Es un país minúsculo que, técnicamente, forma parte de los Balcanes, pero nada que ver con Drácula ni con sombras amenazadoras. Todo lo contrario: mar de color esmeralda, costas con recovecos para recorrer sin cansarse y relax del mejor nivel.

 

 Desprendida del estallido del big bang que significó la ruptura en neonaciones de la antigua Yugoslavia, Montenegro vio la luz como tal un tiempo después. Fue parte de Serbia y Montenegro hasta hace unos años, cuando, ironías de la historia, en medio de unas Olimpíadas, los atletas participantes debieron dividirse ya que el país original… eran dos.

 

Así, Montenegro es la mínima expresión geográfica de aquel antiguo feudo del mariscal Tito. Pero es una gema. Una gema esmeralda profundo, como el mar que la circunda, que la seduce, que invade sus costas y se retira.

 

 

Montenegro tiene fiordos, una rareza que se asocia a costas heladas, como las de Noruega o Chile. El Adriático aparece y desaparece entre fiordos y montañas verdosas de día, amenazadoramente oscuras cuando el sol se esconde detrás. Es un país que ostenta un pasado noble: durante casi cuatrocientos años formó parte de la Serenísima República de Venecia. Nada menos. Y la arquitectura, la majestuosidad marmórea de sus calles y la abundancia de sus palazzos lo corroboran.

 

 

Kotor, la bahía 

Cuando uno habla de Montenegro casi siempre habla de Kotor. La ciudad y sus alrededores se lucieron con cadencia Bond en la última Casino Royale y todos suspiramos con esas tomas aéreas. Verde el mar, ocre y resplandeciente la ciudadela amurallada, azules las montañas, elegantemente conscientes de su pasado los palacios.

 

Entrar por la puerta del foso y recorrer sus laberínticos pasadizos, descubrir sus sofisticados restaurantes y sus terrazas al fresco es una delicia. Entre los edificios inevitables, la iglesia de San Triphon, la Plaza de Armas y la pequeña pero riquísima en detalles iglesia ortodoxa. De las que fueran casas particulares, el Palacio Ducal y la bellísima Casa Drago sorprenden por lo imponente de sus fachadas y los detalles de construcción. Fuera de la ciudadela, y de cara a la espectacular bahía iluminada, el restaurante Galion es un must por su privilegiada ubicación y su deliciosa comida mediterránea. 

 

 

De paseo 

Kotor es la más importante y turística ciudad de la bahía, pero a bordo de un pequeño yate podés navegar el Adriático y recalar brevemente en la isla Nuestra Señora de las Rocas, construida artificialmente por los marinos de los siglos XIV y XVII, roca por roca, en homenaje a la Virgen. La iglesia es soberbia, y sus interiores, sorprendentes.

 

La ruta termina en Perast, ciudad casi tan importante como su vecina, construida casi completamente en el siglo XVIII, recostada sobre una riviera digna de la Costa Azul, donde el viajero puede disfrutar de la calma de sus calles, sus cafés y la elegancia de su arquitectura.