EL AUTOR DE “COCAINE” FUE UN ARTISTA SIN ESTRIDENCIAS, DUEÑO DE UN ESTILO INIMITABLE QUE BRILLABA CON ARREGLOS SIMPLES Y ACORDES REFINADOS. DE PERFIL BAJÍSIMO, CUANDO LA FAMA GOLPEÓ A SU PUERTA SE REFUGIÓ EN SU CIUDAD NATAL. AHÍ SE QUEDÓ PARA SIEMPRE EL HOMBRE A QUIEN LOS ENTENDIDOS PONEN JUNTO A JIMI HENDRIX ENTRE LOS GUITARRISTAS MÁS INFLUYENTES DEL ROCK ESTADOUNIDENSE.

 

Todos conocen a J. J. Cale por “Cocaine”. Algunos conocen a J. J. Cale por Eric Clapton, quien siempre lo nombró entre sus mayores influencias. Otros lo conocen porque alguna vez lo escucharon, quizás de puro pedo, y es como un virus contagioso y penetrador… quiero decir que si lo escuchás, algo te pasa. Y hay un montón de personas que no lo conocen. Pobres diablos. Pero los peores de todos esos seres son los que lo confunden con John Cale, el socio de Lou Reed en Velvet Underground y el maestro de la música dodecafónica. Lo más loco de todo es que Cale y Cale están en las antípodas, mientras John era uno de los parroquianos de la Factory neoyorquina de Andy Warhol, J. J. probablemente ignorara que existía. No Warhol, sino Nueva York.

 

J. J. Cale nunca se movió del triángulo formado por Los Ángeles, Oklahoma y Texas. Oriundo de Tulsa, Oklahoma, nacido a fines de 1938, cuando terminó la secundaria fue alistado en el ejército, donde trabajó por primera vez con cables y aparatos de comunicación. Vuelto a casa, se armó un estudio y con sus vecinos –Leon Russell y David Gates– hizo algunas bandas de garage intrascendentes. Entonces, se mudaron a Los Ángeles y empezaron a encontrar algunos cómplices musicales de variado colorido.

 

Ahora bien, ¿qué tenían de especial estos chavales para encarar una carrera musical en esos años tan fértiles, artísticamente hablando (tengamos en cuenta que eran contemporáneos a The Beatles, Beach Boys, Frank Sinatra y Miles Davis, por ejemplo)? Nada demasiado especial. Crecidos en el country, llegaron a detestar el ambiente country básico de semiobesos traga-hamburguesas vestidos de cowboys que bailaban todos igual al mismo tiempo. Ellos eran más cercanos a los Beatles y a Sinatra que a Hank Williams. Pero el haberse formado en la country music les daba unos acordes raros que llamaron la atención de todos los avanzados de la época. 

 

Así fue que David Gates formó parte de Bread, baladistas fenomenales convertidos en una especie de Crosby, Stills, Nash & Young para teens, y después se transformó en un solista del montón de solistas romanticones sementeros. Distinto fue el camino que tomó Leon Russell, que, con un look de cowboy ermitaño y dueño de una técnica singular como pianista y compositor, enseguida llamó la atención de Bob Dylan, George Harrison, Gram Parsons, Joe Cocker, George Benson, Elton John, Frank Sinatra y Eric Clapton, entre otros, quienes lo contrataron para sus bandas en algún momento o versionaron sus magníficas canciones. Leon fue el pianista de Mad Dogs & Englishmen, los perros rabiosos que hicieron giras y álbumes formidables, en gran parte gracias a él. 

 

Pero J. J. tomó otro sendero, su estilo fue copiado por Mark Knopfler, Dylan y Clapton sin ninguna vergüenza. Empezó grabando un simple de prueba para Liberty (muy fuerte en esos años; fue el sello de Creedence, por ejemplo): “After Midnight”, una canción que no encajaba en nada de lo conocido hasta ese momento. La canción pasó inadvertida para el público pero no para los músicos y los iniciados. No pasó nada con J. J. Cale hasta que Eric Clapton decidió hacer su versión de “After Midnight”, elevando la canción al cielo. Ahí sí todos miraron para el costado, donde estaba apoyado J. J. Cale, y empezaron a darle bola. Poseedor de una fobia social galopante, J. J. entonces volvería a Tulsa y no saldría nunca más de allí. 

