La dama triste del rock está recorriendo lentamente el último tramo de su vida, pero nos deja las canciones más bellas y enigmáticas de su época, producto de una historia novelesca como pocas. 

 

Todos amamos a Joni Mitchell, la songwriter más influyente de la última mitad del siglo pasado. Canadiense como Neil Young y Leonard Cohen –lo que siempre me hizo pensar en que algo debe de haber en el aire o en el agua de ese país para generar semejantes músicos–, Joni parecía divertida además de talentosa y bella. Su imagen era la de una mujer lastimada pero sin cicatrices visibles, como su música. Supo rodearse de los mejores y siempre estuvo al lado de los dioses del rock. Tuvo con ella a Pat Metheny y a Jaco Pastorius, juntos por única vez en la historia, una banda que terminó rápidamente y muchos adjudicaron los problemas internos a que tanto Jaco como Pat estaban enamorados de Joni y ella gozó de los favores de ambos, y ya se sabe lo que pasa en esos casos. Nunca se comprobó nada, pero se nos hace imposible pasar por alto las declaraciones de Joni cuando, terminada una gira con Crosby, Stills, Nash & Young, y ante la pregunta de un periodista acerca de cómo la había pasado con semejante grupo, ella respondió sonriendo: “La pasé muy bien: salí con Crosby, con Stills, con Nash y con Young”. Ovación de la parroquia y al siguiente disco.

 

 

LA HIJA DE ROBERTA

Todas esas locuras, desplantes y delirios de Joni Mitchell tienen una raíz de dolor. Hoy, con el diario del lunes, con Joni bastante enferma, todavía se hace difícil llevar el relato cronológicamente. Baste decir que nació llamándose Roberta Joan Anderson, en 1943. Hija de una maestra y de un piloto de la fuerza aérea canadiense, su infancia pasó entre diferentes ciudades por los destinos del padre y, a los nueve años, fue atacada por la polio. Eso derivó en abortar sus sueños de ser bailarina y la llevó a tomar los pinceles y la guitarra apenas llegada a la adolescencia. 

 

Y aquí la historia comienza a tomar ribetes novelescos. 

 

A los 21 conoce a Chuck Mitchell, un oscuro guitarrista de Michigan con el que se muda a los Estados Unidos. Chuck, fascinado con el talento y la figura de la rubia canadiense, no tarda nada en llenarle la cabeza de sueños de rock and roll y se casan a los tres días de conocerse. Divorciándose a las pocas semanas, Joni se quedó para siempre con el apellido de Chuck, un extraño designio de muchas mujeres que, dueñas de unas carreras y unas vidas lejos de sus orígenes, siguen usando el apellido de su primer marido. 

 

Instalada en el incipiente ambiente folk de esos comienzos de los años 60, y ya separada de Chuck, Joni Mitchell encara para la costa este y comienza a frecuentar pubs de Boston y Nueva York, donde rápidamente sus colegas músicos le reconocen un estilo inimitable de componer y su hermosamente aniñada voz. Para el público todavía no calificaba, pero extrañamente apadrinada por un cantante de la época llamado Rush (o algo así), sus canciones llegan a figuras consagradas que no dudan en incluirlas en sus discos, tal el caso de Judy Collins, los ojos más azules del folk, que le grabó un puñado de temas que, si bien le dieron algo de efectivo, opacaron su propia carrera. 

 

 

En ese momento decide cambiar de costa y se va a California, donde fascina a David Crosby, que se la presenta a su manager, Elliot Roberts, socio de David Geffen, quienes la contratan y le hacen grabar sus primeros discos (entre 1968 y 1970) que no sólo contienen la música de Joni Mitchell sino sus pinturas ilustrando las tapas. 

 

Allí arrancó la brillante carrera que hasta hoy es reconocida como un rosario de bellísimas canciones. Gana el Grammy con su segundo disco y hace otro al toque, Ladies of the Canyon, que le allana el camino para lo que sería su obra maestra: Blue, el disco más dulcemente triste de la historia ya desde la tapa, con una hermosísima Joni Mitchell, ensombrecida por el azul intenso de la imagen. Todo en ese disco es una maravilla de simpleza y sentimiento. 

 

Y de ahí en adelante las mejores reseñas, así que vayamos a lo relevante. 

 

Ocurre que en 1997, en una nota aparecida en una revista estadounidense, una vieja amiga de Joni da cuenta de algo que hasta entonces se ignoraba. Resulta que antes de ser Joni Mitchell, antes de mudarse a los EE.UU., siendo apenas una adolescente, Roberta Joan Anderson queda embarazada de un noviecito del vecindario. El aborto no entraba en sus opciones, así que Joni se convierte en madre adolescente y decide dar a su hija en adopción. Ni siquiera hubo escándalo, tratándose de una artista del calibre de Joni, así que ante la estupefacción de todos, ella reconoce la veracidad de la historia y a tomar por culo. 

 

Fundimos a negro y aparecemos en la otra punta de los EE.UU. Allí, una mujer llamada Kilauren Gibb, que desde hacía un tiempo buscaba a sus padres biológicos, hace el juego de las coincidencias y parte en busca de Joni Mitchell. La cuestión es que, después de treinta años, madre e hija se encuentran. Obviamente, el cimbronazo cambia las vidas de ambas, y Joni declara luego a la prensa, abrazando a su hija, que haberla encontrado derivaba en un notorio desinterés por su carrera musical, ya que muchas de las canciones que dolorosamente componía y cantaba tenían que ver con un sufrimiento que ya no existía porque había hallado a su hija.

 

Años después, Joni volvería a cantar y a componer, pero con otra vida personal.

 

Sus discos son uno mejor que el otro, pero como mojones podríamos nombrar Blue, de 1971; Hejira, de 1977 (uno de los discos que más influyó al rock argentino de esos tiempos, junto a los de Steely Dan y Led Zeppelin), y Mingus, en 1980, que iba a ser una colaboración entre el genial Charles Mingus y su alumna predilecta en el rock, pero quedó trunco por la muerte del bajista de jazz apenas empezadas las sesiones de trabajo, así que lo terminó ella solita y se mandó un disco parte-corazones delicioso. Además, en esos años 80 su debilidad por el jazz la llevó a formar la banda de Shadows & Lights, un disco en vivo que para mí es el mejor de toda esa década, con Jaco Pastorius en el bajo; el apenas debutante Pat Metheny en la guitarra (quien junto al también extremadamente joven tecladista Lyle Mays después formará el Pat Metheny Group); Don Alias en percusión, que venía de tocar con Miles Davis, Herbie Hancock, Weather Report y Nina Simone, entre otros; el legendario Michael Brecker en saxos; The Persuasions en los coros, y Andy Johns, ingeniero de sonido de los Stones, como su sonidista. Shadows & Lights es una patada en la cabeza, una banda de jazz tocando canciones folk con impronta de grupo de rock. Jamás encontré palabras para describir ese disco. Y dejé de buscarlas hace diez años. 

 

Joni Mitchell hoy está frágil, hace poco salió de una internación que casi la deja en la tierra de los invisibles, pero no, aún está entre nosotros y se la está llenando de homenajes. Merecidos todos.

 

Un beso para la parroquia, buenas tardes.