En el corazón de Punta Cana y con el mar turquesa más visitado del Caribe, Iberostar suma a su cadena de hoteles “todo incluido” una propuesta para los bon vivants más exigentes: el Grand Hotel Bávaro.

 

 

¿Cómo se puede definir el concepto de vacaciones? Poner la mente en blanco, estar tirado panza arriba, reposar en un paraíso (literal) sin más preocupaciones que decidir si tomar una piña colada o una caipiroska, o comer en el restaurante francés o en el japonés. El dolce far niente en su máxima expresión, eso que ofrecen los “todo incluido” caribeños, se completa con dos ingredientes claves para nuestro lector: un complejo en el que no se permita el ingreso de niños y una barra a la altura de los grandes bares cocteleros del mundo. ¿Esto existe? Claro que sí. Es una realidad en Punta Cana, uno de los destinos más paradisíacos del planeta, donde la cadena Iberostar inauguró recientemente el Grand Hotel Bávaro, un cinco estrellas en serio (no de esos que por servir bacon en la mañana y tener una pileta gigante ya se autoproclaman five stars), que cuenta con extravagancias tales como mayordomo personal y un menú (sí, un menú) de almohadas para elegir cuál se adapta mejor a nuestro estresado cuello. Eso, entre otras excentricidades no propias de un all inclusive. 

 

En el Grand Hotel Bávaro todo transcurre con la calma y liviandad de un resort de lujo, sumando la conveniencia y comodidad de no tener que pensar en dinero en ningún momento de la estadía. Así, el día comienza con un breakfast en el que no faltan las mimosas y el salmón, con atención personalizada de los camareros más amables del mundo y una paz inimaginable para un todo incluido. Luego, la mañana se completa con una caminata por la playa de arenas blancas y aguas turquesas, mezclándose, ahora sí, con turistas de otros complejos más económicos con pulseritas de otros colores: como si se tratara de un sistema de castas, cada all inclusive tiene una pulsera de color diferente que determina el tipo de servicio que el huésped recibe. Todos los complejos son geniales, en todos se come y se bebe muy bien, pero la pulsera dorada del Grand Hotel marca la diferencia.

 

  

Después de una siesta reparadora en las cómodas poltronas ubicadas frente al mar, es recomendable dejar por un rato el estado de somnolencia paradisíaca para emprender algunas de las actividades que proponen los divertidores del complejo. Paseo en kayak o minivelero, beach voley y un exclusivo campo de golf profesional forman parte del día “no hago nada útil y me encanta”.

 

Al caer la tarde, la elegancia del hotel nos invita a tomar un café con exquisita pattiserie y chocolates fantásticos en un lobby bar que conjuga elegancia parisina con modernidad americana. Delicias y más delicias, sin tocar la billetera y sin firmar ninguna cuenta.

 

Previo paso por uno de los mejores spas del caribe, el día se completa con cenas de lujo en el restaurante francés, italiano, japonés o internacional que se encuentran dentro del complejo, una fugaz visita al cigar bar y, cuando las energías lo permiten, una visita al anfiteatro con espectáculos “Broadway style” que completan unas vacaciones de descanso y lujo perfectos. 

 

 

Cerrando el año, el flujo de turistas nacionales hacia República Dominicana creció más del 15 por ciento respecto del año pasado, según los datos de la Oficina de Promoción Turística de ese país. En 2015, visitaron el lugar 94 mil viajeros argentinos en los primeros ocho meses de la temporada.