Nuestra esencia es de naturaleza espiritual, por lo que cualquier decisión que tomemos debería inclinarse hacia el desarrollo y la evolución de nuestra espiritualidad, tanto individual como colectiva.

 

Si las decisiones que se toman no nutren a nuestro espíritu, nuestra existencia no tendrá sentido profundo y la viviremos con un vacío que nos alejará del encuentro con la verdadera evolución del ser. El problema radica en que nuestra sociedad, basada en principios materialistas, propone que el ser humano decida “racionalmente”. De ese modo, las elecciones personales quedan limitadas a un esquema surgido de estrategias de marketing establecidas para retroalimentar el consumismo en el que se basa el sistema.

 

Así es como se produce en la conciencia un efecto contrario al esperado, porque si se considera al individuo como un sujeto que funciona como una computadora que toma decisiones preestablecidas, se lo está conduciendo a reorientar su camino evolutivo.

 

RACIONALIDAD VS. ESPIRITUALIDAD 

 Los grandes estrategas del marketing comenzaron a considerar la posibilidad de abandonar las viejas teorías para empezar de cero con una nueva (y más humana) visión, apoyada en los valores y principios básicos de la espiritualidad.

 

Cada día podemos vernos enfrentados a tomar unas diez mil decisiones: desde asuntos menores, como qué marca de café comprar, hasta cuestiones de mucha importancia, como dónde y con quién vivir. La mayoría se resuelve en las inexploradas profundidades de los sentimientos y no en racionalizar las opciones.

 

El hartazgo y la presión que implica “vivir racionalmente” han comenzado la metamorfosis hacia una manera de decidir basada en la satisfacción que provoca la elección interna. 

 

Frente a la deshumanización del sistema y los perjuicios que genera, el ser humano empieza a comportarse como la antítesis de la racionalidad y navega en sus emociones como un GPS de la evolución, dirigiéndolo hacia las elecciones que tienen un sentido más hondo y de auténtica satisfacción personal. El despertar de conciencia es la clave, porque orienta las elecciones hacia el propósito espiritual de la vida.

 

Toda crisis trae consigo un planteo profundo, y el ser humano empieza a darse cuenta de que la estructura sobre la que apoya su civilización está derrumbándose. Es el momento de empezar de nuevo, desde uno mismo, de retornar a la naturaleza, que es la fuente de la vida, renacer desde adentro hacia fuera y no al revés, como plantea el sistema basado en el consumo.

 

El materialismo ha terminado por consumir al consumidor, olvidando que la razón no manda sobre la emoción y que esta es guiada por la sabiduría del espíritu. El espíritu no responde a la racionalización sino a la inteligencia emocional. Es tiempo de conocer individualmente el proceso evolutivo-espiritual por el que hoy comienza a transitar la humanidad con el fin de contagiar desde el proceso personal la metamorfosis de carácter grupal.

 

La comprensión de las situaciones que se presentan en la vida diaria como desafíos nos muestran el camino hacia el desarrollo personal dentro de un cambio colectivo que se expresará exponencialmente al alcanzar una masa crítica capaz de producir una influencia sutil sobre la conciencia planetaria.

 

 

 

CADA ELECCIÓN ES UNA ELECCIÓN ESPIRITUAL

Nuestra vida está inserta en una realidad única, manifestada como un todo indivisible, por lo que nuestro sentido existencial se basa en descubrir e interpretar dicha realidad en función de nuestras elecciones y decisiones personales. Todos los seres humanos podríamos llegar a interpretar una misma realidad, pero siempre mediante la experiencia personal. Aunque sea de forma sutil y cuántica, todos estamos conectados, y a partir de este misterio se presenta uno de los mayores desafíos de la existencia: alcanzar la unidad de criterio y conciencia partiendo de la libre elección individual.

 

Segundo tras segundo, la experiencia personal se entrelaza con distintos actores de la realidad para manifestarnos su implicancia como orden conjunto. Cuando lo implicado se experimenta, da como resultado un valor que se convierte en aprendizaje. 

 

Cada ser vivo es un experimentador de la realidad única, pero cada decisión personal conforma una realidad propia, por lo que cada individuo conforma un pedacito de realidad, así como los píxeles construyen una imagen de televisión. El gran desafío radica en la dependencia de unos y otros, porque juntos somos la “imagen” denominada “humanidad”. Cada decisión que tomemos influirá al conjunto, por lo que la responsabilidad de la libre elección debería estar sujeta a la conciencia que defienda el bien común; es ahí cuando el amor al prójimo debe ser equivalente al amor que se siente por uno mismo. Desde la óptica del amor todo se ve más claro y con mayor definición. Las elecciones se hacen más claras cuando se sabe que el servicio al semejante es en verdad un servicio a uno mismo.

 

Cambiar la perspectiva de observación nos permite no vernos como un píxel sino como la imagen entera, porque ya no observamos la realidad desde el plano donde todo es confuso. Cuando se alcanza una mirada espiritual y elevada, se logra ver la totalidad; de esta forma la realidad cobra otro significado. Es ahí cuando se alcanza la conciencia colectiva que permite al ser fusionarse con la inmensidad espiritual de la experiencia como nunca antes. Se produce una sensación liberadora, alegre y expansiva.

 

El amor es la guía, porque el sentimiento supremo libera, cambiando la forma de sentir, de pensar y de actuar. Conduce al ser a una mayor autovalía, al desarrollo de los objetivos. Así, el verdadero ser en evolución se libera de las ilusorias ataduras del sistema, salvándose a sí mismo y salvando a otros con su propio logro. No es un cliché espiritual de libro de autoayuda, sino la única forma válida para que la experiencia humana logre trascender sus propias limitaciones. Se trata de promover las condiciones que hagan bien a uno, a los otros y al mundo. Se busca, por lo tanto, una mayor calidad de vida para todos por igual, sin dependencia del sistema materialista, bajo la guía de un orden que establezca la reciprocidad, decidiendo conjuntamente por mejores relaciones humanas, mayor desarrollo de nuestro potencial, incremento de la justicia, erradicación de la pobreza, el hambre y la violencia, estableciendo la paz como condición natural de la existencia.

 

Cuando se alcance el objetivo, finalmente habremos entendido el valor que representa el tomar las decisiones a tiempo.

 

 

Cada individuo conforma un pedacito de realidad, así como los píxeles construyen una imagen. El gran desafío radica en la dependencia de unos y otros, porque juntos somos la “imagen” denominada “humanidad”.