Durante un tiempo, los portugueses la llamaron Mogador y de hecho aún se llama así la isla estilizada que está frente a su costa.

Situada sobre el Atlántico, a mitad de camino entre Casablanca y Agadir, esta bella villa de pescadores devenida refugio de artistas bourgeois and bohemian, principalmente llegados de Francia y otras ex colonias francesas, se encuentra a tan sólo dos horas y media de la bulliciosa Marrakech y, aún siendo profundamente marroquí, oficia como su más pintoresca contratara.

BOURGEOIS & BOHEMIAN

Si bien esta aldea fue descubierta por los romanos hace miles de años, fueron los portugueses los que la “pusieron en el mapa”. Ellos usaban este sitio para el intercambio de mercancías, como oro, especias, marfil y esclavos, que entonces eran considerados de ese modo.

En el siglo XVIII, la ciudad se integró definitivamente al territorio marroquí, transformándose en uno de sus principales puertos, y en el XIX, los judíos la colonizaron e imprimieron su fisonomía.

Los restos más importantes de esa época son las murallas y torretas que separan el puerto de la Medina: es toda una experiencia visitarlo temprano a la mañana y en el ocaso.

En estas almenas y pasadizos, el director Orson Welles filmó su megalómana Otelo, y es actualmente escenario de numerosos pasajes de la exitosa Game of Thrones. Recorrer esas murallas y divisar hacia un lado el inmenso océano, y hacia el otro, el laberinto de calles de la ciudadela es magnífico.

La ciudad dentro de las murallas es acogedora, con mucho encanto y personalidad. Los mercados son también sitios para tomar un excelente té y aún un excelente café.

Los mercaderes de plata, artesanías, tejidos y joyas saben de su trabajo.

La mezcla de bonhomía, buena comida y oportunidades inusuales de compras interesantes la diferencian de ciudades más escenográficas. Todo esto atrae a franceses retirados, artistas y personajes que se instalan en busca de una vida relajada.

 COMER BIEN, PASEAR TRANQUILOS

La oferta es tentadora para quienes gustan de los hoteles buenos y pequeños y de los foodies. Entre los primeros, sobresale el charming de la Villa De L’ô, maravilloso edificio del siglo XVIII propiedad de dos hermanas francesas y convertido en un riad (tal el nombre local de los edificios de media docena de habitaciones atendidos por sus dueños) pero de lujo, con doce habitaciones, decoradas con extremo buen gusto y muchas de ellas con una privilegiada vista al Atlántico. Su restaurante, pequeño y exclusivo, merece ser visitado (imposible sin reserva previa). Luego, el Taros Café, con una situación inmejorable en cuanto a sus vistas del océano, la ciudad y el puerto, es un punto de encuentro ineludible que reúne democráticamente a backpackers y jetsetters en una suerte de Babilonia moderna, donde se come (estupendamente), se bebe (mucho y bien) y se escuchan a los mejores DJ de Marruecos. El sitio es además librería, tienda de recuerdos y de venta de las más bellas alfombras de autor que puedas traerte de regreso. Junto a la postal del sol escondiéndose dorado detrás de la eterna Mogador.