A los 69 años, presenta su disco RATTLE THAT LOCK el 18 de Diciembre en el Hipódromo de San Isidro.

 

Dos años después de que Roger Waters hiciera historia cuando 400 mil personas agotaron en la cancha de River Plate nueve funciones de su show The Wall Live, otro Pink Floyd viene a Buenos Aires. Pero no se trata de cualquier miembro de la banda inglesa, sino del último depositario de su legado. David Gilmour debutará en esta orilla del Río de la Plata el próximo 18 de diciembre en el Hipódromo de San Isidro, de la mano de su más reciente álbum de estudio, Rattle That Lock. Según el propio cantante y guitarrista de 69 años, su cuarto álbum en solitario, publicado el 18 de septiembre (seis días después de iniciar su actual gira mundial en la ciudad de Pula, al noroeste de Croacia), es un trabajo que reafirma su identidad sonora. Aunque reconoce que hay algunas canciones inusuales en su obra. No obstante, por encima de todo, son temas nuevos con un significado actual, que tienen como consigna lírica “aprovechar el momento”.

  

 

Este disco aparece a nueve años de On an Island, por el que “Castellorizon” recibió una nominación al Grammy en la categoría “Mejor canción instrumental”. Para Rattle That Lock, el cantautor volvió a convocar a buena parte de los músicos que participaron en esa grabación (se destacan David Crosby, Graham Nash y Phil Manzanera, nuevamente como coproductor). De los diez tracks del álbum, hay una gran cantidad que fueron escritos por la esposa y cómplice de Gilmour, Polly Samson. Además, fue la última grabación de su hermano de ruta y coéquipier en Pink Floyd, el tecladista Richard Wright, que no pudo ver el trabajo terminado, pues murió en 2008.

 

 

 Si bien Gilmour ingresó en 1968 en Pink Floyd para ocupar el lugar de Syd Barrett en los recitales, se convirtió en miembro estable de la agrupación luego de que su líder la abandonara por sus problemas con las drogas. Desde ese momento, puntualmente tras la publicación de los álbumes The Dark Side of the Moon (1973) y Wish You Were Here (1975), Waters, del que era amigo antes de entrar en la banda, se hizo con el control del conjunto. No obstante, en medio de las sesiones de The Final Cut (1983), que coincidieron con el rodaje de la película The Wall, las relaciones entre ambos se deterioraron al punto de que dos años más tarde el bajista comunicó no sólo que abandonaba Pink Floyd, sino que este dejaba de existir. Gilmour y el baterista Nick Mason reaccionaron inmediatamente y anunciaron que seguirían adelante sin él, además de confirmar su salida. De esa forma, y después de una larga batalla legal por el uso del nombre, el guitarrista y cantante se transformó en el nuevo cacique del grupo.

  

 

A tres años de la aparición de su segundo álbum solista, About Face (su debut unipersonal se produjo en 1978 con un trabajo que lleva su nombre), y a cuatro del último disco de Pink Floyd con Waters, The Final Cut, David Gilmour, cuyo estilo guitarrístico está patentado en temas como “Comfortably Numb” o “Another Brick in The Wall part II”, comandó la grabación de A Momentary Lapse of Reason (1987). Originalmente, ese repertorio, grabado en el estudio del artista, iba a decantar en su tercera producción en solitario. Pero a fines de 1986 cambió de idea, y pasó a ser parte del 13° disco del grupo. A pesar de que recibió críticas desfavorables, la exitosa gira mundial del disco, del que destacan himnos del calibre de “On the Turning Away”, le permitió superar en ventas a su antecesor. Así que tras encontrar en los megatours una nueva veta creativa y económica (lo que quedó en evidencia nuevamente en 1994), Pink Floyd entró de vuelta a la sala en 1993 para registrar su último álbum de estudio, el ya mentado The Division Bell.

 

Casi una década después del ingreso en el Salón de la Fama del Rock and Roll de este fan de los Beatles (confesó recientemente que siempre quiso ser uno de ellos), Pink Floyd, incluyendo a Waters, se reunió en 2005 para actuar en el festival Live 8. Esa aparición impactó en las ventas de su recopilatorio Echoes: The Best of Pink Floyd (lanzado en 2001) en un 1.343 por ciento, dinero que a partir de una propuesta de Gilmour fue donado a organizaciones de caridad y ONG. Y es que justamente una de las cualidades más conocidas del multiintrumentista, quien colaboró a lo largo de su trayectoria con figuras de la talla de Paul McCartney, Pete Townshend, Grace Jones, Bob Dylan, Supertramp o Elton John, es su militancia filantrópica. Generosidad que también se refleja en sus recitales, famosos por su longevidad, al igual que por repasar su obra solista y revisitar a Pink Floyd. Por lo que su estreno en Buenos Aires será toda una cátedra sobre cómo la música es capaz de emular el delicado sonido del trueno.