El implante que es furor en Miami se aplica con una intervención de tres minutos y libera suficiente testosterona como para pasar una temporada de seis meses de ardorosa pasión.

 

Los caminos del deseo son insondables, pero el chip sexual se ha convertido en su GPS. Un informe del noticiero Telenoche, que mostró hace poco la fiebre desatada por el dispositivo en Miami y su eco en nuestro país, fue mucho más que un simple TT tuitero. Desde la pantalla, el doctor Jabal Uffelman proclamaba: “Lo llamo Rejuv Chip, se coloca en tres minutos y reactiva la vida sexual”. Así, se imponía el deseo femenino como tema en la cena familiar y varios señores se atragantaron.

 

El chip sexual no es un dispositivo electrónico sino un implante de testosterona que se coloca mediante una incisión mínima en la cadera alta, con anestesia local y en consultorios habilitados. Es más pequeño que un Tic Tac y apenas mayor que un grano de arroz, su ubicación es subcutánea y la minicirugía –menos dolorosa que una extracción de sangre– no necesita sutura, simplemente se cierra la herida con cinta adhesiva especial. La liberación de hormonas es progresiva y sus efectos (aumento del apetito sexual y un gran alivio de síntomas menopáusicos como calores, brotes de ansiedad y problemas para controlar el peso) duran aproximadamente seis meses. Su costo promedio es de 500 dólares.

 

El tema de las terapias con testosterona no es nuevo, está dando vueltas desde la década del 30 en distintos formatos: parches, geles e inyecciones. Lo revolucionario del caso es que ahora esta técnica se aplique a mujeres dispuestas a disfrutar una sexualidad plena más allá del calendario. Jane Fonda, quien supo encender febriles fantasías con Barbarella, hacer del activismo político su bandera y rendir culto al fitness, se declaró en su momento abanderada del chip y confesó que el mejor sexo de su vida lo tuvo después de los 70. El cambio de paradigma se impone con la fuerza de un latigazo y ella lo sabe. Nada más militante que una abuela clamando por el derecho al goce. Algo impensado cuando comenzó esta historia.

 

 

Pero el tesoro del disfrute en un primer momento fue cosa de hombres. En 2008, la FDA estadounidense (el equivalente del Tío Sam a nuestra Administración Nacional de Medicamentos, Alimentos y Tecnología Médica, Anmat) aprobó Testopel, un implante exclusivamente destinado al público masculino cuyos objetivos eran aumentar el deseo sexual, la energía y cierta sensación de bienestar; controlar la ansiedad e incrementar tanto la masa muscular como la densidad ósea. La sorpresa fue mayúscula ante el efecto secundario menos esperado: su uso se viralizó entre el público femenino, ese que durante décadas le temió a los andrógenos y ahora los abrazaba liberando cada fantasía erótica.

 

Contrariamente a lo que muchos creen, ambos sexos son genéticamente similares. Tienen receptores andrógenos (testosterona) y estrógenos (conocida como la hormona femenina), sólo que en distintas proporciones. Cuando el nivel hormonal baja, afecta diferentes aspectos de la vida sin distinción de género. En la menopausia la testosterona suele disminuir drásticamente afectando el peso de la mujer, produciendo ausencia absoluta de deseo y una creciente dificultad para mantener la masa muscular. El chip suple esa falta y nivela hormonalmente a la vez que potencia funciones tales como la concentración y la memoria.

 

Un tranvía llamado deseo

El deseo es imprevisible y persigue inevitablemente lo que no se tiene. Esa, quizá, sea la clave oculta tras la mayoría de las reacciones causadas por el chip sexual; desde el chiste fácil hasta la risa nerviosa, todo parece estar teñido de temor. ¿A qué? A la sola idea de que hay una vida más allá de la reproducción y está asomando. De hecho, la testosterona se usa sin generar polémica alguna en tratamientos de síndrome premenstrual, migrañas y dolores intensos, así como también en técnicas referidas a la fertilidad, ya que estimula la ovulación. Sucede que la sexualidad ligada a la fertilidad es más aceptada socialmente y resulta menos amenazante que una fémina entregada al placer sin restricciones familiares o etarias; una mujer que se atreve a desear sin límite de edad puede traspasar barreras, descubrir libertades negadas, elegir sensaciones y perturbar un mundo en el que la noción de género está cambiando.

 

Y el miedo también ha sido usado como arma contra el chip: se insinúan efectos secundarios, enfermedades y desórdenes metabólicos que en su gran mayoría son mitos. En un estudio sobre terapia con testosterona publicado por Journal of Sexual Medicine que abarca casos desde diciembre de 2003 hasta abril de 2008, los únicos efectos adversos realmente comprobados en algunos casos fueron la aparición de acné y el aumento de pilosidad en zonas indeseadas. Todo lo demás entra en el terreno de la especulación.

 

Si bien es imprescindible consultar con el médico y realizar una batería de estudios completos antes de someterse al implante del chip sexual, son muy pocas las contraindicaciones y muchas las fantasías. La testosterona en dosis médicamente controladas no masculiniza a la mujer ni provoca calvicie o cambio en el tono de voz. Tampoco se comprobó que origine daños cardíacos, ya que incluso la testosterona se utiliza para prevenir enfermedades cardiovasculares y diabetes. En cuanto al cáncer de mama, cabe aclarar que es una patología sensible a los estrógenos y, en ese sentido, la testosterona actúa como un equilibrio.

 

En este mundo donde la información está al alcance de un clic, el deseo femenino resiste y defiende su misterio; la mujer finalmente se anima a ser dueña de su propio placer, una revolución encerrada dentro de ese pequeño grano de arroz.