 

Lo más valioso de Cale era que brillaba más por su ausencia que por su presencia, que se plasmaba solamente en algunos shows minimalistas. Nadie sabía mucho de él: nunca participó de festivales, jamás dio una nota para Rolling Stone. Una vez lo llamaron del show de Dick Clarke, el primer late-night famoso en los EE.UU., y se negó a participar porque le pidieron que hiciera un playback. Se fue ofendido de la reunión y listo, los mandó a tomar por culo con una arrogancia y un estilo frente a los que no se pudo hacer otra cosa que amarlo.

 

Recientemente, Neil Young declaró que J. J. Cale y Jimi Hendrix fueron los guitarristas más influyentes del rock estadounidense. Un ejemplo de artista sostenido en su carrera a fuerza de talento compositivo y un estilo para tocar y sonar en su propio estudio que lo hacía inalcanzable para los demás. Una especie de Prince del estilo Tulsa, su creación mayor. Un estilo que muchos intentaron transitar y que, al no ser J. J., los destinó al fracaso más vulgar. Él es el único Tulsa-man, él fue el puto amo al que todos miraban con admiración y respeto. Grababa y producía sus discos, una colección fuera de todo catálogo. Discos hermosos que no ofrecían revancha.

 

Para los orientales, original no es el que hace algo primero, sino el que no se puede imitar. Eso era J. J. Cale. Si querías ver sus recitales debías viajar inevitablemente a Tulsa, a Austin o a Los Ángeles, como cosa exótica. Aunque cada tanto se daba una vuelta por el Bottom Line de Nueva York, más que nada para tocar con sus amigos.

 

La guitarra más arrastrada del rock, cantaba bajito como los de la bossa nova, siempre vestido como cualquiera: camisa, remera, jeans y texanas, jamás se peinó y menos se arrodilló en el escenario para un solo, aunque ameritaba.

 

Su prestigio se cimentaba con esa presencia fantasmal que ejercía, su fama crecía basada en las versiones que tipos como Clapton hacían de sus temas: “Cocaine”, “Tulsa Time”, “Crazy Mama” y “Magnolia”, que recientemente grabaron Beck y Band of Horses.

 

Cale desertó de este sueño que es la vida hace un par de años, a los 74. Cuando le pidieron a Eric una semblanza, respondió “It’s all about finesse”. Nada para agregar.

 

Sabiendo que ya tenía número para llamar a las puertas del Cielo, de grande se prodigó algunos gustos: viajó a Londres para tocar en los teatros más reputados y hasta fue invitado especial en el show de Jools Holland; hizo un gran documental con su viejo goodfella Leon Russell, haciendo un fifty-fifty maravilloso de sus creaciones, y hasta le cumplió el sueño a Clapton de grabar un disco con sus últimas canciones. Road to Escondido se llama, justamente, el álbum. Escondido era el lugar de J. J. Cale en el mundo y hacia allí tuvo que viajar Eric para tocar con él. 

 

Rock sin explosión, sin estridencias, sin un fucking grito. J. J. Cale y su voz gastada, su guitarra eterna (que si no fuera de él, serviría para dar lástima), sus jeans y sus botas que siempre parecen estar pidiendo el cambio. Arreglos simples, acordes refinados, un dechado de buen gusto siempre.

 

J. J. Cale se murió pero quedó su música, sus discos y las respetuosas versiones de sus canciones en manos de Santana, que hizo “Sensitive Kind”; Johnny Cash; Lynyrd Skynyrd; John Mayer; Asha Puthli; Tom Petty; Mark Knopfler; Nazareth; The Band y cientos de músicos más. Aun hoy pongo sus canciones en la radio cuando necesito retomar alguna ruta perdida de la manera más eficaz y refinada.

 

Una de las razones por las que siempre adoré la música de J. J. Cale es espiritual, como esas bebidas espirituosas: su música suena hermosa sin excepciones. Y lo más loco es que podés poner una canción de su primer disco, Naturally, de 1972, o del último, Roll On, de 2009, y podrían intercambiarse sin esfuerzo. Siempre hizo la misma y era el único que podía hacerlo. 

 

Lo extraño fuerte a J. J. Cale, tanto como a George Harrison o a Lou Reed.

 

Buenas noches, un beso para todos.