Con una trayectoria vasta e impecable, este actor de 54 años está conociendo la fama grande gracias a su interpretación televisiva del secuestrador y asesino Arquímedes Puccio. En esta entrevista, comparte el recorrido público y personal que lo trajo hasta aquí.

 

Alejandro Awada siempre estuvo ahí, agazapado como un pavo real aguardando a que los leopardos y las tigresas se distraigan para salir, desplegar sus plumas y ostentar todos sus colores. Y ese momento tan anhelado llegó a sus 54 años de la mano de uno de los personajes más detestables que le podía tocar interpretar: Arquímedes Puccio. Secuestrador y asesino, ese hombre macabro significó algo positivo en la vida de una persona. Por esa interpretación, Awada recibió el reconocimiento masivo de público, prensa y colegas, quienes coincidieron como pocas veces ocurre.

 

 Finalizada Historia de un clan, se embarcó en el rodaje de su próximo film, Resentimental, una comedia con Lucila Polak, Brenda Gandini, Fabiana García Lago y la voz en off de –otra tigresa, claro–, Graciela Borges.

  

 

–Venís de papeles muy difíciles, ¿el cuerpo te pedía comedia?

 –No, lo que me está pidiendo el cuerpo a gritos es hacer teatro. Esto tiene que ver con la salud si querés, ¿entendés? A mí el teatro me hace bien intelectualmente, físicamente. Es muy probable que a partir de marzo comience la cosa. El cuerpo me pide trabajar y también me pide descansar.

 Lo que estoy aprendiendo es que cuando toca el trabajo, me entrego por completo; y cuando toca el descanso, en la medida de mis posibilidades y dificultades, me entrego por completo. 

  

–¿Es verdad que esperabas este reconocimiento de la gente por la calle?

 –Es con lo que soñé desde el inicio de mi carrera; ser un actor reconocido, no me atrevo a decir popularmente pero sí reconocido con amplitud. Y eso está sucediendo. Lo precioso que sucede es que ese reconocimiento viene de la mano de valorar el trabajo. Esto es lo que siempre soñé: un trabajo bien hecho que sea valorado por el público, eso es lo que me hace sentir tan a gusto y tan orgulloso por lo realizado.

  

–El Chino Darín también hizo un gran trabajo. ¿Fue una sorpresa para vos?

 –Para mí no porque lo vengo viendo crecer desde hace unos cuantos años y de una manera que me llena de felicidad. Es alguien que ya comprendió de qué se trata nuestra tarea y la realiza con mucho talento, honestidad, con un gran compromiso emocional e intelectual y con mucha calidad. 

 Y entiendo que va a ser uno de los grandes actores de la Argentina con los años. El Chino está viniendo.

  

–Qué difícil siendo “el hijo de”, ¿no?

 –No, él no es el hijo de. Él, seguramente por ser el hijo de, comprendió que tiene que recorrer su propio camino.

 

 –¿Es lo que le enseñaste a tu hija, también actriz? (N. de la R.: Nai, de 21 años.)

 –Sí. Ya está claro entre ella y yo. Nai está trabajando desde hace cinco años y en sus primeros trabajos entendió que es su camino, su recorrido, su tránsito, su experiencia. Yo puedo escuchar, opinar.

  

–¿Qué ves de vos en ella?

 –No, ella es mucho mejor que yo. Es mejor persona, es más luminosa, más inteligente, más sensible. Es mejor actriz.

 

 –¿Eso lo dice el padre o el actor?

 –No, objetivamente te lo digo. Si sigue evolucionando como viene evolucionando, me va a pasar el trapo sin ningún inconveniente. Lo que más me gusta es que ella haya encontrado su vocación, que la ame como la ama y que lo haga bien. Supongo que lo hace bien porque la ama profundamente.

  

–Como el padre.

 –Yo amo profundamente y estoy muy agradecido a mi profesión. Supongo que me gané el amar la profesión y –que se entienda bien– sentirme amado por la profesión. Me lo gané creo que de obstinado, de buscarle mucho la vuelta, de hacerme cargo de todos los miedos, las vergüenzas y que eso no me paralice sino que sea “motor para…”, ¿no? Sin esconder el miedo, “Venite conmigo, miedo, pero avancemos”. Eso sí, hace tiempo que el deseo es mucho más poderoso que el miedo. Ya no me detiene, antes sí lo hacía.

