Su producción es tan escasa como genial y su biografía es la clásica: un joven maravilla que ganó fortunas, las gastó en drogas y alcohol, fue preso, se deprimió y salió del pozo redimido. Volvió al ruedo como si no hubiera pasado nada y otra vez deslumbra con su música.

 

A mediados de los años 90, mientras en una lejana Argentina gozábamos las fake charades del uno a uno, el resto del mundo estaba lastimándose con esos chicos ricos con tristeza del grunge y pasaba de Madonna a U2 de la misma manera que pendulaba de Guns N’ Roses a Backstreet Boys. Un cambalache estilístico donde todo era igual porque nada era mejor.

 

Como habrán notado, no hay ningún afroamericano en la lista y nadie sabía que estaba gestándose la nueva generación de superhéroes negros, esos que irrumpieron a mediados de la década y les patearon el culo a todos los que estaban.

 

Haciéndose carne del legado marcado por Marvin Gaye, Barry White, Isaac Hayes, Al Green, Sly Stone y James Brown, unos cuantos veinteañeros locos tomaron al mundo por asalto y siguiendo los pasos de Prince, el único bastión negro que quedaba en pie junto al interminable Stevie Wonder, dieron vuelta las orejas de medio planeta, del medio planeta que tiene orejas.

 

La lista es extensa: Erykah Badu, Amp Fiddler, Bilal, Raphael Saadiq, Rahsaan Patterson, Gerald Levert, Maxwell, Angie Stone, The Roots, Q-Tip… En fin, artistas que hoy suenan en todas las radios avanzadas del occidente del planeta. Pero hay uno que es mejor que todos: D’Angelo (pronúnciese “Di Ányelo”), el emperador, el rey de reyes, el puto amo, el mesías negro.

 

Nada extravagante hasta sus 20 años, cuando después de un par de producciones para algunos amigos, junto a su hermano, sacó su disco debut, Brown Sugar. Y a la mierda todo lo que creíamos vanguardia.

 

Eso era lo que necesitábamos: una ensalada soul con lo mejor de todos los que hicieron soul desde Smokey Robinson hasta Michael Jackson. 

 

Ahora, a 20 años de esa aparición trascendental, cabría preguntarse: ¿cómo puede ser que un tipo que apenas sacó tres discos de estudio en 20 años, que entre el segundo y el tercero se tomó catorce años sabáticos, nos ocupe más que Prince? 

 

¿Cómo ocurrió que ese negro musculoso que se paseó en bolas por la pantalla de MTV, donde después de prohibirlo debieron sucumbir al clamor popular y pasar el video en alta rotación durante meses, pasó por todas las que se puedan imaginar y parece ileso? Sólo voy a dejar constancia de que en los corrillos donde los musicalizadores, músicos, periodistas, productores, managers y empresarios nos movemos, muchos dicen que su último disco, Black Messiah, es el disco del milenio. Y nadie tiene demasiados argumentos para desmentir semejante desmesura, más allá de que faltan 985 años para que termine y ninguno de nosotros estará allí para averiguarlo.

 

Lo que D’Angelo significa para toda la parroquia es complejo de desentrañar. A sus discos, que son Brown Sugar (1995), Voodoo (2001) y Black Messiah (este año), podríamos sumarles una edición japonesa de uno de sus shows del 97 en el Jazz Café de Londres, tan buenísima que se vendió en todos lados; están también los DVD de sus shows y lo que se puede ver en YouTube y demás plataformas, y están esas grabaciones que aparecen de sus versiones, magnificas, legendarias, de Curtis Mayfield, de Marvin, de Ohio Players, de Smokey Robinson and the Miracles, de Earth, Wind & Fire, de Prince, de Al Green y de Bill Withers, por ejemplo. 

 

Todo eso suma y suma, es un lego encastrado al otro, que juntos van construyendo una muralla china de música destilada por el buen gusto d’angelero.

