Lulu nos cuenta sus experiencias al otro lado de la Cordillera, donde además de hacer shopping furioso se puede visitar barcitos increíbles, galerías de arte y hasta correr maratones en pareja. 

  

Son infinitos los motivos que nos llevan de viaje. Son fugaces las escapadas en las que los días no llegan a contarse con una mano. Son hábiles los que antes de partir programan su estadía para aprovechar al máximo cada momento.

 

Como viajera frecuente, opto por estar del lado de los que programan: elijo arrancar un viaje con información y consejos previos, me anticipo a lo que viene y lo adapto dependiendo de con quien aborde la aventura. En este caso, viajé con mi marido, que hace que este destino se torne distinto a ir con amigas (con las que seguro me la hubiera pasado de compras).

 

Después de 12 años volví a Santiago de Chile en pareja, con los días contados para actualizarme al gran cambio que modificó y potenció a la capital de Chile. La excusa fue la maratón We Run Santiago, donde nos animamos a desafiarnos corriendo nuestros primeros 21 k.

 

Es impactante recorrer una ciudad corriendo, no deberían descartar nunca esta opción a la hora de viajar, o bien hacer ese recorrido en bici, lo que siempre da una perspectiva diferente y fresca del lugar en cuestión.

 

Las compras –tan codiciadas en esta ciudad–, el shopping y la posibilidad de vestirte con marcas internacionales pasaron a segundo plano, ya que este plan en pareja no es la mejor combinación.

 

 

 

Con este pretexto adaptamos el recorrido y conseguimos disfrutar de un Santiago de librerías, galerías, paseos, gastronomía y espíritu local digno de compartir para todos aquellos que emprendan esta aventura con su media naranja.

 

En primer lugar, elegimos hospedarnos lejos del centro, buscamos un lugar residencial y tranquilo, como Vitacura, sobre la avenida Nueva Costanera, donde hay excelentes cafés, heladerías y restaurantes para una buena degustación de mar. 

La zona se presta para el paseo constante, dado que a pocas cuadras se encuentra el parque Bicentenario y en una esquina su restaurante típico, El Mestizo, hecho totalmente en piedra. La zona está en auge, por lo que actualmente se ve colmada de pequeñas tiendas de deco y un nuevo centro comercial tranquilo y al aire libre, una experiencia diferente a los típicos malls.

 

Las librerías son imperdibles, ya que cuentan con grandes selecciones de todo el mundo: ahí podés encontrar ediciones de arte, diseño y moda cosmopolita y de vanguardia. Puntualmente, en Mil Aires, situada en la calle Alonso de Córdova, se encuentra una gran y exclusiva selección de cultura visual contemporánea. 

 

En cuanto a la noche, o mientras cae la tarde, es imposible perderse tomar algo en las terrazas donde se aprecia la Cordillera y las vistas de la ciudad. Las dos mejores terrazas de Santiago, me atrevo a decir, son las del hotel NOI y el W, con su mágica pileta de vista infinita a la Cordillera.

 

También salimos en busca de la identidad chilena, que no es tan fácil de encontrar en medio de tanta información internacional. Así, visitamos Bellavista, recorrimos cada rincón de la casa del gran Neruda, leímos sus poemas en el Parque Forestal, tomamos un café en el castillo que lleva el mismo nombre y terminamos probando los mejores platos locales en el mercado central, donde sin duda se encuentra ese típico espíritu de mar y montaña.

 

Por último, están las visitas a las galerías de arte, que son también un gran canal para conocer más acerca de la cultura local. Estas van rotando y por lo general presentan artistas chilenos o latinoamericanos. Entre todas destaco la de Isabel Aninat y Patricia Ready. 

 

Tomen nota: ahora ya saben que sí se puede disfrutar Santiago con una mirada desinteresada en las compras. Aunque una vuelta por el H&M no le haga mal a nadie.