  

–¿A qué se lo atribuís eso? ¿A una madurez personal o profesional?

 –No, yo soy un hombre que sigue teniendo miedo, eh. Pasa que ya entiendo que son fantasmas, entonces los observo, los escucho, pero no les doy bola. Igual me producen incomodidades y a veces angustias, pero entiendo que son construcciones mentales. Otra cosa es el miedo real. Cuando el miedo es contundente y se parece al pánico, ahí sí me paraliza, no doy ni un paso. Pero cuando se trata del miedo construido por mi cabeza, ya sé de qué se trata. No me perturba, no me frena. Me inquieta, me molesta, pero no hace que me quede quieto. Ya son 54 años, si esa no la entendí…

  

–Pasan muchas cosas adentro de esa cabeza, ¿no?

 –Pasan cosas lindas y hay ruido también. El ruido ya lo escucho y sé que es ruido. Las cosas lindas, trato de ofrecerlas.

  

–Parecés un hombre tan complejo y tan simple a la vez…

 –Está bien, es una buena definición.

  

–…pero da la sensación de que adentro de tu cabeza están pasando millones de cosas más de las que expresás.

 –Sí, bueno, pero eso lo entiendo como parte de lo humano. Hay un laburo inmenso en mí para poder estar de una manera relajada y quieta acá y ahora, estar conectado con tu mirada y tus palabras y que no exista nada más. Yo estoy un rato, y después viene el barullo, después el barullo me lo quito y vuelvo a conectar y vuelve el barullo y es así… Lamentablemente, no puedo estar, aunque lo deseo, conectado sencillamente acá y ahora, hay barullo en mi cabeza.

  

–¿Por eso hace 30 años que hacés terapia?

 –Y un poquito más también.

  

–¿Podemos decir que es la relación más estable que tuviste en tu vida?

 –Correcto (amaga a reírse). Siempre el mismo, lo admiro profundamente. Ese es mi lugar de comprensión y de evolución. A mí la terapia me sacudió todos los piojos. Y los que me van quedando los irá sacando a lo largo del tiempo. Comprendo cosas que me hacen ser mejor persona. Porque yo quiero ser mejor persona, quiero pasarla cada vez mejor. Y en ese sentido la terapia para mí es fundamental. Te lo digo con esa palabra: fundamental.

  

–¿Sos muy sensible? Parecés muy duro a veces.

 –Parece que sí, soy sensible. Lo otro es una coraza. Lo que me está gustando es ser un poco más sobrio, que no significa ser duro como lo he sido, tenso como lo he sido; sino más sobrio, más relajado. Yo no sé adónde llego, entonces llego quieto, tanteando. Ahora, cuando el espacio lo conozco y me recibe un amigo, me le tiro encima y la pasamos bien. Y es cierto también que estoy menos serio y más sociable.

 

–¿Hay algún talento oculto que no conozcamos? ¿Hay en Alejandro Awada un gran cocinero, un deportista? 

–No, lamentablemente no. Soy un mediocre asador. Me salen bien los fideos con alguna salsa. Y siempre fui un mediocre deportista, lamentablemente. El golf me apasiona pero no tengo talento. Es un deporte integral con el que se aprende mucho de la vida y del comportamiento humano, porque sos vos y las circunstancias. 

 

–Lo compartías con tu padre, ¿no? 

–Sí, él me lo enseñó y me llevó al club de golf y me crié prácticamente ahí. Gracias, papá, por eso. Pienso en el golf y es pensar en mi papá, en estar jugando yo en un hoyo y él en el otro y saludarnos de lejos. Eso era muy lindo.

 

–¿Y qué foto mental tenés con tu mamá?

–Tengo una imagen inolvidable que es mi madre llevándonos a mi hermana más grande y a mí, de la mano, al cine Los Ángeles. Eso sucedía los domingos hace 47 años. Tengo esa foto preciosa, imborrable. Los dos chicos, ella en el medio, yendo al cine a ver todas las películas de Disney.

 

–¿Qué foto pensás que va a tener tu hija con vos?

–Con mi hija hemos compartido mucho. Somos muy compañeros, nos escuchamos. Nos gusta compartir el padre e hija y también la profesión. Si pienso en su infancia, la foto es de ella en el auto y yo manejando, paseando, llevándola a cococho, en las plazas, el tobogán, las hamacas, ir a buscarla al jardín… Un montón de fotos tendrá.