 

UN LARGO DESCANSO

 

¿Pero que hay de sus 14 años sabáticos? OK, esa joda del video desnudo para MTV terminó jugándole en contra, porque como bien dijo su ex manager: “Para el gran público terminó siendo ese chico que apareció desnudo en MTV”. Y eso no le gustó nada a D’Angelo, que encima se deprimió cuando su amigo Fred Jordan, curiosamente uno de los creativos de MTV, se suicidó apenas aparecido su segundo disco. Ahí comenzó la zona oscura de este relato.

 

La primera ventana que abrió D’Angelo en el bajón fue la de las drogas, algo que terminó arrastrándolo hasta la cárcel. En medio de eso, echó a patadas a su manager; se dejó crecer la panza y dejó los músculos para ver si se dejaban de tratarlo de sex symbol; se separó de su novia de siempre, Angie Stone, una negra rompecorazones que canta como un ángel del Diablo; despedazó su banda y dejó de cantar para dedicarse a gastar en putas, drogas y viajes exóticos los millones que había ganado.

 

Una tarde lo paró la policía y en el baúl del auto le encontró cocaína como para toda Nueva York. En síntesis: a la cárcel un rato y a dudosas rehabilitaciones por un par de años. Parecía que lo de D’Angelo había sido sólo un gran sueño colectivo, lo extrañábamos, pero nos conformaba con algunas apariciones que empezó a hacer acompañando a los amigos que la estaban haciendo grossa.

 

Así, aparece cada tanto en discos de Snoop Dog, de J Dilla, de Common y de Q-Tip. Cuando menos daba algunas señales de vida. Podemos destacar también que si no brilla por su presencia brilla por su ausencia, una ausencia que menguaba la melancolía con discos provenientes de sus sesiones oficiales, así llegaban los Yoda, dos o tres discos con outtakes de Voodoo y Brown Sugar; Lynwood Rose, que son grabaciones piratas de algunos shows a escondidas que brindaba con amigotes en su exilio interior, y las Interpretations, discos con sus covers maravillosos.

 

Y 14 años después de Voodoo aparece en nuestra vida Black Messiah. ¡Gracias, Dios, por tanto! Una nueva banda, The Vanguard, imbatible, con Giuseppe “Pino” Palladino en el bajo, que en los 80 era uno de los Q-Tip, recientemente formó parte de los Who y fue socio de Steve Jordan, a su vez socio de Keith Richards (Palladino fue parte de las bandas de J. J. Cale y Eric Clapton, de Gary Numan, David Gilmour, Elton John, Mark Knopfler, Rick Wright, Tears for Fears, Nine Inch Nails, Jeff Beck, John Mayer y Richard Ashcroft. Pino Palladino es uno de los más geniales bajistas de la historia); la guitarra de Jesse Johnson (de The Time y ex Prince), la batería de Chris Dave (ex Meshell Ndegeocello), Robert Glasper y Maxwell, nada menos.

 

Ellos han hecho un disco que se llama Black Messiah, mesías negro, que muchos consideramos el disco del nuevo milenio. Dueños de corazones solitarios y un sonido inapelable, indiscutible e impresionante. Aclamado por la crítica y adorado por el gran público, D’Angelo no para y ya anunció que se viene un nuevo trabajo con The Vanguard. 

 

De alguna manera podemos considerar la aparición de D’Angelo and the Vanguard a la altura de la aparición de Prince and the Revolution en los 80, una patada en el pecho a puro soul, la sensación de venir caminando por la vereda del sol fumando y que te lleve puesto una bicicleta que viene a los pedos. Eso produce Black Messiah. Por favor, tengan cuidado con estos negros. Aviso. Buenas tardes y saludos para la parroquia.

  

 

MUCHOS DICEN QUE BLACK MESSIAH ES EL DISCO DEL MILENIO. Y NADIE TIENE DEMASIADOS ARGUMENTOS PARA DESMENTIRLO, MÁS ALLÁ DE QUE FALTAN 985 AÑOS PARA QUE TERMINE Y NINGUNO DE NOSOTROS ESTARÁ ALLÍ PARA AVERIGUARLO.