga popular. El tema se prohíbe en casi todo el mundo a pedido del Papa, lo que no hizo más que disparar las ventas del álbum hasta mensuras insospechadas: millones y millones de discos se vendieron en pocos días, sumiendo al Vaticano en un ridículo embrollo que le enseñaría a no meterse más (tan directamente) en asuntos artísticos contemporáneos y convirtiendo a la pareja no solo en la más millonaria de París sino en la más emblemática. 

 

Podríamos cerrar la historia de “Je t’aime… moi non plus” con la feliz y pediátrica versión que, a pedido del público, hicieron ya pasados los años y los matrimonios la misma Brigitte Bardot y Gainsbourg en 1986, pero que no tiene comparación con la ardiente versión original de Birkin y Serge.

 

HACIA JAMAICA

Si algo le faltaba a Serge para ser el emperador de las patadas en el culo de la société era enfrentarse al rey de la paz y la justicia: Bob Marley. Lo que pasó es que en el 79, como a todo intelectual de la época, a Serge lo subyugó el sonido del reggae, que era lo nuevo, contestatario y rítmico.

 

El ritmo jamaiquino tomó a París del cuello y lo sopapeó hasta que Marley llenó como veinte veces el Olympia, inundando de reggae a Francia. Serge, más rápido que un flash, viajó a Jamaica y buscó productores musicales en Kingston, donde alguien le recomendó entrevistar a dos jóvenes pujantes que recién empezaban: Sly Dunbar y Robbie Shakespeare, Sly & Robbie, hoy la dupla más cara produciendo reggae.

 

Apenas habían cruzado los suburbios de Trenchtown hasta Kingston cuando se encontraron con el francés que los andaba buscando. Le dijeron sonriendo que lo único que conocían de la música francesa era “Je t’aime…”, y Serge los abrazó y les gritó: “¡Es mía!”. Así que terminaron amigotes y emborrachándose juntos unos días en Jamaica, donde grabó Aux armes et caetera, un álbum en el que hacen una versión reggae de “La Marsellesa” para poner nerviosos a los franceses, y algunos temas más eróticos que pasaban del beaujolais y los Gitanes a la marihuana y al ron, con coros de las I Threes, que, comentan, cayeron deshechas ante el orejas seductor que hablaba en francés y sonreía tan irresistible como socarronamente.

 

Las I Threes eran las tres coristas de Bob Marley, y una de ellas, Rita, era la esposa, justamente. No se sabe bien qué pasó o qué dejó de pasar entre Sly, Robbie, Serge y las I Threes, pero dicen que Bob se puso re-loco y salió a buscar a Serge para no sé qué cosa. Serge ya había vuelto a París, así que Bob llamó a sus amigos franceses para que encontraran a Gainsbourg, que resultó ileso gracias a que él tenía en París muchos más amigos que Bob.

 

Podría seguir diez días más con Serge, pero es tarde. Bye.

 

 

En medio de la vorágine sexual, una noche Brigitte Bardot le pidió que le escribiera la canción de amor más hermosa del mundo y se fue a acostar dejando sólo su perfume en la sala. Con esa inspiración, Gainsbourg compuso dos de sus más célebres canciones: “Je t’aime… moi non plus” y “Bonnie & Clyde”.