El paso de los años nos va cambiando el cuerpo, es inevitable, y para acompañar el ritmo de la naturaleza hay una serie de estrategias que los médicos tienen bien identificadas. Aquí van las principales.

  

Sería imposible vivir sin oxígeno. Lo paradójico es que así como nos da vida, día tras día también la va quitando, ya que cuando viaja por el organismo induce al envejecimiento porque multiplica la producción de radicales libres oxidantes. Si bien estos son necesarios para algunas funciones biológicas, dañan las estructuras de otras células. Este proceso se ve favorecido por el estrés, la mala alimentación, el cigarrillo, el alcohol y la vida sedentaria.

 

Si nos atenemos al viejo dicho de que se envejece como se ha vivido, tenemos que tener muy en cuenta que la salud mental es uno de los primeros puntos a cuidar y por eso se debe computar al estrés como unos de los factores que aceleran el proceso de envejecimiento.

 

Realizar acciones regenerativas, sesiones de yoga, meditación y respiración (pranayama) y respetar los momentos de descanso favorece la disminución del estrés. 

 

El cuidado de la piel es otro factor a considerar. El cuerpo está formado por muchos tejidos y uno de ellos se llama colágeno. Es una proteína natural que se localiza entre la dermis y los músculos y su principal misión es dar soporte y estructura a la piel, los huesos, los ligamentos y otras partes del cuerpo. La disminución de la fabricación del colágeno empieza a partir de los 30 años: la piel pierde hidratación, se vuelve más fina, más delgada, más frágil y comienzan a aparecer las arrugas. 

 

Lo importante es generar una buena hidratación de la piel tomando alrededor de dos litros de agua diarios y utilizando cremas que fortalezcan este tejido de sostén. 

 

Una buena hidratación, además, ayuda a la redistribución de grasa, ya que esta se libera a través de los riñones: cuanto menos micropartículas posea, más rápido será su tránsito.

 

Con los años, el tejido adiposo va instalándose para quedarse en distintos sectores del cuerpo, generando un cambio paulatino de nuestros rasgos y biotipo en general. Para evitarlo, el mejor camino es una buena alimentación, seleccionando alimentos con menos del cinco por ciento de grasa.

 

Deben realizarse cinco ingestas diarias de una proteína de origen animal (libre de grasa) y un hidrato de carbono complejo (sin elaboración). Estos son los que vienen vírgenes en su composición (se encuentran en verduras, hortalizas, frutas y fibras).

 

Otra cuestión importante es el ejercicio, y lo más conveniente es evitar la pérdida de masa muscular de sostén. A medida que pasan los años nos volvemos más sedentarios porque nuestra vida es más ocupada. Tendemos a hacer reserva de nuestra energía y eso provoca músculos menos activos y la disminución de su tamaño (después de los 40 años se pierde aproximadamente un centímetro de masa muscular por año). Esta pérdida es la que produce el aspecto debilitado del mayor adulto. Para peor, su lugar lo ocupa paulatinamente el tejido adiposo.

 

Para evitarlo hay que armar programas que incorporen los grupos musculares en forma global, como subir cuestas, realizar estocadas, trabajar lumbares, dorsales y abdominales, intercalando trabajos aeróbicos durante la sesión.

 

Por todo esto es que apareció un nuevo grupo de profesionales especializados en lo que se denomina (envejecimiento activo) y se han actualizado las recomendaciones sobre la actividad física para los adultos mayores. Esas recomendaciones acaban de ser difundidas por la American Heart Association y el American College of Sports Medicine. 

 

La clave es empezar despacio y aumentar de a poco la intensidad de los ejercicios a medida que mejora el nivel de resistencia. 

 

Algunas clases con un entrenador ayudarían a conocer si los ejercicios se realizan adecuadamente sin producir lesiones. Aunque no se necesitaría permiso médico para realizar ejercicios de intensidad moderada, las personas que tienen o sospechan tener un problema de salud deben consultar a un médico.