Desde John y Yoko hasta Caitlyn Jenner, inmortalizo a todos. Es la cronista visual indiscutida de la cultura contemporanea gracias a una estetica de lo sensible que tiene su correlato en una vida apasionada que vale la pena conocer.

 

 Un simple vestido blanco, sólo eso se ve de lejos. Annie desafía la distancia hasta pegar su nariz contra el vidrio que custodia la prenda y en ese instante descubre los pequeños detalles, sus botoncitos de alabastro, las delicadas alforzas sobre el torso, ciertos ornamentos secretos. Piensa que para el resto del mundo nada de eso importa, pero para la poeta Emily Dickinson, que usó ese vestidito como un lujo privado reservado a la oscuridad de un cuarto donde escribió toda su obra, los detalles eran un modo de sentirse viva.

 

Annie piensa en la soledad de Dickinson, quien durante años miró el mundo a través de una ventana. Y recuerda otras, las del auto familiar con el que recorría junto a sus cinco hermanos las rutas salvajes estadounidenses mientras su padre militar era trasladado en un viaje interminable. Por aquel entonces todos la llamaban Anna Lou y miraba el mundo a través de las ventanillas de un Ford. Las imágenes en movimiento parecían fotogramas de un rollo sin principio ni final. La fotografía era un escape perfecto, un punto fijo dentro de esa vida repleta de mudanzas. Años más tarde recordaría su infancia con estas palabras: “La cámara era como tener un amigo de verdad. Te daba licencia para explorar y una razón para existir”.

 

Vuelve a mirar el vestido de Emily y se transporta a otras visiones, esas que la quemaban con cada contorsión de Mick Jagger. Rememora las estrofas que salen de esa boca como una invitación al sexo, recorre los cuerpos afiebrados de los fans, registra la adrenalina incontenible de una gira stone, pero no escucha ni un solo acorde; no hay lugar para el sonido, la visión la consume en una hoguera. Sigue siendo Anna Lou sólo para su madre. Para el resto, la mujer que mira es Annie Leibovitz, la fotógrafa más famosa del mundo.

 

Inmortalizó a todos: rockstars, actores, políticos, mediáticos e intelectuales. Tuvo como mentor a Hunter Thompson, sacudió a Rolling Stone, Vanity Fair y Vogue con sus tapas icónicas, se zambulló en Sarajevo para descubrir el dolor de la guerra y luchó su propia batalla contra la cocaína. Ganó premios que todos envidian, disertó en lugares que codiciarían mandatarios, pintó a los Blue Brothers de azul, sumergió a Whoopi Goldberg en leche para desafiar al racismo, proclamó descaradamente la sexualidad rabiosa de una embarazadísima Demi Moore y mostró la verdad bajo el rostro de Caitlyn Jenner.

 

Para sus producciones pidió helicópteros, orquestas, carruajes, grúas y miles de rosas que despeinó con sus propias manos para cubrir el cuerpo de Bette Midler. Recorrió el mundo, vivió el fuego revolucionario de los 70, la loca sensualidad pop de los 80, el consumismo descarnado de los 90 y la pasteurización tan políticamente correcta de nuestros días. Tuvo todo, lo perdió en un mar de deudas y volvió para atreverse a ser madre con casi 60 años. Estuvo en todas partes y ahora está ahí, frente a un vestido de Emily Dickinson que la hace llorar. Desenfunda su cámara digital y fotografía cada botón, penetra todas las sombras sobre ese género blanco que le recuerda a sábanas usadas por otros amantes. Regresa en el tiempo a esa última sesión con John Lennon en la que Yoko Ono se negó a desnudarse.

 

Repasa su atuendo negro como un presentimiento y la desnudez tan vulnerable de John fundiéndose en el cuerpo de su mujer. Cuatro horas más tarde Lennon fue asesinado y esa última foto, nombrada “La piedad de nuestra época” por Jann Wenner, el fundador de Rolling Stone, fue tapa sin ningún título, porque ante una tragedia las palabras quedan suspendidas en el vacío.

 

La muerte de un ser amado no se puede nombrar y Annie lo sabe, por eso está en el cuarto de Emily fotografiando el silencio para su libro Pilgrimage, un recorrido personal y misterioso por los lugares que influyeron en su vida, las casas donde habitaron los fantasmas de Virginia Woolf, Elvis Presley, Freud o Georgia O’ Keefe. Casas vacías que gritan recuerdos. Las gafas metálicas de Woolf desmayadas sobre el escritorio, los pasteles que Georgia hacía con sus manos y guardaba en un pastillero muy parecido al que usaba Mick Jagger durante sus giras frenéticas, los guantes que Lincoln llevaba escondidos en su bolsillo la noche en la que lo asesinaron.

 

Todos siguen viviendo tras esas paredes. Lo estremecedor de la vida es que ni la muerte puede detenerla.

 

 

De pronto se da cuenta de que Prilgrimage no es su proyecto, sino el eco de otro sueño, ese que fantaseó junto al amor de su vida. Leibovitz y Susan Sontag –una de las más grandes intelectuales de nuestro tiempo y pionera de la causa feminista– fueron pareja durante 16 años pero nunca vivieron juntas: tenían departamentos enfrentados para verse desde la ventana, como dos amantes furtivas. Susan supo encender a Annie, la animó a tomarse vacaciones del estrellato y hundirse en el horror de la guerra, a tomar posición frente a la vida, a hacerse cargo de su punto de vista y tomar conciencia de género. Junto a ella aprendió que el verdadero rocanrol era atreverse a vivir según sus propias reglas. Sontag era dueña de todas las palabras y Annie de las imágenes, se complementaban del modo perfecto que sólo conocen los amantes.

 

Juntas fantasearon con un libro que iba a titularse Beauty Book e incluiría un viaje alrededor del mundo sin agendas ni teléfonos, una ruta azarosa por caminos desconocidos. Hicieron listas interminables de lugares, imaginaron anécdotas y cuartos de hotel. Pero Sontag murió de leucemia antes de que pudieran concretar el proyecto y Annie recién pudo llorarla cuando la retrató en su lecho de muerte. La imagen está publicada en su libro La vida de una fotógrafa, en ella puede verse el minúsculo cuerpo de Sontag cobijado por el amor tras la lente.

 

Pilgrimages es, de algún modo, ese libro que no pudo ser: la pregunta por los orígenes, la despedida a un amor que partió y la bienvenida a una postergada maternidad que hoy la encuentra con tres hijas pequeñas y un implacable desafío al tiempo.

 

Annie Leibovitz le dijo a David Letterman: “Cuando te vas haciendo grande y empezás a entender realmente lo que hacés, la cosa se va poniendo interesante. Es el momento de encararnos y ajustar cuentas con nosotros mismos”.

 

Annie parece tener los números en orden.

 

Lejos de las quejas puristas de algunos colegas, ella saluda a la fotografía digital y la seduce hasta conquistarla. Cree que la fotografía es un arte democrático que se inventó por y para la gente. Como tal, dice Leibovitz, “siempre ha tenido ese increíble poder de detener y retener el presente antes de que desaparezca en el pasado”. Captar la vida y a la gente querida, inmortalizarla en un instante que desaparecerá para siempre, de eso se trata.

 

La tapa de Pilgrimage es una imagen imponente de las Cataratas del Niágara. Annie la tomó en una visita con sus hijas. Fue hasta allí en auto, como lo hacían sus padres, y cuenta que mientras se empapaba bajo el torrente, sintió la presencia de Susan en el vértigo de esa energía sin fin. El poder de una naturaleza que jamás se detiene, como ella.