El nuevo joven maravilla de la literatura francesa, un veterano best seller y una exitosa novelista chilena ofrecen un abanico de obras que se centran en la idea de tomar o no determinadas decisiones. Hay para todos los gustos, pasen y vean.

 

Qué es lo peor que puede pasarle a un médico en una noche de guardia? En “Ex enfermo de los hospitales de París”, el relato que abre El 6.º continente, de Daniel Pennac, un joven residente va a enfrentarse con una infinidad de situaciones límite.

Desde alguien que llega con un ataque de asma hasta un motociclista que entra con su oreja en la mano y su brazo en la mochila. Tiene que decidir, y opta por atender lo urgente. Mientras tanto, en esa misma guardia, un hombre espera hace horas pero no exige nada.

Dice que no se siente bien, pero como sus síntomas son imprecisos, pasa inadvertido.

Hasta que de pronto se cae de cara al suelo y la sangre empieza a manchar el piso. 

Y cuando finalmente el médico le presta atención, empieza con una seguidilla de cuadros clínicos más bien escatológicos, en los que Pennac se luce con una pluma suelta y humorística que denuncia muchas verdades del sistema médico de nuestro tiempo. Por ejemplo, la mirada fragmentada que tienen los especialistas, que sólo ven parcialidades en vez de una persona en su conjunto. O la soberbia de los que, en lugar de interesarse en su práctica médica, piensan en sus futuras tarjetas personales y en el poder y prestigio que van a tener al recibirse. El texto viene acompañado de la obra de teatro que da nombre al libro y es lo nuevo que llegó a la Argentina de Pennac, un escritor francés nacido en Marruecos que está dando que hablar. 

 

PECHO NO TAN FRÍO

Publicada por primera vez en 1972, El pecho es una rareza del estadounidense Philip Roth que cuenta la historia de David, un joven profesor de Literatura que un día se despierta convertido en una teta gigante. 

Como si fuera La metamorfosis de Kafka, sólo que en vez de tener forma de insecto, todo su cuerpo se convirtió en una glándula mamaria de un metro ochenta, pezón incluido. 

Todo empieza cuando David advierte una mancha rosa en la ingle que va creciendo de tamaño y que le provoca un extraño placer al rozar, aunque los médicos le restan importancia. Lo cierto es que la mancha crece y crece hasta convertirse en un gran pecho de más de 70 kilos. 

Ante semejante cambio, David debe elegir: una parte de él quiere seguir siendo un ser racional y otra sólo quiere vivir disfrutando de sus deseos carnales, que son cada vez más fuertes (porque como teta gigante es un gran órgano erógeno que se excita, por ejemplo, cada vez que las enfermeras van a lavarlo). Mientras tanto él está atrapado en esa gran masa mamaria, colgado de una hamaca instalada en el hospital. En ese estado tiene charlas desopilantes con su novia (con quien incluso encuentra un modo de tener sexo) y con su padre, que va a visitarlo y le habla como si nada pasara, pero que para escuchar a su hijo tiene que acercar su oreja al pezón gigante de donde sale su voz. Una novela en la mejor tradición de la literatura del absurdo en la que, entre tanto paso de comedia, Roth se luce con el manejo del humor negro y la ironía.

 

 

NIÑOS MILITANTES

Muchas ficciones tienen a la dictadura de Pinochet como telón de fondo, pero Space Invaders, la novela de la chilena Nona Fernández, se sale de todos los moldes.

 

Por un lado, porque pone en escena a un grupo de chicos que tenían diez años cuando empezó la dictadura, una edad que en general queda por fuera del registro literario, cuando no de la propia memoria. Y por otro, porque es una historia coral en la que cada chico recuerda fragmentos de esa infancia, que empiezan a recortarse en torno a una compañerita, la hija de un represor. Fernández va sembrando pistas dispersas para que uno adivine el destino de esos niños, muchos de los cuales van a tener un sino trágico cuando deciden involucrarse en política siendo todavía adolescentes.

 

Con referencias de la cultura pop de los 80 (como el juego de video que da nombre al libro) que se enlazan con los signos más siniestros de la dictadura, la novela tiene escenas que parecen salidas de una película de David Lynch. Porque está escrita en el lenguaje surrealista de los sueños. 

 

Esos que, en general, se convierten en pesadillas.