Algunos buscan entretenerse usando el cuerpo, otros prefieren extraños caprichos arquitectónicos. ¿No se entiende? Para aclararlo no hay más remedio que leer a estos dos jóvenes autores, que desbordan imaginación y excelente prosa.

 

 

Sexo, sexo, mucho sexo. Los cuentos de Violeta Gorodischer están atravesados por un impulso preciso: El Deseo, con mayúsculas. Ya sea un artista flirteando con su galerista, una chica saltando de una relación a otra o una pareja intentando escapar del tedio (y quizá tener un hijo en el intento), lo que une a muchos de los personajes de Sueños a 90 centavos es un apetito sexual asumido, sin ambages, permisivo. La promesa de diversión en las ganas entre dos cuerpos. Después de su novela Los años que vive un gato y el libro de crónicas Buscadores de fe, este es el primer volumen de cuentos de esta autora porteña nacida en 1981, que fue premiado por el Fondo Nacional de las Artes por un jurado integrado por Guillermo Saccomanno, Mariana Enríquez y José María Brindisi.

 

Gorodischer es una observadora entrenada del universo masculino y en especial del mundo gay, al que ya desde su primera novela supo asomarse con precisión de etnógrafa. Son detalles, contraseñas chiquitas, pero que en contexto magnifican su peso. Gorodischer sabe mirar. Sobre todo a los varones. El cuento que da nombre al libro está emparentado con la novela La soberbia juventud, del chileno Pablo Simonetti (que ya recomendamos en este espacio), con sus galerías de arte, sus artistas y su elite gay: la tríada nunca armoniosa de sexo, riqueza y poder. Y fuera de esta clave, hay un cuento que vale la pena destacar: “Antonio”, un relato en el que los protagonistas no son jóvenes ni bellos ni con apetitos sexuales desbocados sino un matrimonio de viejos que hace décadas que están juntos. Él tiene un deterioro corporal mucho mayor, con dolores que dan cuenta de un desgaste inevitable, mientras “ella todavía puede subir y bajar, y subir y bajar de nuevo, las veces que sean necesarias”. A su edad, a él lo desespera esa movilidad dispar, que en su caso parece decrecer con mayor velocidad y que deja al descubierto lo más mezquino de la vejez.

 

Con guiños generacionales que exhiben ciertas marcas de época, los cuentos ponen en primer plano las diferencias de clase, el machismo, el racismo latente, todo con la apariencia inofensiva de espiar en vidas acomodadas, apenas amenazadas. Su mirada no es apacible sino cruda, descarnada, muchas veces violenta. Tanto como la cultura de aquellos a los que mira: desde los chicos de un colegio privado con ritos de iniciación vejatorios (“El retiro”) hasta la clase media deseosa de experiencias trascendentes (“Exilio naturista”). 

Nadie parece inocente. Y, seguramente, nadie lo sea.

 

GOOD NIGHT, MR. PRESIDENT

Esperar en la escalera que el picaporte gire, la puerta de entrada se abra y el presidente entre en su casa. Esa es la secuencia que más espera, divierte y altera al protagonista de La habitación del presidente, de Ricardo Romero, escritor nacido en 1976 en Paraná, Entre Ríos, también autor de El spleen de los muertos e Historia de Roque Rey. Su última novela cuenta el día a día de una familia a través de la mirada de su hijo del medio, un chico cuya casa –como las demás del barrio– tiene una particularidad: un cuarto perfectamente acondicionado que sin embargo nadie usa porque es “la habitación del presidente” que da nombre al libro. La acción (o más bien su falta) transcurre en una sociedad apenas corrida del registro de lo real, en la que está prohibido construir casas con sótano por las cosas espantosas que en una época allí solían pasar (y que, a falta de explicitaciones, uno tiene que imaginar). Una novela corta que puede ser leída como un experimento literario en el límite de lo fantástico, que también desde la diagramación –con páginas con apenas un par de oraciones que parecen flotar entre los párrafos– coquetea con la poesía. La historia entera pasa por la cabeza de este chico, obsesionado por los modos posibles de habitar los espacios y también por una pregunta que aparece ya en la primera página: “¿Por qué todo debería ser pensable?”. Sin embargo, piensa en varias cosas. Por ejemplo, en las medianeras: en el horror que supone que una pared sea de dos casas a la vez y en el infierno aun peor de los edificios, en los que también los suelos y los techos son “medianeras”.

 

La novela es también una reflexión sobre el poder, sobre cómo convivir con algo extraño (un presidente que puede llegar de improviso pero del que no se debe hablar) dentro del espacio que se supone conocido.

 

Cuando los discursos del poder entran en nuestra propia casa, decididos a quedarse. Y cuando lo más perturbador está precisamente en lo que resulta familiar.